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viernes, 2 de marzo de 2018

LA CRÍTICA. Yo, Tonya

Amor y odio sobre hielo
Estados Unidos, tierra de la libertad. También tierra de amor y odio hacia sus ídolos. Una celebridad puede verse encumbrada a lo más alto de la más alta cima con la misma facilidad con la que puede caer a los abismos del infierno más abrasador. Para Tonya Harding, su cima se cimentaba sobre una gruesa capa de hielo fácilmente derretida por la ferocidad del circo mediático.

La relación de amor odio que toda la nación mantuvo con ella podría extrapolarse a cualquier otro caso, a cualquier otro país, y también a la película de Craig Gillespie. La parte del amor la pone su desparpajo, el frenético montaje y esa inconcebible e inesperada tendencia hacia la comedia negra, que retrata de manera desenfadada temas tan espinosos como la violencia de género, y que hace que en primera instancia se desmarque de otros biopics de temática similar. Gillespie acierta con el tono, y eso la hace una cinta cómoda de ver. Pero sobre todo, el amor que reside en ella lo transmite el elenco principal. Margot Robbie está inmensa, Allison Janney se come cada escena, y Sebastian Stan da el Do de pecho alejándose del personaje que le ha dado la fama en todo el globo.


Sin embargo, también puede desarrollarse hacia ella una sensación de odio, en la que influye especialmente la manera en que está contada, y su propia condición de biopic. Porque al fin y al cabo, lo que Gillespie hace en este film es dejar atrás cualquier atisbo de autoría y convertirse en una especie de David O. Russell, quien a su vez pilla no puede eludir ese aroma a ya visto que desprenden sus trabajos. Una falta de identidad que, al igual que en el caso del responsable de “El lado bueno de las cosas”, acaba derivando en un ejercicio extenuante para el espectador. “Yo, Tonya” puede llegar a cansar a más de uno por sus excesos fílmicos, y esto acaba derivando en el problema principal de la mayoría de los biopics, la irregularidad. Pese a los acertados intentos de Gillespie por hacer una cinta dinámica, su dinamismo funciona a ratos, y se va diluyendo conforme avanza el metraje. Para cuando acaba, no sólo queda la sensación de que esto ya lo hemos visto antes en otras manos, sino de que su segunda mitad sigue los postulados de la primera, pero ya con una importante carga de hastío a sus espaldas.


Lo positivo del caso que nos ocupa es que, con todo, no deja de ser un trabajo loable por su falta de prejuicios, por su descaro y valentía en la forma que tiene de relatar los hechos. Y entretenida, que es muy importante, pese a los tiempos muertos que atesora. Afortunadamente, lo bueno que tiene se impone sobre lo malo. La batalla sobre el hielo entre el amor y el odio acaba, como explicara Robert Mitchum en la imprescindible “La noche del cazador” a golpe de nudillo, con una notable victoria de la primera sobre la segunda. Y ya solo por eso bien merece la pena su visionado.

A favor: su elenco principal y el dinamismo de su puesta en escena
En contra: que sus recursos ya los hemos visto antes, y sus excesos acaban pasando factura al balance global del metraje

Calificación ***
Merece la pena

viernes, 23 de febrero de 2018

LA CRÍTICA. Lady Bird

Al otro lado de las vías
“Lady Bird” comienza con una secuencia que transcurre con normalidad. Una conversación banal entre una madre castrante y su inconformista hija. Hasta que sucede algo inesperado, algo que el espectador jamás esperaría.

Greta Gerwig parece decir con esta rotunda, desconcertante e hilarante carta de presentación que su historia irá por derroteros de lo más insólitos, que el humor que va a desprender su segundo trabajo tras la cámara va a traspasar las fronteras de lo racional e imaginable. Como su propia protagonista, una rebelde enclaustrada en un mundo en el que el hedonismo es una utopía, en el que lo mejor es que el año en el que se sitúa la acción es un palíndromo.

Pero no, para lo que servía esa escena de apertura era simplemente para presentar la personalidad de su protagonista femenina, y la opresiva presencia de su progenitora, en el Sacramento de comienzos de siglo. Y no hay más. La mejor carta que podía jugar la historia de este pájaro enjaulado que sueña con escapar de un ambiente en el que religión y puritanismo son el pan nuestro de cada día se queda ahí, en unos minutos que prometen mucho, pero que no acaban por dar lo que prometían.


