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lunes, 31 de julio de 2017

LA CRÍTICA. Dunkerque

El infalible pulso del relojero
Siempre se ha dicho de Stanley Kubrick que era un director frío, en el sentido de que no retrataba emociones, sino al ser humano desde una distancia prudente, sin tomar parte en sus actos ni juzgarle. También frío en el sentido de que era un cineasta meticuloso, calculador, provisto de una capacidad matemática para dibujar planos en su mente y luego convertirlos en obras de arte en celuloide.

Por supuesto, Christopher Nolan no es Stanley Kubrick, por mucho que más de uno se empeñe en establecer comparativas. Nolan –pero no tanto Chris, sino su hermano Jonathan- es mucho más explicativo en sus guiones, hace mayores concesiones hacia el espectador pese a la complejidad con que se presentan sus tramas. Y Nolan no ha inventado el cine, como tampoco lo hizo Kubrick, pero sí es cierto que este último ayudó con toda su filmografía, repleta de obras maestras, a escribir una página personal dentro del séptimo arte, una que nadie había escrito hasta entonces.


El tiempo dirá qué sitio merece el director de “Memento” en esto de contar historias en imágenes, pero sí que podría decirse que con “Dunkerque” está más cerca del responsable de “La naranja mecánica” de lo que lo ha estado nunca. Porque Nolan es como un relojero. Preciso, calculador, milimétrico en la concepción de sus planos, en la puesta en escena, en los actos de unos personajes a los que no sentencia ni respalda. No hace prisioneros. No le interesa mostrar al enemigo. Ni siquiera hay sangre. Solamente hay hombres tratando de sobrevivir, con los minutos contados.


El tiempo es la mejor arma de “Dunkerque”. El director cuenta una historia de lo más sencilla con una estructura de lo más compleja, haciendo que las horas duren días, que los días duren semanas. Que el espectador sienta el desasosiego y la tensión del campo de batalla. Que cuente el tiempo como lo harían los soldados en esa playa de la que es imposible escapar, que sienta la amenaza del sonido de los aviones enemigos acercándose desde lo lejos, que surque tierra, mar y aire sin apenas un momento para la esperanza.

No, señores. Nolan no ha inventado esto del cine, pero bien que maneja los recursos cinematográficos como pocos, y éste es su mejor trabajo de dirección hasta ahora. Bien que sabe medir los tiempos de la excelente partitura de Hans Zimmer, bien que sabe alejarse de su formidable elenco de actores para que empaticemos con ellos lo justo como para no llegar a sentir que son los héroes de la historia, bien que maneja la puesta en escena, el sonido y la fotografía para meternos de lleno en la batalla, para que sintamos el vértigo del fuego aéreo enemigo, para que olamos el crudo y la brisa marina que rodea a un barco que naufraga, para que mordamos la arena de esa maldita playa.


Y por supuesto, no habrá inventado esto del cine bélico, pero con “Dunkerque” trasciende el género para llevarlo más allá, usándolo como excusa para abordar otro más grande. Esto viene a ser para el bélico lo que “El caballero oscuro” para el cine de superhéroes, un thriller repleto de suspense y tensión fabricado con el infalible pulso de uno de los mejores relojeros cinematográficos de lo que llevamos de siglo. 

A favor: su estructura temporal, y que es el trabajo más impecable de Nolan a nivel de dirección
En contra: su extrema frialdad, que puede dejar fuera de juego a más de uno

Calificación ****1/2
No se la pierda

martes, 27 de diciembre de 2016

LA CRÍTICA. Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge)

Amor por las barras y estrellas
Existe una tendencia preocupante en el cine made in USA contemporáneo, la de centrarse en una figura heroica y ensalzar sus virtudes, no sus defectos, para sostener un panfleto en pro de la bandera norteamericana. Una especie de llamamiento a las armas y la concienciación patriótica de una nación que siempre ha disfrutado con este tipo de ejercicios propagandísticos, pero que ahora parece estar arrastrando consigo a cineastas del más alto calibre, con la idea de que así el discurso llegará más alto y más lejos.

“Hasta el último hombre” –una traducción del “Hackaw Ridge” original que potencia aún más si cabe sus intenciones- es otro ejemplo más de esta corriente moderna. No es más que otro folleto del tío Sam sobre la gloria americana, en este caso centrado en el relato de un hombre que se negó a usar armas durante la II Guerra Mundial, y que fue capaz de salvar vidas pese a no llevarse consigo ni una sola vida.

Pero hay una característica diferenciadora fundamental en la que nos ocupa que la hace distanciarse de otras propuestas recientes, como los dos fallidos intentos de Clint Eastwood de congratularse con la bandera de su país, “American Sniper” y “Sully”, y es que tras la cámara se sienta todo un animal de la realización capaz de vendernos con suma facilidad el american way of life.


