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miércoles, 18 de enero de 2017

LA CRÍTICA. La La Land (La ciudad de las estrellas)

Otro día más de Sol en LA
Es imposible no enamorarse de “La La Land“. Desde su misma escena inicial, que nos introduce en el Cinemascope, en un mundo en Technicolor acompañado por un tema musical que llama a introducirse en la gran pantalla, seduce, enamora y embriaga. El mismo sentimiento de amor que profesan todos esos soñadores que acuden a la Meca del Cine buscando una oportunidad, a perseguir las luces que brillan en la ciudad de las estrellas, a subir hasta las alturas de la colina más famosa del séptimo arte, esa desde la que sólo puedes caer o mantenerte eterno.

Imposible no enamorarse de ella, porque lo nuevo de Damien Chazelle es una carta de amor a la música, algo que ya destilara su anterior obra, con sus subidas y bajadas sentimentales. Y también al musical en particular. Por sus fotogramas resuenan los ecos del cine de Donen y Demy, y de otros tantos maestros que han rubricado todo un género para expresar sentimientos y emociones. Todo en ella destila técnica. Música, sonido, fotografía, escenografía… Chazelle no sirve un musical al uso, prefiere jugar con el género y no pervertir su esencia, sino contarnos su particular visión sobre el mismo, una visión en la que las canciones alegres y el colorido menguan conforme se abandona el amor por alcanzar algo más importante: las metas personales.


Por supuesto, es una historia de amor entre dos soñadores, interpretados con la soltura para la comedia de un cada vez más acertado Ryan Gosling y la delicadeza y espontaneidad naturales de una Emma Stone que se erige como reina absoluta de la función. Pero también es un mensaje de amor al cine en general. De amor y por supuesto de desamor, dos conceptos antagónicos pero inevitablemente unidos. Al cine como fábrica de sueños y desilusiones.


Todo en ella es para ser amada. Y aunque le ocurra lo mismo que a su anterior film, y el ritmo pueda parecer que decaiga hacia mitad del metraje, en este caso por abandonar deliberadamente los tópicos del musical, su director vuelve a retomar el pulso en un epílogo que supone todo una moraleja sobre el cine como mecanismo para contar historias, pervertirlas y encauzarlas a su manera. Es lo bueno del séptimo arte, que siempre puede reiniciarse a sí mismo y acabar en un ensoñador final feliz. No importa lo que pase hoy. Mañana será otro día más de Sol en Los Ángeles.

A favor: el amor que profesa al cine, la fotografía, la música, el sonido, la escenografía, su pareja protagonista…
En contra: que su distanciamiento del musical tradicional pueda ser visto como un bajón de ritmo

Calificación *****
Imprescindible

martes, 20 de enero de 2015

LA CRÍTICA. Into the woods

El festival del exceso
Hay veces que debemos alegrarnos de que el Oscar a mejor película no coincida con el de mejor director. Que “Chicago” era un musical grandilocuente y satisfactorio en el que el inconfundible nervio de Bob Fosse corría por sus venas cinematográficas es incuestionable. Y que, a día de hoy, sigue siendo la mejor cinta del director teatral y coreógrafo Rob Marshall, es aún menos cuestionable. Y aún lo es menos el que su irregular carrera posterior haya venido a confirmar que la Academia hizo bien en no concederle la dorada estatuilla, convertido a día de hoy en un mercenario para la industria.

“Into the Woods” reafirma esta posición. Nada queda ya del sibarita de la imagen y el sonido de sus tres primeros trabajos. Sí, “Memorias de una geisha” y “Nine” fallaban en lo más básico, el guión y el ritmo, pero apuntaban a un realizador estiloso formado sobre los escenarios. Es algo que no desprende esta última propuesta, pues nos encontramos ante un producto prefabricado por Disney. Y esto es algo a lo que el musical de Stephen Sondheim se presta gustoso. Es una película perfecta para la compañía, ya que sigue esa estela reciente suya de ofrecer el lado más oscuro y siniestro de sus clásicos, pero sin dejar de lado su inconfundible espíritu mágico familiar. Y Marshall se deja llevar por esta tendencia, sin imprimir alma al proyecto.