Es una buena película, sí, pero no hay en ella nada tan arriesgado como para justificar sus primeros minutos. El resto discurre convencional, sin demasiado arrojo en la dirección –sí, Gerwig sabe poner la cámara, pero su ojo no se diferencia del de cualquier otro realizador independiente contemporáneo-, y apoyándose en un convincente guión y en la fuerza de dos actrices en estado de gracia como Saoirse Ronan y, especialmente, Laurie Metcalf. Pero sin que ninguna encandile ni destaque especialmente. Y esta última no es la primera vez que afronta un personaje similar y con los mismos tics interpretativos –véase la serie “The Big Bang Theory”.


Así, “Lady Bird” es otra película más, otra de tantas independientes que llegan a nuestras pantallas. Sin nada que destaque en ella. Y si lo hace, es fruto de los tiempos que vivimos. Su poderío reside en un trío de mujeres que, ya sea frente a la cámara o tras el libreto, gobiernan con convicción una propuesta que bien podría haber volado libremente hacia otros derroteros más originales y llamativos, saltando de un coche en marcha durante todo su metraje. Así sí merecería vivir al otro lado de las vías, donde todo es mejor. Gerwig, desgraciadamente, prefiere quedarse en el extremo seguro.

A favor: el guión, la secuencia de apertura y sus dos actrices protagonistas
En contra: tras esa escena inicial, va derivando en algo de lo más convencional y poco arriesgado

Calificación **
Se deja ver

jueves, 4 de enero de 2018

LA CRÍTICA. The Disaster Artist

El verdadero Hollywood
Espero que sus adoradores no se me echen encima por decir esto, pero “The Room” no es una buena película. De hecho, es mala si nos atenemos a lo estrictamente cinematográfico. Mala dirección, caótico montaje, un guión con ínfulas de emular a Tennessee Williams pero con alma de telenovela, escenas eróticas que invitan al suicidio colectivo, y un nefasto actor protagonista incapaz de pronunciar sus líneas de diálogo con un mínimo de verosimilitud.

Una calamidad de film que parece estar mal hecho aposta. Pero una calamidad que ha acabado convirtiéndose en pieza de culto para toda una generación. Es difícil dar una explicación razonable al fenómeno “The Room”, y sólo es entendible si metemos de por medio la fiebre que únicamente las redes sociales son capaces de propagar. Para quien esto escribe, su éxito reside en el hecho de que es una propuesta que pretende ser seria, pero que no puede ser tomada en serio en absoluto y acaba convirtiéndose en una comedia involuntaria.


Aunque comience con la típica advertencia de “Basada en hechos reales”, lo más loable de “The Disaster Artist”, la crónica de cómo se gestó aquel engendro fílmico, es que acaba erigiéndose también como una comedia involuntaria, que en ese sentido captura el alma de su referente con asombrosa precisión. Y eso que trata el material de referencia con respeto, sin caer en la parodia o la burla facilona.

Sin embargo, es imposible tomarse la historia que cuenta en serio, por muy real que sea. James Franco sabe de sobra que basta con contarla, que el público será el encargado de reírse con ella aunque él mismo no pretenda hacer una comedia. Sin arriesgar, con una narración de lo más convencional y haciendo que se eche de menos el ahondar aún más en el rodaje de esa obra maestra del cine trash. Porque basta con la presencia de su Tommy Wiseau, con su acento y sus inciertos orígenes, con algunos pasajes de su personalidad y pasado nada claros –seguimos sin saber de dónde sacó los millones que costó hacer su obra de culto, de qué vivía ni cómo costeaba su vida-, para que nos entre la risa. Y nos reconocemos estupefactos al descubrir que estamos alabando a un actor que interpreta magistralmente a un mal intérprete.


Ésa es la dualidad que más sobresale en “The Disaster Artist”, la de un público que disfrutará enormemente de una buena película que retrata la gestación de una mala película. La de un drama que se convierte en comedia sin pretenderlo. La de un actor cuya forzada encarnación de un mal actor es para quitarse el sombrero. Y la de un relato que habla del verdadero Hollywood, de ése que sobrevive como puede en la basura de la industria, del que triunfa solo para los paladares más selectos.