Sí, aquí sigue habiendo escenas que invitan al respetable a sonrojarse, como la del manotazo a la bomba o la exaltación de la figura del héroe como único reducto de las tropas hacia la victoria antes de la batalla final. Y sigue existiendo ese empeño por humanizar al protagonista con un tramo inicial repleto de ingenuidad –tanto como la cara de un Andrew Garfield que a veces acierta en sus expresiones, y otras veces sigue siendo el mismo chaval bonachón y con cara de memo al que nos tiene acostumbrados- y un desconcertante sentido del humor. Pero Mel Gibson sabe cómo imprimir de enorme potencia sus imágenes, sabe servirnos en bandeja algunas de las escenas bélicas más salvajes y sangrientas de los últimos tiempos, y sabe perfectamente cómo no convertir la vena patriótica en un circo bochornoso, de esos que dan vergüenza ajena. No siempre lo consigue, pero cuando se distancia de ella, el conjunto remonta.


Pero no nos engañemos. Esto sigue siendo cine propagandístico. Uno bien articulado y a ratos disimulado, pero propagandístico al fin y al cabo. Y es aquí donde tiene su arma de doble filo. Porque los que no conjuguen con este amor exacerbado hacia las barras y estrellas, la odiarán. Los que prefieran quedarse con la parte cinematográfica, disfrutarán del enorme trabajo de dirección de uno de los más grandes cineastas silentes del Hollywood actual.

A favor: las escenas bélicas y la labor de dirección
En contra: que la dirección no consiga tapar en muchas ocasiones su condición de cine propagandístico

Calificación ***1/2
Merece mucho la pena

viernes, 5 de junio de 2015

AVANCES. Tráiler y póster de "Bridge of Spies", de Steven Spielberg

Sin duda, uno de los títulos de la próxima temporada de premios. Vuelve Steven Spielberg. Se reúne de nuevo con Tom Hanks, con quien ya ha hecho joyas en el pasado. Y vuelve a tocar un drama histórico, otro género en el que se desenvuelve bien. “Bridge of Spies” se sitúa en plena Guerra Fría, y cuenta la historia real de un abogado de seguros que es reclutado por la CIA para negociar con la Unión Soviética la liberación de un piloto americano. Así, como suena. Este primer avance, a pesar de una banda sonora que me resulta algo machacona y demasiado épica para lo que se ve -ignoro si pertenece al score de Thomas Newman-, promete un gran film. No olvidemos que tras el guión están los mismísimos hermanos Coen. El cóctel puede ser incendiario. La película llega a Estados Unidos el 16 de octubre. Además, recuperamos el discutible cartel que salía a la luz ayer.



viernes, 17 de abril de 2015

LA CRÍTICA. El maestro del agua

Los fantasmas de Galípoli
20 de diciembre de 1915. Los otomanos y los alemanes ven cómo las tropas enemigas, formadas fundamentalmente por franceses y británicos, abandonan la península de Galípoli tras varios intentos de invasión frustrados, dando comienzo al fin de una batalla que en menos de un año se cobró la vida de más de medio millón de personas entre uno y otro bando. Cuatro años después, los hijos de Joshua Connor no han vuelto a casa de la contienda. Ya sea con vida o no, el zahorí partirá en busca de sus tres hijos como promesa a su esposa.

Russell Crowe, que se reserva también el papel principal, afronta su debut en la dirección con aires clásicos, y de hecho podría considerarse que tiene ecos del cine de David Lean. Pero además, “El maestro del agua” viene a ser un cruce entre “Salvar al soldado Ryan”, “Largo domingo de noviazgo” y, sobre todo, el “Gallipoli” de Peter Weir. Porque esta ambiciosa ópera prima recuerda mucho a los trabajos tras la cámara del formidable director de origen australiano.


Pero mientras que el responsable de obras tan míticas como “El año que vivimos misteriosamente”, “La costa de los mosquitos” o “Master & Commander” consigue sacar partido a cualquier historia épica con su elegante puesta en escena y su vibrante dirección a todos los niveles, Crowe tira de ingenuidad y extrema bondad y se muestra torpe y atropellado. El protagonista de “Gladiator” no sabe cómo utilizar la música, abusa de ella, así como de la distorsión de la imagen, los zooms, la cámara lenta o los flashbacks, estos últimos mal insertados en la narración y repetidos tantas veces que rompen la linealidad del relato. Por ejemplo, muestra imágenes de la guerra una y otra vez como si su personaje en el film hubiera estado en el campo de batalla, o instantes del futuro que acaban volviéndola previsible y restan emoción al conjunto.

