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viernes, 10 de noviembre de 2017

LA CRÍTICA. Revenge

En un bucle infernal
Resulta cuanto menos curioso que, en la última edición del Nocturna, se acompañara la proyección de “Revenge” con la del cortometraje “I´m the Doorway”, basado en un relato de Stephen King. La pieza de Robin Kasparik narra la pesadilla de un hombre sumido en su propia paranoia, que no deja de vivir, en primera persona, en sus propias carnes, una situación que, a pesar de sus variantes, se repite una y otra vez.

Y resulta curioso porque sendos trabajos podrían pertenecer a la misma sesión doble. Ambos tienen algo en común: el bucle como eje central de la narración, como piedra angular de su estructura, historia e intenciones. De hecho, hay una larga escena que ejemplifica perfectamente cuál es el espíritu de la película de Coralie Fargeat, aquélla en la que víctima y verdugo se persiguen, intercambiando constantemente los roles, alrededor de un pasillo en círculo.

Todo en ella se repite, todo suena a ya visto. No es sólo que lo que ofrezca “Revenge” sea un rape and revenge de manual, repleto de tópicos mil veces vistos y explotados con mayor sabiduría en otras cintas del mismo subgénero -¿alguien recuerda una tal “I Spit On Your Grave”?-, es que en sí misma es una cinta que se repite sin cesar. No es más que un juego del gato y el ratón extenuante, que alarga sus escenas hasta el hartazgo, y que podría haberse contado perfectamente con la mitad de su metraje.


Es decir, da la sensación de no avanzar, de estancarse continuamente y demorar el encuentro de la heroína con sus perseguidores. Como ejemplo, esa otra escena que repite el sueño dentro del sueño una y otra vez, como si no hubiera sido suficiente con una sola. Es como si a su realizadora no se le hubiera ocurrido otra manera de rellenar metraje que tirar de los mismos recursos reiteradamente. El resultado es una propuesta que se fagocita a sí misma, que se muerde la cola continuamente y avanza en círculos, repleta además de incongruencias de guión –la protagonista avanzará a pie y herida más rápido que sus perseguidores, a conveniencia del guión- que podrían haberse perdonado de haber ofrecido algo de diversión. Pero ni eso. Entretenimiento nulo, solamente ganas de estar en casa con el mando a distancia en la mano.


No todo en ella es malo, ojo. A destacar la enérgica dirección, la fotografía y un reparto solvente, encabezado por una Matilda Lutz que supone lo mejor del conjunto. Lo mejor, aunque no memorable. No si se compara con otras guerreras del subgénero. Porque nada, ni siquiera su nada disimulado y distorsionado mensaje feminista, puede prevalecer cuando no haces más que moverte dentro de un bucle infernal.

A favor: su protagonista
En contra: que se mueve en bucle y no avanza, y no ofrece nada nuevo

Calificación *
No pierda el tiempo

viernes, 28 de julio de 2017

LA CRÍTICA. Valerian y la ciudad de los mil planetas

Trash Space Odyssey
Quizá sea Luc Besson el cineasta mainstream europeo que mejor ha sabido hacerse un hueco en Hollywood, ya sea como productor, como guionista o como director. De los que mejor han sabido mimetizarse con la industria del entretenimiento venido del Nuevo Mundo, también sea dicho de paso. Es difícil saber dónde empieza la maquinaria hollywoodiense y dónde acaba la impronta europea en sus filmes, incluso en aquellos que cuentan con capital del viejo continente. También podría decirse que Besson es un auténtico sibarita de la imagen. Cuando se le da el capital suficiente no escatima en medios para ofrecer experiencias audiovisuales difíciles de igualar, ni siquiera para los más veteranos directores de la Meca del Cine.

“Valerian y la ciudad de los mil planetas” tiene mucho de ambas vertientes. Es un producto europeo, local por así decirlo, pero con la impronta de un blockbuster norteamericano. Efectos especiales de infarto y un trabajo de escenografía, maquillaje, dirección artística, vestuario, montaje y sonido ejemplares. Todo su apartado técnico es tan fastuoso, tan atractivo y está tan cuidado al detalle, que aquellos a los que sólo les importa la parte visual de un producto la elevarán, y con razón, más allá del universo conocido.