A favor: James Franco, su condición de comedia involuntaria, y las incontables dualidades que esconde su relato
En contra: su narración es convencional, se apoya únicamente en su historia sin arriesgar

Calificación ***1/2
Merece mucho la pena

viernes, 29 de diciembre de 2017

LA CRÍTICA. Perfectos desconocidos

La ignorancia da la felicidad
Es cuanto menos anecdótico que, dentro de la filmografía tan rica, personal y extensa de uno de nuestros mejores cineastas, aquel que a mediados de los noventa estaba llamado a revolucionar el cine español –y de hecho, lo hizo-, sea “Perfectos desconocidos” la que ha cosechado los mejores datos de recaudación en taquilla. No la más icónica, que para eso sigue estando aquel atemporal día de la bestia, pero sí la más exitosa.

Y es anecdótico porque no es que estemos ante el film más personal de Álex de la Iglesia. De hecho, huele a encargo en cada aspecto de su producción. Sí, sigue manteniendo esa tendencia del cineasta a encerrar a un grupo de personajes en un entorno reducido para dejar que se despellejen entre sí, para componer algún ácido retrato social, político o cultural –aquí, los peligrosos secretos que escondemos tras la pantalla de un Smartphone-, todo en tono de comedia negra. Pero más allá de eso poco hay del director de “La comunidad” o las recientes y reivindicables “Mi gran noche” o “El bar”.


Pero si algo demuestra esta “Perfectos desconocidos” es que de la Iglesia es un director de raza, con tablas y recorrido, capaz de amoldarse a todo tipo de propuestas, aunque por el camino pierda autoría. Y además, de lo más inteligente. El bilbaíno sabe dónde residen las bazas de este remake de la cinta homónima italiana, y deja que sean ellas las que hablen por sí solas. Sabe que solamente necesita apoyarse en el guión y los actores –excepcionales todos, y a destacar Pepón Nieto, Ernesto Alterio, Juana Acosta y Eduard Fernández-, y el resto es ofrecer una dirección lo más ágil posible para que la propuesta fluya con comodidad. Lo suyo, para hacernos una idea, es un ejercicio de adaptación al material que tiene entre manos comparable al de Danny Boyle en “Jobs”, el de un realizador al servicio de la historia que cuenta, y no al revés. Posiblemente, el motivo de su existencia sea el de obtener confianza y medios para futuros proyectos más personales. Y si así es, bienvenida sea.


Así, no es que estemos ante una obra que vaya a encabezar el ranking personal de su responsable, pero sí que estamos ante un pasatiempo de lo más agudo e inteligente, una comedia negra de lo más puntillosa que nos expone ante nuestros propios ojos como lo que realmente somos, como esa especie traicionera, mezquina y mentirosa, capaz de lo que sea por ocultar la asquerosa verdad ante nuestros semejantes. Aquí, en forma de peligroso juego de la verdad. Al final es mejor vivir en la ignorancia. La ignorancia da la felicidad.

A favor: el reparto, el guión, y de la Iglesia amoldándose al material que tiene entre manos
En contra: su falta de personalidad

Calificación ***
Merece la pena

lunes, 20 de noviembre de 2017

LA CRÍTICA. Cortar

El turista emocional
“Alumbrar” acababa con un truhán cazado por el paso del tiempo, en un experimento en el que el demiurgo rompía a llorar de desesperación en un giro tan descorazonador como inesperado e imprescindible. “Cortar” retoma esa idea contemplativa, no se anda con rodeos. Es una película más centrada, más madura, igual de juguetona que sus predecesoras pero con una idea en mente.

El film parte de esa premisa para volver sobre sus propios pasos. Para volver al fundamento que dio pie a esta trilogía viva, en la que Fernando Merinero se ha dejado la piel más que nunca. El cineasta, al igual que su “personaje” en el desenlace de la anterior entrega, comprende que esto supone el culmen de una etapa cinematográfica, y por ello vuelve al eje central del primer episodio. Así, ya esto no es un catálogo de viejas y nuevas novias, reales o ficticias, sino que todo gira en torno a la figura de una sola mujer que representa a todas las demás.