Y más allá de la dirección, donde también hace aguas es en la historia. El film trata de tocar tantos palos en la narración, vagando entre el melodrama romántico o el cine bélico y con una presentación tan forzada, que finalmente no le saca la punta a ninguno de ellos. La trama no termina de arrancar en ningún momento ni emocionar. Le falta pasión, empuje, y le sobra más de un pasaje que ha sido metido con calzador.


Ahora bien, está lejos de ser una mala película. “El maestro del agua” se ve con comodidad y aunque se haga pesada en ciertos tramos –la historia de amor forzada, por ejemplo, rompe el ritmo y no acaba de cuajar-, no llega a aburrir del todo. Por otro lado, está lujosamente ambientada, los actores están corrector y la fotografía, obra del maestro Andrew Lesnie, es soberbia. Pero se queda en un intento de cine clásico irregular y falto de amor, de emociones. Los fantasmas de Galípoli ya fueron homenajeados como merecían hace más de treinta años, a través de la historia de los dos atletas australianos unidos en el horror de la guerra.

A favor: la ambientación y la fotografía, y que se hace ligera
En contra: la torpe y nada pasional dirección de Crowe, los tropezones de una trama a la que le sobran algunas líneas argumentales

Calificación **
                                                                              Se deja ver

martes, 17 de febrero de 2015

LA CRÍTICA. El francotirador (American Sniper)

El gran héroe americano
Hay tres tipos de personas en este mundo. Algunos no quieren creer que el mal existe en este mundo y, cuando llama a su puerta, no saben defenderse a sí mismos. Son las ovejas. Luego están los predadores que hacen presa del débil, los lobos. Y por último existe un tipo de personas que viven para enfrentarse al lobo y proteger a las ovejas. Son los perros pastores. De esta manera tan simplista resumía el padre de Chris Kyle, el francotirador más letal de la historia militar estadounidense, a la raza humana. Este pensamiento caló tan hondo en el personaje a quien se dedica la última película de Clint Eastwood, que el propio Kyle  –correcto Bradley Cooper, sin más- llegaba a categorizar a quienes le rodeaban de una manera aún más simplista. Lo incomprensible para él era quedarse en casa viendo cómo las Torres Gemelas caían el 11-S. Si no luchas por tu país, eres un cobarde.

En “American Sniper”, Eastwood se deja llevar por ese espíritu simplista y sirve una cinta manipuladora y extremadamente patriótica que solamente muestra una de las dos caras de la contienda. Aquí hay unos buenos perfectamente definidos, los americanos, y unos malos malísimos, los islamistas, y cada fotograma desprende un hedor a propaganda. Es un film tremendamente localista. Sólo con la moral patriotera yanqui podría valorarse y comprenderse una propuesta como ésta.


Por el camino, además de conferir un halo de romanticismo a la figura del francotirador, de un cowboy que se ve afectado por disparar a un niño en la cabeza pero que siempre rendirá cuentas ante Dios por cada vida que ha quitado con orgullo, porque lo ha hecho por su nación, asistimos a todo un manual de tópicos imprescindibles del género bélico. Desde la violencia engendrando violencia hasta la adicción que produce la guerra, algo que Kathryn Bigelow ya retratase con mucha mayor objetividad y frialdad en la muy superior “En tierra hostil”.


Sin embargo, lo peor de “American Sniper” es que tras la cámara se encuentra un clásico del celuloide como Eastwood. Un maestro que se atrevió a cuestionar el patriotismo yanqui a través de una fotografía mítica en “Banderas de nuestros padres” para luego poner la otra mejilla, la del bando japonés, en la soberbia “Cartas desde Iwo Jima”, tratando a ambos bandos como iguales. Aquí no tenemos eso, ni siquiera se reconoce al realizador de obras míticas como “Sin Perdón” o “Mystic River” salvo por un ritmo tan pausado que puede llegar a aburrir. Lo que sí tenemos es un trabajo de encargo obra de un cineasta que ha venido a glorificar la figura del gran héroe americano desde la más absoluta cobardía.

A favor: Bradley Cooper, simplemente correcto
En contra: su falta de ritmo, su tufillo a cine patriótico, la cobardía de Eastwood tras la cámara… casi todo

Calificación *1/2

martes, 9 de diciembre de 2014

LA CRÍTICA. Corazones de acero (Fury)

Un hogar por el que pelear
La carrera de David Ayer estaba pidiendo a gritos una cinta bélica. Como las de Tarantino o los Coen pedían un western. Su filmografía exigía un género en el que toda la testosterona que emana de cada fotograma de sus películas acabase por aflorar del todo, cercenando miembros y cortando yugulares a su paso. Con su nueva película, por fin, el director y guionista de “Sin tregua” o la reciente “Sabotage” ha dado un salto de gigante en su carrera. No sólo por dejarse seducir por un género cinematográfico que le viene como gatillo al dedo, sino porque así pasa a jugar en la liga de los grandes, algo que también lleva demandando su cine desde hace tiempo.