Y es la enésima muestra de que el galo, más que experiencias audiovisuales, propone viajes extrasensoriales, en este caso de odisea espacial cargada de alucinógenos, de space opera psicotrópica con poco miedo al ridículo. Ahí están las pasadas de vueltas aportaciones de Ethan Hawke y Alain Chabat para atestiguarlo, compensadas con el rictus actoral del otrora excelente actor Clive Owen.


Aunque quizá no demasiado psicotrópica. Porque Besson parece empeñado en convertir su producto en algo cercano al gran público, tratando de ser cool a pinceladas. Los créditos iniciales son guay, a ritmo del Bowie de “Space Oddity”, pero baja el listón con una interminable escena en un planeta en el que da rienda suelta a sus ansias visuales, y con la posterior presentación de personajes. No ayuda tampoco que meta tramas secundarias aún más sosas que la principal –ay, esa Rihanna-, ni que la pareja protagonista esté encarnada por Dane DeHaan y Cara Delevingne, posiblemente el dúo con menos química del cine reciente. Él porque no cuela como héroe intergaláctico, y ella porque debería aprender que actuar es algo más que echar miradas. Hay momentos puntuales de puro entretenimiento, como la escena de escape en el Big Market, y la excelente partitura de Alexandre Desplat intenta incrementar la sensación de que todo es cool, pero las imágenes y el guión a los que acompaña no ayudan.


Es como si Besson tratase de llegar a más espectadores convirtiendo su nueva propuesta en “Guardianes de la galaxia”, o en su ya icónica “El quinto elemento”, pero con miedo a las comparaciones. Y lo que resulta es un quiero y no puedo constante entre una película que quiere ser guay, graciosa y la quintaesencia del cine de entretenimiento, y una serie de situaciones y personajes que no aportan su grano de arena a que ello ocurra. Eso sí, bien merece la entrada por su apartado visual. Lo demás, directo a un agujero negro. Pura Trash Space Odyssey. Y no es un cumplido.

A favor: el apartado audiovisual, sublime
En contra: su quiero y no puedo constante entre el film cool y divertido en que pretende convertirse pero que no alcanza a ser
Calificación **
Se deja ver

lunes, 21 de septiembre de 2015

LA CRÍTICA. Aux yeux des vivants

Naíf Nouvelle Horreur Vague
El cine de Alexandre Bustillo y Julien Maury encierra una mecánica simple que funciona especialmente dentro de aquellos círculos que les encumbraron demasiado pronto con su primera y violenta película: o lo tomas o lo dejas, o te lo crees y lo aceptas o estás fuera. Ha sido así desde sus inicios, desde aquella “À l’intérieur” que ya mostraba algunas de las debilidades de lo que sería posteriormente su cine. Es decir, una premisa que debes tragarte sin rechistar si quieres seguir disfrutando de la propuesta, agujeros de guión a mansalva, y cierta desidia en el desarrollo y la confección de personajes que hace difícil que simpatices con ellos y lo que les pase.

Todas estas particularidades se encuentran potenciadas en “Aux yeux des vivants”. Interpretaciones no demasiado sobresalientes, que no horribles, poca empatía hacia sus personajes, una historia que va avanzando a trompicones, repleta de diálogos bastante endebles y pasajes incoherentes, y una premisa argumental mal desarrollada y rematada. Al menos su debut en el largometraje contenía la suficiente dosis de salvajismo visual y tensión como para que todas sus costuras quedasen mejor disimuladas. Aquí, solamente la escena inicial, donde los realizadores parecen homenajearse a sí mismos a través de la presencia de la excelente Béatrice Dalle, y la figura del villano de la función –eso sí, su historia también está desaprovechada- recogen toda la esencia de estos enfants terribles del cine galo a los que no ha tardado mucho en vérseles el cartón.


Lo demás va en picado conforme avanza el metraje, y recoge un estilo mucho más comedido que el de sus anteriores filmes. Será por ese homenaje al cine juvenil que ambos dicen haber buscado con la película, que hace que algunas escenas de asesinato estén cortadas y suavizadas y la dosis de hemoglobina sea menos letal de lo habitual. Durante sus ochenta minutos de duración puede desprenderse cierto aroma al grupo de amigos de “Cuenta conmigo”, cierto recuerdo a las bicis de “E.T.”, e incluso podría pensarse en cierto paralelismo entre el Sloth de “Los Goonies” y el asesino de la cinta. Pero la domesticación de las ansias gore de sus responsables y el extremismo de la Nouvelle Horreur Vague no acaban de encajar del todo con ese cine familiar al que pretenden reverenciar.