En torno a una mujer idealizada, que representa en sí misma el paso del tiempo. Volvemos a una isla, a una mujer, a una canción, para conformar un emotivo y nostálgico viaje a lo que quedó atrás en un espacio y un momento concretos. Todo en “Cortar” fluye con serenidad y a la vez con fluidez, con naturalidad pese a su condición de falso documental, divagando menos por el camino, con menos relleno a la vista y con un montaje más exquisito, mucho más cuidado que en las dos anteriores películas que conforman esta trilogía viva.


Y aunque hacia sus minutos finales pueda parecer que pierde algo de rumbo, no es más que una sensación impostada. Como todo lo demás en ella. Porque vuelve a encauzarse a sí misma en su escena final, para demostrarnos que Magaly, la mujer en sí, y toda esta trilogía, no son más que la catarsis y el compendio de toda una obra. Este turista emocional no es más que un hombre pegado a una cámara. Una cámara que registra una realidad que es mentira. Todo es falso. Aunque cortes, la vida sigue. El amor, el gozo y el sufrimiento también. Y el cine de Merinero, por supuesto. Para él, vida amor y cine son lo mismo. He ahí el truco. He ahí donde se halla lo vivo de este tríptico.

A favor: es la obra más madura, centrada y viva de toda la trilogía, con Merinero hablando de su propio cine
En contra: puede parecer que pierde el rumbo hacia el desenlace

Calificación ****
No se la pierda

sábado, 11 de noviembre de 2017

AVANCES. Tráiler de "Cortar", el final de la trilogía viva de Fernando Merinero


Tenía una cuenta pendiente. En todos los sentidos. Para con el público. Para con su trilogía. Para con su selfie cinematográfica. Vuelve Fernando Merinero, todo un truhán cinematográfico, a coquetear con su pasado, con su arte, con las mujeres de su vida. “Cortar” es la tercera parte de la trilogía “Las 1001 novias”, de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog.

En este falso documental,  Fernando se prepara emocionalmente para rodar en Gran Canaria su película más íntima, su reencuentro con Magaly. Tras revisar sus mutuas cartas de amor de un tiempo ya lejano, Fernando decide recuperar el macguffin de “Capturar”, y hacerse acompañar hasta Canarias por una novia falsa, por una actriz, para jugar con Magaly al mismo juego que ella utilizó con él veinte años atrás, el del misterio, el de no saber nunca si lo que se dice o hace es cierto o no… Fernando parece querer filmar el dicho ese de que “la venganza es un plato que se sirve frío”, en el mismo escenario que 22 años atrás filmó el arrebato de su pasión, ahora filma el derrumbe de su deseo por Magaly.


“Cortar” supone el culmen de lo que él denomina “películas vivas”. Un trabajo sin la participación de ninguna televisión ni subvenciones públicas, producida por Vendaval Producciones, y vendida internacionalmente por Urban Films S.L., que ya ha cosechado premios en todo el mundo, como el Premio a la Mejor Película Documental en Dada Saheb Film Festival (Delhi, India), además de haber competido en diversos festivales internacionales, como en el Marbella International Film Festival, o el Mediterranean Film Festival de Siracusa, Sicilia (Italia). A mediados de este mes, además, participará en el MUCES (Muestra Cine Europeo de Segovia).

A continuación, el tráiler de este film vivo, que podremos ver en cines a partir del 24 de noviembre.




lunes, 6 de noviembre de 2017

LA CRÍTICA. Feliz día de tu muerte

Vive, muere y repite
Todos hemos tenido la sensación de estar viviendo un determinado momento por segunda vez. Eso que los franceses llaman déjá vu . “Atrapado en el tiempo”, convertida a día de hoy en un clásico contemporáneo por derecho propio, llevaba al extremo de lo razonable esta idea. Un periodista gruñón, antipático y pagado de sí mismo condenado a vivir el mismo día una y otra vez. Una comedia atemporal, con ecos del mejor Frank Capra, que no caía ni en sensiblerías ni adoctrinamientos, a pesar de que su original premisa daba para ello.

Desde entonces, hemos vivido no pocas visitas al mismo concepto, ya fuera en formato televisivo –la serie “Sobrenatural” ya flirteaba con la idea en un divertido episodio que cambiaba el “I Got You, Babe” por el “Back in Time” de “Regreso al futuro”, en un doble juego de referencias temporales- o en forma de inspirado entretenimiento de ciencia-ficción –la siempre reivindicable “Al filo del mañana”. Pero todas con algo en común: el uso de la original como excusa para el divertimento, sin ahondar en moralina ni dobles lecturas.