Precisamente, es la dirección ruda y franca lo que engrandece su definitivo abrazo al cine de guerra. Una realización tan directa y cruda como esos proyectiles que sobrevuelan las cabezas de los protagonistas como si de rayos láser se tratasen. Su propuesta es dura, violenta, realista. No hay lugar para el sentimentalismo entre estos violentos de Wardaddy, o al menos no a ojos de sus compañeros. Cualquier atisbo de ese Hollywood empeñado en plasmar la guerra como algo crepuscular y sensible ha sido prácticamente erradicado, y tan sólo en su desenlace sucumbe a un convencionalismo académico que la impide ser mejor de lo que es. Un par de momentos, el del sargento llorando a escondidas de sus hombres o la escena de la comida en el piso alemán, pueden aportar cierto respiro sentimental a la sobredosis de realismo descarnado al que nos somete el director. E incluso en esta última, la violencia y tensión emana de sus diálogos.


Y si la dirección de Ayer, junto a sus méritos técnicos –sensacional montaje de sonido, música y fotografía-, es lo que la convierte en un film de aconsejable visionado, el guión no está a la par de su excelente manejo de la cámara y su concepción del bélico como cine de acción cargado de potencia. No a nivel de diálogos, pues el cineasta demuestra ser capaz de construirlos con facilidad, sino a nivel de trama. Lo que tenemos es la historia de un grupo de hombres que viajan de un lado a otro de Alemania a bordo de su tanque Fury, sin mayor base argumental que esa, sin mayor estructura que la puramente episódica.


Le falta una trama férrea, sí, y recoge bastantes tópicos del género –el novato que no carga con ningún muerto sobre sus espaldas, la idea de que la guerra cambia al ser humano-, pero lo compensa creando una galería de personajes cuya camaradería trasciende la pantalla. Llegamos a sentir empatía al poco de empezar el metraje por el comando que lidera un solvente Brad Pitt, secundado de manera perfecta por sus hermanos en la ficción. Juntos conforman una especie de familia a su modo entrañable, que tienen en ese tanque da título a la película  –un aplauso a los traductores españoles por titularla “Corazones de acero”-, una especie de hogar por el que morir y pelear.

A favor: la directa y brutal dirección de David Ayer, la camaradería que desprenden sus personajes
En contra: un guión no demasiado trabajado a nivel de trama, y su convencional final

Calificación ***1/2

viernes, 3 de octubre de 2014

AVANCES. Póster y tráiler de "American Sniper", lo nuevo de Clint Eastwood

Sí, Clint Eastwood es un maestro. Pero reconozcámoslo, lleva de capa caída unos cuantos años. Creo que después de “Gran Torino” no he visto un film suyo que me impacte como los de antaño. Todo lo que ha venido después han sido pelis, como mínimo, resultonas y agradables a la vista, pero que si no llevasen su apellido pasarían sin pena ni gloria por la cartelera. “American Sniper”, la historia de uno de los mejores francotiradores de Estados Unidos, podría ser la película que le relanzase como el maestro que es. O no, podría ser otro producto alimenticio más. Sea como fuere, allá este primer avance, articulado en torno a una tensa escena bélica, intercalada con pasajes del Chris Kyle real, personaje real en que se basa la cinta. Protagonizan Bradley Cooper y Sienna Miller, y Warner la estrenará en Estados Unidos el 25 de diciembre de manera limitada, para asegurar su carrera en los Oscar. En España habrá que esperar hasta febrero. Qué suerte vivir aquí.



jueves, 4 de septiembre de 2014

EL CORTO CINÉFAGO. "La Guerra" de Luis Berdejo y Jorge Dorado

Uno se ha forjado una reputación como guionista. El otro, como director de la segunda unidad. Hemos visto muchos filmes escritos por Luis Berdejo, la mayoría de ellos enmarcados dentro del terror. Entre ellos, “[·REC]”, su remake estadounidense o la reciente y muy recomendable “Insensibles”. Además, ya ha dirigido dos películas, “La otra hija”, en la que dirigió a Kevin Costner y “Violet”. En cuanto a Jorge Dorado, ha colaborado con Almodóvar en “Hable con ella” y “La mala educación”, con Guillermo del Toro en “El espinazo del diablo”, o con Manuel Martín Cuenca en “Malas temporadas”. Este año fue nominado al Goya como director novel por la interesante “Mindscape”, un ejercicio de estilo a lo “Origen” o “Minority Report” con Mark Strong y Taissa Farmiga como protagonistas.