Lo que queda es un film irregular, donde Bustillo y Maury juegan a desmontar y distorsionar la unidad familiar. Una visión siniestra del cine con el que toda una generación creció, servido en bandeja naíf para otro espectro fan poco exigente, que sigue pensando que estos dos señores merecen todas las alabanzas posibles, pero cuya última obra es la prueba que necesitamos los demás para corroborar que están excesivamente sobrevalorados.

A favor: el inicio, y la figura del asesino
En contra: la mala unión entre cine ochentero y terror extremo francés, y que se le ven las costuras a muchos niveles, especialmente al guión

Calificación *1/2
                                                                                         No merece mucho la pena

lunes, 27 de abril de 2015

LA CRÍTICA. Alleluia

Corazones solitarios
Dentro de la Nouvelle Horreur Vague francesa, quizá sea el belga Fabrice du Welz el cineasta más sugerente y visceral de todos los que pueblan esa corriente moderna del terror galo, con cuyos filmes su cine se hermana en esencia más allá de la mera coproducción a las que están sometidos sus trabajos. Su visceralidad se inclina, eso sí, más hacia el lado del terror psicológico cargado de simbolismo y libres interpretaciones que hacia el del género entendido como ese festín de hemoglobina al que son adictos compañeros como Alexandre Aja o Xavier Gens.

Con “Alleluia”, du Welz vuelve a las Ardenas, a ese espacio rural en el que Laurent Lucas sufriera su propio martirio en aquella joya titulada “Calvaire”, y ofrece su segunda parte de una trilogía que comenzó hace ya diez años. Y, además, con ella el director consigue su mejor obra desde entonces, después de un periodo ofreciendo unas pocas películas menores y olvidables.


Vuelve el du Welz más enfermizo, el que acerca las pulsiones humanas a límites grotescos, ofreciendo en este caso una nueva versión –muy libre, eso sí- de “Los asesinatos de la luna de miel”. Compone mediante la historia de estos dos amantes condenados por sus bajas pasiones e instintos malsanos a vivir juntos para siempre, caiga quien caiga por el camino, una radiografía del amor llevado al límite de la locura. Dos personajes que encuentran una media naranja plasmada mediante planos y contraplanos en los que cada uno queda tapado por la figura del otro, soberbiamente interpretados por el propio Lucas, actor fetiche de du Welz, y una Lola Dueñas que absorbe la pantalla con su neurótica y obsesiva interpretación.



“Alleluia” juega a crear repulsión en el espectador mediante su cuidada estética de serie B, que su responsable consigue rodando en 16mm y que acerca al film a ese aroma putrefacto que desprenden obras maestras como “La matanza de Texas” o “Henry, retrato de un asesino”. Y a la vez también le desafía con una escena musical de un humor negro tan desconcertante  como aquel baile de los pueblerinos de “Calvaire”. Todo ello con una realización de primerísimo nivel que demuestra la madurez creativa y profesional del belga.

Por supuesto, no es una cinta para todo tipo de públicos. Porque es provocadora, desagradable e inclasificable. Sin embargo, “Alleluia” es mucho más que todo eso, incluso es más que un retrato de dos corazones luchando contra la soledad. Es, como su propio título indica, una expresión de júbilo. El grito de regocijo de un autor libre, que por fin ha ofrecido la joya que llevaba una década gestando. Si tienen que venir más obras alimenticias para que nos regale algo como esto en el futuro, bienvenidas sean.

A favor: Lola Dueñas, y recuperar al mejor du Welz
En contra: es tan malsana que no es para todo tipo de públicos

Calificación ****
                                                                          No se la pierda

miércoles, 15 de abril de 2015

LA CRÍTICA. Astérix: La residencia de los dioses

¿Qué han hecho los romanos por nosotros?
Antes de que cineastas como Claude Zidi o Alain Chabat mancillasen el buen nombre de Astérix con propuestas cada vez más cutres y acartonadas, los padres del irreductible galo temían claro que sólo la animación bidimensional podía ser realmente fiel a sus icónicas viñetas. Así nacieron joyas como “Astérix el Galo” y, sobre todo, esa obra maestra titulada “Astérix y las doce pruebas”, esta última dirigida por los mismos que a cuatro manos dieran forma y fondo a los personajes del cómic.