“Feliz día de tu muerte” adapta esta idea al subgénero slasher. Una scream queen, con el sex appeal e incuestionable talento de Jessica Rothe –sin duda, uno de los mayores reclamos de la cinta- metida en su particular bucle temporal mortal, esta vez con un horroroso politono como tema central cada vez que sale el Sol. Pero con una salvedad. Al final del día, su personaje sabe que va a morir a manos del asesino enmascarado de turno. Como si Sidney Prescott concentrase cuatro películas de “Scream” en una sola jornada.

El mayor punto a favor de esta comedia de terror es su honestidad. No, no pretende exprimir el discurso del film en el que se basa. Su protagonista aprenderá una valiosa lección vital, sí, pero no es el centro de interés de la propuesta. Lo que pretende Christopher Landon –responsable máximo de encarrilar por el buen camino la saga “Paranormal Activity”, especialmente en aquel spin-off latino que fue toda una sorpresa- es hacer pasar al respetable una hora y media divertida, de desconexión. Por el camino, lo cual no está de más, alguna idea ingeniosa, pero en ningún momento trata de ser más de lo que es.


Sin embargo, lo mismo que se convierte en una fortaleza, se convierte en su mayor impedimento para ser memorable. Porque “Feliz día de tu muerte” se conforma con ser eso, un divertimento para grandes audiencias. No va más allá, no tira la casa por la ventana, no se esfuerza por perdurar en la memoria. Lo que queda es sencillamente un film que se deja ver muy bien, simplemente como pasatiempo, pero que va perdiendo fuelle conforme avanza el metraje y se olvida uno de su conocida idea principal. Hasta que llega a un desenlace que echa por la borda con su facilona y convencional resolución la posibilidad de estar ante un nuevo referente del género en lo que a psychokiller se refiere. Tran convencional que, aunque suene a broma, se hace repetitiva. Una pena, pues la máscara y el concepto del asesino podrían haber dado mucho más de sí, y podría haber quedado una franquicia que explotar en el futuro. O en el pasado, que con tanto bucle temporal ya me he perdido.

A favor: su protagonista, su honestidad, y que entretiene
En contra: que no explote y exprima todas sus bazas, y que se vuelva convencional conforme avanza el metraje

Calificación ***
Merece la pena

jueves, 26 de octubre de 2017

LA CRÍTICA. The Meyerowitz Stories (New and Selected)

Errores de nuestros padres
Somos consecuencia, directa o indirecta, de los errores de nuestros padres. Sí, también de sus aciertos, pero son sus errores los que nos acompañarán durante toda nuestra vida, los que recordaremos cuando echemos la vista atrás y recordemos una infancia marcada por unos progenitores que han proyectado sobre nosotros sus frustraciones, sus fracasos, sus malas maneras y desprecios. Porque es más fácil que lo malo perdure en nuestra memoria.

Noah Baumbach lo sabe de sobra. Lo ha explotado anteriormente en su filmografía. Es un analista de las relaciones paterno filiales inconexas, del conflicto intergeneracional que se produce cuando un hijo comienza a recordar cómo le criaban sus padres. “The Meyerowitz Stories (New and selected)” es, ante todo, su nuevo recital cinematográfico sobre esta temática. Como dice su subtítulo original entre paréntesis, una colección de historias seleccionadas en base a lo que los padres quieren que sus hijos vean en ellos, y de las que los hijos se cuentan a sí mismos y entre sus hermanos para no enfrentarse a esa tan temida figura patriarcal.


Es quizá la que nos ocupa una de las mejores propuestas de su realizador en los poco más de veinte años que lleva deleitándonos con sus relatos. Y lo es porque se aleja de la ampulosidad de algunos laureados trabajos recientes para volver a ese encanto que destilaban sus primeros trabajos, con “Kicking and Screaming” y, especialmente, la maravillosa “Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale)” a la cabeza, pero con la madurez que ya lleva acumulada a sus espaldas.