Y pese a sus orígenes cinematográficos bien distintos, sus destinos se cruzaron –también se unieron a otro compañero de generación, Borja Cobeaga, para dirigir “Limoncello”- gracias a “La Guerra”, una pieza que fue nominada en 2006 al Goya a mejor corto de ficción. Escrita a cuatro manos por ambos cineastas, esta pequeña pieza de apenas diez minutos de duración nos muestra los daños colaterales de cualquier guerra, una mirada intimista y personal hacia un escenario que podría corresponderse con el de cualquier conflicto bélico. A dejarse guiar por la narración francesa en off de esta historia multipremiada en la que un niño trata de luchar por su vida en medio de una guerra. Crudo, directo y necesario. 


LA GUERRA (Nominado Premios Goya 2006) from JORGE DORADO on Vimeo.
Cortometraje dirigido por Jorge Dorado y Luis Berdejo.

viernes, 11 de enero de 2013

LA CRÍTICA: Zero Dark Thirty (La noche más oscura)

Cicatrizando heridas
Todo comienza con un fundido en negro y unas voces de fondo que inundan la pantalla. Son las grabaciones de las llamadas a los servicios de emergencia durante el 11-S, el día en que todo cambió. Una patria cuyo orgullo se vio aplastado, pisoteado. Lo sobrecogedor de este momento son las voces, es esto lo que sacude al espectador. Pero su tratamiento, ese fundido en negro, es de una frialdad remarcable, manteniendo una distancia emocional con lo que se oye.

Así podría resumirse, en pocas palabras, lo que provoca el visionado de “Zero Dark Thirty”. Una cinta contundente pero sólo por lo que en ella se muestra, no por cómo se muestra. La película relata, con un ojo clínico, casi documental, los diez años que duró la cacería de Osama Bin Laden con el mismo rigor que el mejor de los periodistas documentalistas.

No hay juicios morales ni un posicionamiento claro. La historia habla por sí sola, y la dirección de Kathryn Bigelow es sobria, calculada y precisa, incluso políticamente correcta dirían algunos. Los mismos a los que su desarrollo distante y mecánico puede resultarles incómodo. Su estructura episódica remite más a un gigantesco manual de instrucciones, y quienes esperen un drama hollywoodiense saldrán, en este sentido, defraudados. Pero los que la entiendan como un thriller, sin más, se sentirán bien satisfechos. Un thriller que, amén de un tramo final que pierde algo de gas, consigue mantener el interés y la tensión durante los 150 minutos de su metraje, pero que tiene la misma fecha de caducidad que el “Fahrenheit 9/11” de Michael Moore. Y solamente alguien como Bigelow podía abordar esta historia sin caer en sentimentalismos patrióticos baratos y sin que el conjunto pierda un ápice de emoción.


Ni siquiera importa si el gran hombre está vivo o muerto, ni si finalmente a quien capturan es Bin Laden o no. Queda a la libre elección del espectador creer en teorías de la conspiración, creer o no lo que en ella se cuenta. El film se mantiene en un margen constantemente, de manera ambigua. Lo importante aquí es el proceso y cómo la cacería se convierte en algo personal, en una obsesión que trae de cabeza a su dura protagonista. Jessica Chastain está pletórica como esa especie de Claire Danes cinematográfica de la televisiva “Homeland”. Un personaje comedido y tenaz, aparentemente carente de emociones, pero de mirada frágil y a la vez desafiante, que solamente puede permitirse soltar una lágrima cuando obsesión que da sentido a su vida acaba.


“En tierra hostil”, muy inferior a la que nos ocupa, sirvió solamente para que Bigelow se hiciera un hueco en Hollywood. Ésta es SU PELÍCULA. Y si aquella retrataba a un auténtico yonqui de la guerra, “Zero Dark Thirty” nos sirve a un personaje obsesionado por un ideal, un ego malherido que es en realidad el de todo un país. Una brecha que se abre más y más con cada día que pasa sin capturar al objetivo número uno, y que solamente se cerrará el día que alguien diga que dicho objetivo ha caído. Aunque ello implique levantar ampollas plasmando las torturas de la CIA mientras en la televisión Obama dice que América no aprueba estos métodos para obtener información, ni lo hará nunca. Al final, lo que prima es cicatrizar heridas, cueste lo que cueste.