Veinte años han pasado ya desde su última aventura animada, desde aquella floja “Astérix en América”  que ya mostraba serios síntomas de desgaste, pero que aún así seguía estando por encima de las adaptaciones con actores de carne y hueso que llegarían unos años después. Los franceses parecen haber aprendido la valiosa lección, como los españoles con Mortadelo y Filemón. La mejor manera de ser fiel al original es volver a la animación, en este caso tridimensional.


Y el resultado se nota, para mejor. Con “Astérix: La residencia de los dioses”, los personajes de Goscinny y Uderzo vuelven a tener el carisma de sus hermanos en papel. Astérix vuelve a ser el aguerrido protagonista y no el acompañante. Obélix vuelve a ser el bonachón de mirada tierna e infantil. La cinta vuelve a tener el aroma de esos clásicos animados que durante medio cuarto de siglo llevaron a la Galia al status que merecían.


Gracias a la animación 3D de altísima factura técnica, Astérix y Obélix pueden gesticular como nunca antes lo habían hecho, tener el carisma que jamás tuvieron actores como Gérard Depardieu para darles vida. Pero no sólo eso. Los cineastas Louis Clichy y Alexandre Astier consiguen un nivel de fidelidad elevadísimo con respecto al cómic, incluso en los momentos en los que se intentan distanciar del mismo y tiran de libertad a la hora de adaptarlo. Hacia mitad de película, sus responsables cambian el acto final de la historia original para hacerla más cinematográfica, y aún así se mantienen fiel a su espíritu. Las referencias a “King Kong” o “El señor de los anillos” se suceden sin que sientas que se pierde la esencia del tebeo.


“Astérix: La residencia de los dioses” viene a responder a la pregunta de los Monty Python de “¿Qué han hecho los romanos por nosotros?” a base de agudeza e ingenio. Una aventura entretenidísima que busca acercar a los más pequeños la obra de Goscinny y Uderzo, y a la vez consigue contentar a los fieles seguidores del tebeo y a los adultos de la familia. Tarda algo en arrancar, pero una vez lo consigue pisa el acelerador y no lo levanta hasta el final. Gracias a ella vuelven los diálogos punzantes, los juegos de palabras y esa mala leche revestida de aparente ingenuidad con la que la cinta se burla del capitalismo, de las reivindicaciones sociales, de los derechos de los trabajadores, de los nuevos ricos o de la colonización. Por fin desde hace décadas, Astérix tiene la adaptación que se merece.

A favor: la fidelidad al material original, incluso cuando intenta distanciarse de él
En contra: tarda algo en arrancar 
Calificación ****
                                                                         No se la pierda

sábado, 21 de febrero de 2015

PREMIOS CÉSAR 2015. "Timbuktu" y Kristen Stewart hacen historia

Hoy se han entregado los premios César, los Oscar del cine francés, y lo han hecho, según dicen, con bastante previsibilidad, pero también marcando algún que otro hito histórico. En primer lugar, por primera vez en cuarenta ediciones, un realizador africano –en concreto de Mauritania- se hace con el premio a mejor director. Se trata de Abderrahmane Sissako, que además se postula como el primer cineasta de su país en ganar en estos premios, que han escogido a la nominada al Oscar “Timbuktu” como la mejor película del año. La cinta se ha hecho también con los galardones a guión, banda sonora, fotografía, sonido y montaje, triunfando con un total de siete premios. Pero no fue el único récord roto en esta edición, pues por primera vez en su historia una actriz americana se hace con un galardón en estos premios. Se trata de Kristen Stewart, mejor actriz de reparto por “Sils Maria”, lo que además la convierte en la primera actriz estadounidense nominada desde 1984. Todo un hito en unos premios que también han destacado filmes como “Mommy”, que se ha impuesto a cintas como “The Grand Budapest Hotel”, “12 years a slave”, “Dos días, una noche” o “Boyhood” como film extranjero, o “Les Combattants”, el debut del año con tres premios. A continuación, la lista de ganadores.