Encanto en su formidable y afilado guión, en su sencilla pero efectiva puesta en escena, que desprende puro calor otoñal, y, por supuesto, en un reparto en estado de gracia, donde lo más llamativo quizá sea ver a Adam Sandler sin caer en ese ridículo al que nos tiene acostumbrados. No es que esté mejor que Ben Stiller, por ejemplo, ambos están muy notables, pero lleva tantos años protagonizando películas de calidad más bien discutible, que este acercamiento al drama con tintes de comedia es más que agradecido.


Pero si alguien destaca en el elenco es el maestro. Dustin Hoffman ofrece la presencia y el saber estar ante la cámara que solamente uno de los grandes es capaz de conseguir. Suyos son los mejores y más resaltables momentos de esta recomendable y amena cinta, que solo parece flaquear hacia el desenlace, cuando da la sensación de que Baumbach no sabe cómo rematar su relato. Él es esa figura paterna que todo lo impone, que está por encima del bien y del mal, y cuyos errores han marcado para siempre las vidas de sus hijos. Tomad nota, padres.

A favor: el reparto, especialmente Dustin Hoffman, y la alegría de recuperar al Baumbach de sus comienzos.
En contra: Baumbach parece no saber cómo rematar la historia

Calificación ****
No se la pierda

lunes, 23 de octubre de 2017

LA CRÍTICA. Fe de etarras

¿Qué han hecho por nosotros los españoles?
Viendo “Fe de etarras” es imposible no acordarse de aquella aguda escena de “La vida de Brian” en la que, en plena asamblea del Frente Judaico Popular -¿o era Frente Popular de Judea?-, sus miembros trataban de proclamar sus derechos a la vez que caían en la cuenta de todo lo que los romanos habían hecho por su pueblo. Ya entonces, los Monty Python buscaban desde el absurdo poner en entredicho la idea de la independencia, de la reivindicación de los derechos, del quejarse y pedir cosas porque sí.

Borja Cobeaga no necesita tirar del absurdo para hilar fino en su nueva película. Sabe que ya bastante absurda es la situación política en este país, que esos cuatro etarras encerrados en un piso franco a la espera de una llamada que no llega son de por sí tan absurdos como ver a Gila esperando a que se ponga el enemigo al teléfono. Porque España es un chiste en sí mismo, y no había mejor manera de retratarla que desde un humor costumbrista deudor de los mejores comediantes del país.


Cobeaga no da puntada sin hilo, no deja títere con cabeza ni hace rehenes. No es la primera vez que lo hace, todo sea dicho de paso. Ahí está la estupenda y reivindicable “Negociador” como primer intento de acercamiento humorístico a un tema tan delicado como el terrorismo. Sin embargo, “Fe de etarras” es algo más que una mofa hacia este tema. Es un fiel reflejo de esa España rota por los fundamentalismos populistas, incapaz de reírse de sí misma, lastrada aún por la alargada sombra de un pasado que pesa como una losa.

Es ahí donde su director y guionista se lanza a una piscina sin agua. Su nuevo trabajo constituye un ejercicio de humor inteligente para el que este país aún no está preparado, ni para el que lo estará si sigue mirando atrás con rencor. Una película de rabiosa actualidad, valiente y realista, que tiene en su libreto y en las interpretaciones de su cuarteto protagonista –a destacar ese torbellino llamado Miren Ibarguren, y la presencia de uno de los grandes del país, Javier Cámara- razones más que suficientes para justificar su visionado.


Habrá quien la ignore por no saber mirar más allá de su propio odio y sus ideales partidistas. Habrá quien se atreva y salga ofendido. Incluso habrá quien no sabrá si debe disfrutarla, por lo incómodo de sus chistes afilados. Pero todos demuestran así que estamos ante el film más necesario, audaz y tocapelotas que ha dado el cine patrio en los últimos años. Y sin recurrir a las armas.

A favor: el reparto, especialmente Cámara e Ibarguren, el guión y su valentía
En contra: España aún no está preparada para una comedia así

Calificación ****
No se la pierda

viernes, 22 de septiembre de 2017

LA CRÍTICA. Kingsman: El Círculo de Oro

Cowboys vs gentlemen

Hay una diferencia crucial entre la escena de apertura de "Kingsman: Servicio Secreto" y la de su inevitable secuela, algo que las hace distanciarse en tan sólo unos pocos segundos. Aquí ya no tenemos unos créditos a ritmo de Dire Straits, sino algo más convencional, más arquetípico y menos inspirado. Ya no se nos ofrece una suculenta carta de presentación del despiporre que veremos durante las restantes dos horas de metraje. En su lugar, una frenética, imposible, inverosímil incluso para una propuesta de estas características y pasada de rosca escena de persecución que deja claro que esta segunda parte es más grande, más cara, más aparatosa.