A favor: su extremo rigor, Jessica Chastain y lo bien que funciona como thriller
En contra: su desarrollo mecánico y que tiene fecha de caducidad

Calificación: ****1/2

jueves, 9 de febrero de 2012

LA CRÍTICA: War Horse

El caballo de la esperanza
Decía el filósofo y escritor español, y padre del Noucentisme catalán, Eugenio d’Ors, que “Cualquier guerra entre europeos es una guerra civil”. Yo iría incluso más allá. Cualquier guerra entre humanos en sí misma es una guerra civil, si tenemos en cuenta que todos podemos ser considerados hermanos.

En una de las escenas más sinceras, y emotivas, de “War Horse”, Spielberg parece querer evocar las palabras del ensayista español. Dos soldados, uno alemán y otro inglés, unidos en tierra de nadie para ayudar a salir a un caballo de los alambres que le impiden seguir su camino. Un caballo que, despojado de su hogar y su amo, vagará entre ambos frentes siendo testigo de cómo los hombres matan a otros hombres, convirtiéndose su obstinación y empeño por volver a casa –uno de los temas recurrentes del cine spielbergiano, el regreso a casa, a los brazos del padre perdido- en todo un símbolo de esa esperanza que, como bien apuntaba Tito Livio, no se correspondía con los acontecimientos en tiempos de guerra.

Los mejores momentos de este caballo de guerra son, precisamente, los que muestran la deshumanización de la raza a través de una mirada equina extraordinariamente humana. Los actos bélicos en la película resultan atroces cuando se comparan con los idílicos pasajes que impregnan la narración, que van desde el adiestramiento del animal, su relación con la niña francesa o esos dos hermanos alemanes que recibirán un castigo injusto, dignificado gracias a las aspas de un molino.


Spielberg, hasta ahora, había sabido encontrar el equilibrio entre el cine bienintencionado de “E.T.” y el cine bélico, dando obras tan contundentes como “Salvar al soldado Ryan”, “La lista de Schindler” o la imperecedera “El imperio del sol”, que no ocultan en ningún momento el sello familiar de su director. Pero con “War Horse”, pese al tan logrado contraste entre la crudeza y las buenas intenciones, el resultado se encuentra ciertamente descompensado, y la carga de azúcar se eleva adquiriendo tintes tristemente disneyianos –no es casualidad, Disney está detrás de la propuesta-.


Por supuesto, técnicamente no hay nada que reprocharle. Buenas actuaciones, una fotografía magistral de Janusz Kaminski que da planos realmente bellos –el reencuentro final, rememorando “Lo que el viento se llevó”, es sublime-, una banda sonora de John Williams que va desde lo innecesariamente cómico –ese ganso del tramo inicial- hasta lo elocuentemente emocional, y, cómo no, el buen hacer tras la cámara de todo un maestro a la hora de contar historias, que tras su periplo digital con Tintín ha optado por cambiar a un registro más clásico. Pero la época de ese extraterrestre simpaticón pasó hace tiempo. Para transmitir amor a los animales y valores humanos no era necesario ser tan ingenuo. 

A favor: el contraste entre buenas intenciones y crudeza bélica
En contra: su ingenuidad y exceso de buenas intenciones

Valoración: **1/2

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tráiler y póster de "Silencio en la nieve", lo nuevo de Gerardo Herrero

Gerardo Herrero es un director irregular, capaz de lo mejor ("Territorio comanche", "Frontera Sur", "Malena es un nombre de tango", "Heroína") como de lo peor ("El corredor nocturno", "Que parezca un accidente)". Pero al realizador de la magnífica "Los aires difíciles" siempre merece la pena seguirle la pista, más allá de sus polémicas como productor. Ahora vuelve con un thriller bélico ambientado en Rusia en 1943, con Juan Diego Botto y Carmelo Gómez, dos de los grandes, como pareja protagonista. La trama promete, y el espíritu del tráiler también, si bien este abusa de la banda sonora. A mí me ha dejado algo frío, pero le doy un voto de confianza por su espectacular envoltorio. A continuación, la sinopsis y el tráiler, además del cartel: Frente de Rusia, invierno de 1943. Un batallón de la División Azul se topa con una serie de cabezas de caballos esparcidas sobre la superficie congelada de un lago. Montado sobre uno de los caballos, el cadáver de un soldado español. Un tajo le atraviesa el cuello de lado a lado, y en el pecho tiene una inscripción grabada a cuchillo: “Mira que te mira Dios”. Los mandos encargan la investigación al soldado Arturo Andrade, exinspector de la policía, que cree que el asesinato está relacionado con la masonería. Hay también una segunda hipótesis: que la víctima fuera un agente prosoviético infiltrado en la División, y el “Mira que te mira Dios” una advertencia a otros posibles colaboracionistas.

sábado, 2 de abril de 2011

LA CRÍTICA: Invasión a la Tierra

Tío Sam te necesita

Jonathan Liebesman, antaño realizador de joyas –espero que se pille el sarcasmo- como “En la oscuridad” o “La matanza de Texas. El origen”, parece haber realizado su mejor película hasta la fecha con “Invasión a la Tierra”, el poco original título español de “Battle: Los Angeles”, último ejemplo de ese cine de invasiones alienígenas que tantas veces ha aterrizado en las pantallas. Algo que, por otro lado, es fácil de conseguir.