MEJOR PELÍCULA
Timbuktu

MEJOR DIRECTOR
Abderrahmane Sissako por Timbuktu

MEJOR ACTOR
Pierre Niney por Yves Saint Laurent

MEJOR ACTRIZ
Adèle Haenel por Les Combattants

MEJOR ACTOR DE REPARTO
Reda Kateb por Hippocrate

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Kristen Stewart por Sils Maria

MEJOR GUIÓN
Timbuktu

ACTRIZ EMERGENTE
Louane Emera por La Famille Bélier

ACTOR EMERGENTE
Kévin Azaïs por Les Combattants

MEJOR DEBUT EN LA DIRECCIÓN
Thomas Cailley por Les Combattants

MEJOR ADAPTACIÓN
Cyril Gely and Volker Schlöndorff por Diplomatie

MEJOR BANDA SONORA ORIGINAL
Amine Bouhafa por Timbuktu

MEJOR FOTOGRAFÍA
Timbuktu

MEJOR SONIDO
Timbuktu

MEJOR MONTAJE
Timbuktu

MEJOR VESTUARIO
Yves Saint Laurent

MEJOR DECORADO
La Belle et La Bête

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA
Mommy

MEJOR PELÍCULA DE ANIMACIÓN
Minuscule – La Vallée des Fourmies Perdues

MEJOR DOCUMENTAL
The Salt of the Earth

MEJOR CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN
Les Petits Cailloux

MEJOR CORTOMETRAJE
La Femme de Rio 

miércoles, 22 de octubre de 2014

LA CRÍTICA. Dos días, una noche

Otro rayo de esperanza
Con la estupenda “El niño de la bicicleta”, los hermanos Dardenne iniciaron su etapa quizá más optimista dentro de la dureza y marginalidad con la que presentaban sus proyectos anteriores. Y debemos decir que la iniciaban, porque con “Dos días, una noche” parecen haberse instalado en ese optimismo inmaculado, ese rayo de esperanza que siempre puede asomarse a la vuelta de la esquina cuando todo se viene abajo.

Aunque, en el caso que nos ocupa, el final pueda parecer algo amargo, ese reducto de positivismo que acaba encontrando el personaje de Marion Cotillard, una mujer que tiene dos días, y una noche, para convencer a unos compañeros de trabajo contra la espada y la pared de que voten a su favor si no quiere perder su empleo, estriba en la satisfacción que otorga la lucha por la integridad más que por salvar el propio cuello. Y, sobre todo, el orgullo personal que da el no pertenecer a ese grupo del “quítate tú para ponerme yo” que tanto impera en el mundo laboral, acentuado por una crisis de la que todos somos víctimas.


Pero que esto no lleve a error. Los cineastas belgas, aunque hayan modulado su dosis de realismo descarnado para dar a sus personajes una opción B a la que aferrarse, no abandonan su vertiente más comprometida y social, no dejan de lado a esos personajes mundanos rodeados de grandes muros grises e inmersos en una realidad que siempre se empeña en ponerte la pierna encima para que no levantes cabeza. Siguen apostando por un cine comprometido y crudo, de esa dureza que te da el saber que lo que ves en pantalla te puede ocurrir a ti.


Fieles a sí mismos, los responsables de “Rosetta” o “El niño” no nos regalan con “Dos días, una noche” su mejor trabajo ni el más remarcable –al menos no en comparación con el resto de su filmografía-, pero tampoco es esto necesario. Lo que nos dan es otro pedacito de realidad que, eso sí, tiene un enorme acierto en la elección como cabeza de cartel de una Marion Cotillard sincera y visceral, una actriz natural y sublime que llena la pantalla y aporta a su personaje el gramito de fragilidad y entereza que necesita, y que eleva esta nueva propuesta unos cuantos peldaños por encima de lo que podría haber sido sin ella. Ya sólo por su trabajo bien merece la pena su visionado.

A favor: Marion Cotillard, sublime
En contra: no es la más remarcable de los cineastas, aunque tampoco lo necesita

Calificación ***1/2

jueves, 26 de junio de 2014

El corto Cinéfago: "Foutaises" de Jean-Pierre Jeunet

El día 4 de julio llega a España lo nuevo del inigualable Jean-Pierre Jeunet, “The Young and Prodigious T.S.Spivet”, su salto en solitario al cine made in USA. Y aunque su carrera no parezca estar en plena forma –en los últimos diez años ha estrenado tres trabajos, y el último, “Micmacs”, no es que tuviese demasiado aroma al cine del realizador francés-, siempre nos quedarán sus primeros escarceos en el cortometraje para recordar el gran cineasta que fue y al que podemos recuperar algún día. Imaginativo, original, inclasificable, dotado de un estilo visual y un universo propios, Jeunet ya daba muestras de talento y anticipaba lo que sería su carrera posterior. 