Pero eso, desgraciadamente, no quiere decir que vaya a ser mejor. Y ese aperitivo sí que nos adelanta, casi de manera inconsciente, que Matthew Vaughn ha preferido ofrecer más de lo mismo, pero amplificado. Sin más. Sin ese derroche de originalidad y carisma que brotaba en cada secuencia de su predecesora. "Kingsman: El Círculo de Oro" sacrifica la parte creativa por el espectáculo, por las escenas de acción con toneladas de efectos, basadas en repetir los esquemas que tan bien funcionaron en aquella apocalíptica matanza eclesiástica que se grabó a fuego en la memoria de los espectadores. Es como si ya hubiera quemado entonces todos los cartuchos que tenía, y hay muy poco que rascar en el universo creado por Mark Millar y Dave Gibbons.


Incluso su reparto, con la salvedad de un cameo que se lleva la cinta en cada aparición, está menos entregado al desenfreno. O será por culpa de un guión con un humor y discurso menos inteligentes -por su extrema evidencia- que por aquel entonces -ese presidente de Estados Unidos que ve en los yonquis a los nuevos inmigrantes a erradicar del país-, pero no es que su abultado plantel de nuevas estrellas aporten demasiado a hacer más destacable el conjunto, en especial una Julianne Moore cuyo rol y motivaciones están lejos del hilarante trabajo de Samuel L. Jackson en la anterior.

Así se mueve esta descafeinada segunda parte, entre la repetición de la fórmula del éxito y la falta de ideas, algo impropio de un cineasta tan imaginativo como Vaughn, capaz de sacar filo a cualquier adaptación del cómic a la gran pantalla. Ésta, en comparación con el resto de su filmografía, podría ser su obra menos afortunada, pero no por ello estamos ante una mala película. Porque "Kingsman: El Círculo de Oro" sigue siendo un entretenimiento por encima de la media hollywoodiense, aunque quede como un divertimento nada memorable. Lamentablemente, el espectáculo hollywoodiense se ha impuesto sobre la creatividad british. Los cowboys han podido esta vez con los gentlemen. El mascar tabaco ha acabado con los buenos modales.



A favor: que entretiene, y un cameo que se lleva la cinta
En contra: su falta de originalidad y creatividad

Calificación **
Se deja ver

viernes, 15 de septiembre de 2017

LA CRÍTICA. Barry Seal: El traficante

La era de los inconscientes
Barry Seal era un adicto a las emociones fuertes. Su vida a los mandos de un avión de pasajeros de una gran aerolínea se le quedaba corta, no le proporcionaba la dosis de adrenalina que necesitaba. Pero ante todo, Seal era un inconsciente, un imprudente que creía controlar todo aquello en lo que se metía, sin querer ver el riesgo que comportaba, centrado únicamente en cumplir el tan ansiado sueño americano. Lo mismo se convertía en mula aérea del cártel colombiano de Pablo Escobar, que hacía las veces de agente doble para la CIA en el conflicto Irán-Contra, mientras amasaba incontables sumas de dinero que no sabía dónde almacenar.

“Barry Seal: El traficante” –otro desatino en cuanto a traducción de títulos- no es un biopic. No le interesa contar con detalles la vida de su oportunista protagonista. Su objetivo es retratar una época, un estilo de vida, un país y una política, cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. Una crónica hecha en Hollywood, pero que parece querer desmarcarse de ella, sobre los excesos de una agencia y de toda una nación que, al igual que su personaje principal, creía saber lo que hacía. Es decir, ésta es la historia de una era y de toda una sociedad de inconscientes, de las meteduras de pata de la política exterior estadounidense, no muy alejada de la de ese tan odiado señor que hoy en día se sienta en el Despacho Oval.