Lo que plantea esta última revisión del género está más cerca del cine bélico y de acción de la Kathryn Bigelow de “En tierra hostil” y del Ridley Scott de “Black Hawk Derribado” que de la ciencia-ficción que se le presupone a un producto de sus características. Combina pues la acción adrenalínica con el patriotismo más exagerado.

Pero, y esto es muy importante, convierte al igual que “Independence Day” y otras hermanas de espíritu a Estados Unidos en el centro del ataque, dándole la vuelta a la realidad política e histórica de una nación que ha sido en más de una ocasión potencia agresora antes que esa víctima que expone el film.


No es el único rasgo que comparte con otras cintas similares. Porque “Invasión a la Tierra” es una colección de tópicos –los invasores recuerdan incluso a los de “District 9”- envuelta por una cubierta fastuosa y convincente en lo visual, pero hueca en lo esencial. Pero lo que más destaca posiblemente sea ese tufillo a película propaganda, glorificando al ejército estadounidense hasta el paroxismo, únicos salvadores posibles de una humanidad que tiene los días contados. Vamos, que con ella parece que se pretenda lo mismo que con aquellas películas que servían de propaganda de la Alemania nazi.  


“Invasión a la Tierra” debió llamarse “Tío Sam te necesita”, y si algo no se le puede negar es el hecho de ser entretenida. Su look de film bélico es convincente, los efectos cumplen su objetivo –un punto a su favor es que no se abusa de ellos; de hecho los alienígenas aparecen más bien poco-, los actores dan la talla –en especial Aaron Eckhart, actor desaprovechado en productos de este tipo- y en general sirve como blockbuster para matar el rato. No es una mala película. No es “Skyline”. Pero tampoco  es “La guerra de los mundos”.

A favor: que entretiene
En contra: su descarada oda al ejército estadounidense

Valoración: **1/2 (5/10)

lunes, 25 de enero de 2010

LA CRÍTICA


En tierra hostil ***
(The Hurt Locker)

Adictos a la guerra

“La furia de la batalla es a menudo una potente y letal adicción, para la guerra es una droga”. Que En tierra hostil comience con estas palabras del corresponsal de guerra estadounidense Chris Hedges no es mera casualidad. La última película de Kathryn Bigelow analiza un conflicto tan manido como la guerra de Irak y nos extrae una conclusión que remite directamente a la obra de Hedges: la guerra, además de corromper la memoria colectiva e individual, acaba transformándose en una droga para todos aquellos que toman parte activa en ella.



Como si de un reportaje televisivo se tratara, En tierra hostil no realiza ninguna concesión al dramatismo gratuito, al discurso megalómano ni a las lecturas entre líneas hacia la política o los devastadores efectos secundarios de toda guerra. Y lo más sorprendente, no abusa de grandes secuencias de acción, algo increíble teniendo en cuenta que Bigelow es una curtida directora de este género. Lo que nos presenta la realizadora es una historia de bajo presupuesto, de ahí que se beneficie del formato documental en que está rodada y que le da una enorme sensación de realismo, sin cruzar la peligrosa línea de la moraleja socio-política que ya transitan otras cintas del género.


El mayor mérito de Bigelow durante dos horas, y no es poco, es el de transmitir la misma tensión que viven esos desactivadores de bombas a los que retrata en su trabajo diario durante 38 días, los que restan para que vuelva el equipo de relevo. Pero el mayor interés se recoge en esas secuencias que plasman su estresante día a día. En medio hay unas escenas que hacen que el ritmo decaiga, que convierten a En tierra hostil en un filme irregular en su desarrollo pero necesario como alegato anti-belicista, con unos personajes no demasiado bien dibujados. Tan sólo uno, el protagonista, se encuentra bien trazado, reforzado gracias a la convincente interpretación de Jeremy Renner. Su personaje es el que realmente da sentido a la frase de Hedges: un drogadicto de las emociones fuertes, de la adrenalina que desprende en cada turno, en el cual solo juega con una moneda de dos caras, vida o muerte, y que guarda los dispositivos que podrían haberle arrebatado la vida.