Buena prueba de ello es el corto que nos ocupa, “Foutaises”, una pieza de 1989 en la que su protagonista, encarnado por su actor fetiche Dominique Pinon, se define a sí mismo describiendo las cosas que le gustan y las que no, recurso narrativo utilizado más tarde por el director para presentar a la deliciosa Amélie y el mundo que la rodeaba. Un trabajo excepcional en el que cuenta con su compañero habitual en sus inicios, Marc Caro, con la formidable música de Carlos D’Alessio, que dos años más tarde compondría la icónica banda sonora de la inolvidable “Delicatessen”, y con la co-protagonista de esta última, Marie-Laure Dougnac. Toda una obra de arte que se hizo en 1991 con el César a mejor corto de ficción.

lunes, 14 de abril de 2014

LA CRÍTICA: La Venus de las Pieles

El autor y su musa venusiana
El escritor de origen austriaco Leopold von Sacher-Masoch tuvo el dudoso honor de acuñar el término masoquismo, a nivel etimológico y conceptual, y en un golpe de ingenio del psiquiatra alemán experto en perversiones Richard von Krafft-Ebing. El dramaturgo David Ives, valiéndose de una de sus obras más reconocidas, “La Venus de las pieles”, tremendamente polémica y fácilmente catalogable de denigrante y machista, escribió en 2011 una obra de teatro homónima que reconvertía la original en una mordaz sátira sobre el dimorfismo que desdibujaba hasta el paroxismo la línea que separa la realidad de la ficción.

No podía haber un cineasta más idóneo que Roman Polanski para dirigir la adaptación al cine de la obra de Ives. Polanski es el cineasta de la reclusión física  -“La muerte y la doncella” y “Carnage”, dos filmes basados también en sendas obras teatrales, - y mental -“Repulsion” o “El quimérico inquilino”-, disfruta encerrando a sus personajes en espacios claustrofóbicos que en sí mismos actúan como sus jueces y verdugos. Y también un director tan sórdido –“Lunas de hiel” es un perfecto ejemplo de ello- que el libreto de Ives encaja con su personalidad cinematográfica como anillo al dedo. Sólo dos personajes. Un único escenario, concretamente teatral. Una película en la que una obra adapta una novela. Un juego psicosexual de perversión y sumisión. No puede haber nada más polanskiano.


“La Venus de las pieles” es una perturbadora y perversa comedia negra que remite a la esencia, también la banda sonora de Alexandre Desplat, de “La Huella” de Mankiewicz, pero con el carácter obsesivo y tono de Polanski. Realidad y ficción se entremezclan a tal nivel que los personajes interpretados por los soberbios Mathieu Amalric y Emmanuelle Seigner funcionan como reflejos de los mismos roles de cuya novela tratan de adaptar. Estos, simultáneamente, hacen las veces de trasuntos de una realidad en la que Amalric habla y se peina como el Polanski de sus comienzos y Seigner sería su musa y esposa, en un juego meta-referencial –y autorreferencial, que hay mucho de la cinematografía del cineasta en ella- que no conoce límites, y en el que el realizador sirve la relación de dominación y poder que puede existir entre director y actriz como telón de fondo.


Polanski consigue sostener durante hora y media de metraje una historia con dos actores y un solo escenario tirando de ingenio en el agudo guión, escrito a cuatro manos con el propio Ives, y de elegancia y agilidad en la puesta en escena. Un trabajo que, desgraciadamente, ha trascendido más bien poco por su apariencia de película menor en su filmografía, cuando realmente estamos ante una de sus pequeñas obras maestras. Y una provocación que, en su excéntrico y extravagante acto final, nos invita a seguir los pasos de esa enviada venusiana y a abandonar el teatro por donde mismo irrumpimos, dando la última estocada a la dominación y reduciendo al dios de los escenarios a un mero juguete que ya no tiene ni siquiera la capacidad de decisión acerca de dónde colocar la cita sexista que daba comienzo a su obra. Magistral.

A favor: prácticamente todo, desde sus actores hasta el juego meta-referencial que propone
En contra: que se la considere una obra menor
Calificación ***** 

viernes, 11 de abril de 2014

LA CRÍTICA: 9 meses... de condena

¿Dónde está la comedia francesa?
Es indiscutible. Si hubiera que asociar un país y un género cinematográfico concreto, sin duda la comedia sería a Francia lo que el cine de artes marciales a la cinematografía oriental. Al contrario que la localista comedia española, que es de altísimo nivel pero funciona mucho mejor dentro de nuestras fronteras, nuestros vecinos los galos son expertos en una comedia blanca, entendiendo el término en el sentido de que puede ser entendida en prácticamente cualquier país. Una suerte de vodevil que mezcla sabiamente el humor absurdo con la comedia negra e inteligente, y casi siempre para denunciar entre líneas un aspecto de esa sociedad que lo mismo critica a su Sarkozy que a su Hollande. Sin tapujos, sin vergüenza al qué dirán.