Y aunque pueda parecer exagerado el vertiginoso y dopado ritmo que Doug Liman imprime a la cinta, no se le ocurre a quien esto escribe una mejor manera de contar esta historia. Sus excesos narrativos acaban convirtiendo a este film en un ejercicio de estilo que consigue desmarcarse de la línea habitual de este tipo de productos. Es como si Michael Moore hubiera rodado un documental con actores, y que el resultado hubiera sido tan desconcertante y anacrónico como escuchar a la Royal Philarmonic Orchestra versionar música clásica en clave disco.


Selección musical, montaje, guión, puesta en escena… Todos sus aspectos ayudan a convertir a esta película en un entretenimiento didáctico y atractivo, que por supuesto no deja de ser un vehículo de lucimiento para su actor protagonista. Y es aquí donde consigue otro de sus grandes hitos. A Tom Cruise le viene el papel como anillo al dedo, y consigue quitarse esa espina clavada tras algunos trabajos recientes no demasiado afortunados. Una de las mejores interpretaciones del intérprete de los últimos años, y uno de los mejores trabajos de su director. Toda una patada en el culo a un sistema siempre corrupto, dominado por ilusos, y por el que pagan los ciegos corderos, que no somos otros que todos los demás. Y no deja de ser un film oportunista por la era en la que nos encontramos. Pero pocas veces el oportunismo ha sido tan bienvenido y ha estado tan bien servido.

A favor: la forma de narrar la historia, y un Tom Cruise en estado de gracia
En contra: que a algunos les puedan su oportunismo y sus excesos narrativos

Calificación ****
No se la pierda

miércoles, 12 de julio de 2017

LA CRÍTICA. Alumbrar

La crisis del demiurgo
“Alumbrar” termina de manera desconcertantemente contemplativa, con la crisis de la mediana edad cerniéndose sobre un protagonista que, tras divagar durante hora y media sobre el poliamor, las relaciones de pareja y la paternidad, entre otros menesteres, no tenemos muy claro si ha decidido lo que quiere para su futuro o si seguirá perdido en ese empeño de revivir su pasado a través de las mujeres de su vida.

Es como si “En la ciudad” de Cesc Gay conociera a Larry David, como si un truhán y un liante nato, un demiurgo que se radiografía en cada diálogo y plano, fuera encadenando situaciones que derivan en un final descorazonador, que obliga a replantearse toda la obra. Aunque, eso sí, la progresión es más que lógica, como si Merinero nos estuviera preparando para el gran momento.

Si algo llama la atención de esta segunda parte de su trilogía “Las 1001 novias” es el cambio tonal con respecto a su predecesora. Sí, sigue haciendo pasear ante la cámara la cotidianidad y la frescura que da el mockumentary, aquí sin jugar tanto con el metacine, y cada escena sigue destilando un humor natural, no prefabricado ni ensayado. Pero en general, el humor ya se ha tornado más amargo, y esa amargura va impregnando todo el metraje a cuentagotas, a sabiendas de que esto es el segundo muestrario de una trilogía que se prevé crepuscular en cada nuevo episodio y bien consciente de su modesta grandilocuencia. En ese sentido, el final debería verse venir de lejos, pero Merinero juega hábilmente a ocultar su as bajo la manga y consigue lo inesperado, pillarnos por sorpresa.


Una película mayor, más seria y madura que la primera, y que tiene precisamente en su desenlace su talón de Aquiles. Habrá quien piense que el resto de la propuesta carece de la fuerza de sus minutos finales, que no es sino más de lo mismo. Que esto ya nos lo ha contado antes su director, y que solamente quiere experimentar con el séptimo arte. Quizá no les falte razón. Quizá nos está embaucando como a sus ex novias. Quizá sea ese su juego y su experimento, engatusar a todo el que se cruce en su camino. Pero si se ve con esas ideas en la cabeza, se perderá la esencia de lo que realmente busca Merinero, que no es otra cosa que hablar de la madurez personal y creativa, y de las crisis que ambas facetas conllevan. En la primera era un niño jugando con su creación, con el espacio y el tiempo, descubriendo lo que implica copular con la vida. Ahora, el niño se ha convertido en un adulto, y toca ver la vida con otros ojos. Los de un señor al que, como le dice en más de una ocasión a las mujeres que desfilan ante su incisiva cámara, se le está pasando el arroz. Y esa certeza duele.


A favor: su tono amargo y un desenlace de lo más inesperado
En contra: que habrá quien piense que es más de lo mismo

Calificación ***1/2
Merece mucho la pena
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