Su destino se adivina al poco de empezar la película. El final de este aterrador y vibrante relato es lógico y previsible, pero era el único que podía ofrecer. Por el camino destila el mismo sentimiento fascista del género bélico americano, ese que impide mostrar al enemigo como algo más que un simple verdugo, pero en este caso eso se vuelve un problema menor. Para el recuerdo dos secuencias crudas, la del cadáver y el hombre bomba, en medio de una película necesaria pero que toca un tema, el de la guerra de Irak, que podría parecer a más de uno ya demasiado manoseado por el séptimo arte. Aún así, un filme más que recomendable para aquellos que busquen cierta visión de la contienda alejada de las que nos tienen acostumbrados.

A favor: el realismo de sus imágenes y lo bien que sabe mantener la tensión
En contra: su ritmo irregular

sábado, 19 de septiembre de 2009

LA CRÍTICA

Malditos Bastardos ****1/2
Bastardo Tarantino

“Ésta podría ser mi obra maestra”. Con esa oportuna frase acaba “Malditos bastardos”, y por ende su mimado guión. Uno se imagina al narcicista Tarantino escribiendo semejante epílogo que a la vez sirve como decálogo sobre sí mismo, proyección de esa idea preconcebida que tiene de sí mismo como maestro del cine, como autor de culto. Y lo peor no es que se tenga creído que es bueno. Lo peor es que realmente lo es.

Haciendo gala de más efectismos que el mismísimo Brian de Palma, Tarantino rueda la que quizás no sea su mejor película –ese puesto de honor aún lo conserva “Pulp Fiction”-, pero sí la más metalingüística y consciente de sí misma de su filmografía. El director parece reírse de sí mismo, aunque sin olvidar esos delirios de grandeza que constituyen su mayor, y diría que único, punto débil como cineasta.

“Malditos bastardos” no es solamente la cruzada de un grupo de hombres como lo fuera “Doce del patíbulo”. De hecho, los bastardos del título, y todo lo que parece prometer la película a raíz del trailer y lo que se haya dicho de ella, ocupan un lugar bastante recóndito en toda esta trama de venganza que expone los motivos y las consecuencias -históricas especialmente- de este ajuste de cuentas paralelo entre dos bandos que se desconocen los unos a los otros, pero cuyo objetivo común es el mismo: acabar con el Tercer Reich. Este acto de “traición” por parte de su campaña publicitaria podrá indignar a los que esperen ver al caricaturesco y genial Brad Pitt y a sus bastardos cortar cabelleras nazis a diestro y siniestro.

Pero lo que nos ofrece es algo más estimulante. “Malditos bastardos” es un ejercicio metalingüístico y multilingüístico sobre el cine y la comunicación como arma arrojadiza. Con una estructura de capítulos muy similar a “Kill Bill”, Tarantino nos cuenta su historia bastante linealmente, algo a lo que no nos tiene acostumbrados, alternando cuatro lenguas –es indispensable verla en versión original, pues sus momentos más brillantes residen en sus juegos de palabras– y hablando del cine dentro del cine según Tarantino. Para él el cine es una bomba de relojería tan salvadora como propagandística, metros y metros de celuloide inflamable capaces de cambiar el curso de la historia. Porque estamos ante un orgulloso cinéfilo, no ante un historiador, que hace lo que quiere pero sin perder en el horizonte su amado spaghetti western, que prefiere torcer el desenlace hacia el sangriento cine de gángsters y espionaje antes que hacia el drama, capaz de mezclar a Ennio Morricone con David Bowie sin que el anacronismo que ello conlleve frente al período histórico que retrata chirríe en absoluto.

Una particular idea acerca del séptimo arte que Tarantino ha rodado en forma de pequeñas historias de extensos diálogos que preceden a un estallido de violencia. Extensos diálogos que, ahora sí, encajan a la perfección en la trama y ayudan a que sus dos horas y media de duración pasen en un suspiro, algo que no ocurría desde su segunda película. Quizás tan solo la tercera historia sea la menos llevadera, e incluso es posible que maltrate demasiado a los bastardos del título, pero eso no hace tambalear el conjunto. Y menos cuando está el imponente Christoph Waltz, el nazi cazajudíos que lo mismo te hace sentir en buena compañía como miedo en su presencia.

Lo mejor: el concepto que tiene Tarantino del cine
Lo peor: no verla en versión original

jueves, 12 de febrero de 2009

Los bastardos de Tarantino ya tienen trailer


Ha tardado, pero por fin tenemos el trailer en español de esos "Malditos Bastardos" de Tarantino. A juzgar por el trailer, la visión del cine bélico del director va a ser extremadamente peculiar. Desde el mismo montaje del trailer, con esos rótulos estilo spaghetti western, hasta un sobreactuado pero seguramente genial Brad Pitt (éste parece ser su año), lo que nos promete ahora es algo que no hemos visto antes en pantalla. Y en vista de este avance, parece que es cierto.
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