Por eso, que una comedia francesa se alce en una edición de sus prestigiosos César con dos premios grandes, actriz y guión, y que además atesore otras nominaciones gordas a película, actor y director, debería ser una garantía de calidad tanto como el éxito que ha cosechado en el país vecino y cómo se ha volcado buena parte del público y la crítica con ella. Otra garantía de calidad es su máximo responsable, el cómico Albert Dupontel, ese que tan buenas sensaciones me produjo con la ya lejana “Bernie”. Eso y un argumento que asegura el lío: una juez bastante estirada y antisocial que de la noche a la mañana descubre que ha quedado embarazada de un asesino “globófago” enfrentado a una importante causa judicial.


Pero qué frustrante es comprobar que o bien el humor francés ha cambiado tanto que ya no reconozco sus señas de identidad, esas que sí están presentes en las comedias de Francis Veber o Dany Boon, o que no tengo el sentido del humor ajustado para captar los gags o la gracia que muchos le han visto a esta cinta. Y no son pocos. Una comedia demasiado ligera, de resolución demasiado rápida, que no aprovecha ni explota su premisa inicial y que no hace justicia a lo que representa realmente la comedia francesa.

“Nueve meses de condena” juega tantas cartas que finalmente no acaba por acertar con ninguna. A ratos juega a ser una comedia políticamente incorrecta, pero se pasa de grosera y acaba siendo grotesca –se supone que deben tener gracia sus escarceos con el slapstick y el gore-. En otros momentos hace uso de líos basados en juegos de palabras, quizá los más logrados de la propuesta. En otros, por supuesto, echa mano de gags visuales de lo más ridículos. Y en última instancia coquetea con la comedia romántica, sin tener en cuenta un importante punto: la pareja protagonista carece de todo tipo de química, y su relación en pantalla es tan fugaz como su escueto metraje de apenas ochenta minutos le permite.


Paradójico que ganase el César a mejor guión, pues éste tiene no pocas lagunas y es lo más flojo de la función, pero sí estoy de acuerdo con que su reparto, y en especial Sandrine Kiberlain, realiza bien su cometido. Aunque me pregunto si no era mejor el trabajo de sus contrincantes, como Léa Seydoux o Emmanuelle Seigner, como para otorgárselo a ella. Y más me pregunto qué le ha visto tanta gente. Al menos siempre nos quedarán los inesperados cameos de personajes como Gaspar Noé, Jean Dujardin –este último bastante hilarante y muy en la línea de Martes y 13- y un tercero que es mejor no desvelar. Aunque no dice nada bueno de ella que lo mejor sea precisamente eso, los cameos.

A favor: los pocos cameos que atesora
En contra: falla en lo más importante, que no tiene gracia
Calificación *1/2

martes, 4 de diciembre de 2012

LA CRÍTICA: Holy Motors

Los mil rostros de la belleza
Grotesca, digna, dantesca, absorbente, fea, fascinante, irregular, fantástica, rara,… Este vaivén de calificativos, y los que no están en la lista, servirían para describir perfectamente la última obra de Leos Carax, un director tan inclasificable que aborda en “Holy Motors” su mayor desafío cinematográfico: el de un cineasta que, tras una larga ausencia, sabe que tiene el poder de decir y hacer lo que le venga en gana.

Carax vuelve a transitar por esos cruces de identidades que tan buenos resultados le dio en las magníficas “Mala sangre” y “Los amantes de Pont-Neuf” y ofrece un desconcertante relato de amor al cine y a la actuación en sí misma, reflejada en ese Oscar que recorre las calles de un París excelsamente fotografiado por Yves Cape y Caroline Champetier a bordo de esa limusina que hace las veces de camerino y vehículo conductor hacia su siguiente identidad. Carax expone a su protagonista ante un mundo que es, a la vez, escenario y teatro de cada uno de los personajes que asimila: desde un banquero hasta un modelo de stop motion, pasando por una extraña y desagradable bestia subterránea cautivada por la belleza de una modelo.

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No intenten entender “Holy Motors”, sacarla de su contexto fantástico. Es inútil. Lo que Carax propone es una sucesión de sketches sin relación alguna, inconexos, donde aborda todos los géneros cinematográficos inimaginables –incluyendo una escena protagonizada por una sorprendente Kylie Minogue y un entreacto musical de altura- y en los que su actor, un entregadísimo y soberbio Denis Lavant, se enfrenta a todos los registros interpretativos posibles. Lo importante es dejarse llevar por una experiencia sensorial como no se ha visto en mucho tiempo, no apta para todos los públicos y a la altura del cine de los mejores Lynch y Kubrick, y posible heredero directo de la Nouvelle vague.


En plena época de la vacuidad argumental, del progreso técnico y digital y del cine entendido como una mera fábrica de ganar premios y millones, Carax asesta una dura bofetada a un público dormido por estar viendo siempre las mismas imágenes en pantalla ofreciendo algo distinto, una obra que se salta todos los convencionalismos y que muta, se reinventa cada vez que Oscar sale de su coche asumiendo un nuevo rol. Para ello, recurre a una estética bellísima pero recorrida por un feísmo casi molesto, abre y cierra cada nueva historia de una manera exagerada, inesperada, desafiante. Y esto puede hacerle ganar el rechazo de muchos de los que la vean.


Para los que no la rechacen quedará una película formalmente exquisita, sincera en sus intenciones, tan exagerada que corre el riesgo de caer más de una vez en el ridículo, pero un ridículo coherente con el conjunto. A excepción de un plano final digno de los Monty Python  que quizá podría haberse ahorrado. Pero es lo que intenta este film, plantear todo un reto para el espectador que se atreva a ver los mil rostros que tiene el cine entendido como una de las más bellas artes.

A favor: Denis Lavant, todo un prodigio interpretativo, y el desafío que propone Carax al espectador dormido
En contra: el plano final, donde ya supera el ridículo y cae en la burla al mismo espectador

Calificación: ****

sábado, 25 de febrero de 2012

"The Artist" triunfa en los premios César

No era la gran favorita para los César, pero finalmente la Academia Francesa de Cine se ha rendido a los pies del film del año, gran favorito también para los Oscar. "The Artist" ha ganado seis premios, entre ellos película, director y actriz para Bérénice Bejo. Curiosamente, Jean Dujardin se ha ido de vacío, siendo el César de mejor actor a Omar Sy por "Intocable", otra de las mejores cintas francesas del año, que no obstante solamente ha ganado el que nos ocupa. La más nominada de la noche, "Polisse", se ha tenido que conformar con dos premios, mejor actriz revelación y montaje, y "Un dios salvaje" se ha hecho con el de mejor guión adaptado para Polanski y Reza, film coproducido junto con España y que aquí ha tenido más suerte que en nuestros Goya. No es la única presencia española, Carmen Maura se ha alzado con el César a mejor actriz de reparto del año por "Las mujeres del 6º piso".



Mejor película: The Artist

Mejor director: Michel Hazanavicius por The Artist

Mejor actor protagonista: Omar Sy por Intocable

Mejor actriz protagonista: Bérénice Bejo por The Artist

Mejor actor de reparto: Michel Blanc por El ministro

Mejor actriz de reparto: Carmen Maura por Las mujeres del 6º piso

Mejor actriz revelación: Naidra Ayadi por Polisse y Clotilde Hesme por El amor de Tony

Mejor actor revelación: Grégory Gadebois por El amor de Tony

Mejor fotografía: Guillaume Schiffman por The Artist

Mejor guión original: Pierre Schoeller por El ministro

Mejor guión adaptado: Yasmina Reza y Roman Polanski por Un Dios salvaje

Mejor dirección artística: Laurence Bennett por The Artist

Mejor montaje: Laure Gardette y Yann Dedet por Polisse

Mejor música original: Ludovic Bource por The Artist

Mejor diseño de vestuario: Anaïs Romand por L’Apollonide

Mejor sonido: Olivier Hespel, Julie Brenta y Jean-Pierre Laforce por El ministro

Mejor película de animación: El gato del rabino

Mejor película documental: Tous au Larzac

Mejor cortometraje: L’Accordeur

Mejor ópera prima: Cuando los chanchos vuelen

Mejor película extranjera: Nader y Simin: Una separación

César Honorífico: Kate Winslet
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