Pero más allá de esta pérdida de identidad, el gran problema de “Into the woods” es no tomarse nada en serio a sí misma, entendiendo el musical como un festival de excesos humorísticos. Hay humor a todos los niveles. Lo hay en su guión, repleto de chistes tontos y facilones en los que sus personajes cuestionan los cuentos ajenos pero nunca las bases de los que ellos mismos protagonizan. Está presente también en forma de humor presuntamente negro pero bobalicón. Pero sobre todo en sus actores, un reparto de lujo sobreactuado hasta la extenuación y el bochorno, convencido de que eso es comedia. Solamente Meryl Streep sobreactúa de manera convincente, principalmente porque su personaje así lo requiere.


Así, “Into the woods” viene a ser un musical de esos que no dejan huella, hecho para una gran compañía que fagocita cualquier ansia creativa, y que cruza la línea del ridículo en reiteradas ocasiones. Y por si fuera poco, lo realmente ingenioso e interesante finaliza sobre el minuto 75. A partir de ahí, lo que ofrece es puro relleno mal ejecutado y que no lleva a ningún lado, bajo el convencimiento de que hay un mensaje profundo y familiar oculto tras sus canciones poco pegadizas. Sorprende que, dados los orígenes teatrales de Marshall, las escenas musicales estén tan mal planificadas. A destacar, eso sí, la parte más técnica de la cinta. Fotografía, maquillaje, sonido, vestuario, dirección artística… Pero poco más que rescatar de este lío repleto de princesas encantadas por príncipes bribones, de madres posesivas, de herencias malditas y conflictos paterno filiales no resueltos, que encantará a los más entusiastas de la casa y a los fanáticos del musical entendido como exceso. Yo no soy uno de ellos.

A favor: la parte más técnica del film, y Meryl Streep
En contra: la de veces que cruza la línea del ridículo
Calificación *1/2

miércoles, 14 de enero de 2015

LA CRÍTICA. Whiplash

Buen trabajo
Tal y como se cuenta en varias ocasiones en “Whiplash”, si el baterista Jo Jones no hubiera humillado a Charlie Parker en público lanzándole unos platillos en plena actuación, no existiría “Bird”. De esa anécdota nació la leyenda, del tesón y esfuerzo por mejorar se forjó el mito, independientemente de que no fallara ni una sola nota en aquel momento. El jazz ya no es lo que era, está muriendo, y como dice el personaje del autoritario Fletcher en el film, los discos que se encuentran en cualquier Starbucks son buena prueba de ello. Porque no hay dos palabras más dañinas que “Buen trabajo”.

En su segundo trabajo, Damien Chazelle habla precisamente de eso, de reconocer el talento y exprimirlo al límite, de la perseverancia como único vehículo para alcanzar el ansiado éxito. Cualquier otro sentimiento puede aplastar el sueño de ser uno de los grandes. Cualquier atisbo de Humanidad puede hacerte perder el compás. Es de principio a fin una historia de enseñanza llevada al extremo, de cómo el fin justifica los medios y cómo estos pueden alentar o desanimar. Es la búsqueda de un nuevo Charlie Parker y escarba en lo que se esconde en la exigente trastienda de la música, en la que una sola nota fuera de tempo puede decidir tu futuro.


Chazelle logra una excelente dirección en la que música e imagen van de la mano. Pocas veces se ve un montaje en el que cada fotograma vibre con cada nota musical hasta el punto en que lo hace esta película. Logra así un film que es puro ritmo, y que solamente se relaja y se vuelve ligeramente convencional y previsible a partir de cierto momento crucial en la trama, para luego remontar en sus últimos minutos, como si de un trasunto cinematográfico del “Caravan” de Juan Tizon y Duke Ellington se tratase, y ofrecernos uno de los finales más vibrantes de los últimos tiempos, capaz de exorcizar al protagonista y al público.


“Whiplash” es un brillante ejercicio de narrativa cinematográfica, en el que Chazelle además se perfila como un formidable director de actores. Mención especial para el joven Miles Teller, todo un descubrimiento que tiene la difícil tarea de no languidecer ante un titán de la interpretación como J.K.Simmons, al que ya iba siendo hora de que le llegase el reconocimiento que merece. El actor representa la figura absorbente y dominante que Teller requiere para ser un gran músico, y juntos logran que una propuesta que es puro ritmo no decaiga prácticamente en ningún momento. Y de la disciplina militar que impone el personaje de Simmons, del sudor y la sangre que acaban bañando los platillos, sólo se le puede decir a Chazelle “Buen trabajo”, aunque esperemos que con ello no se acomode de cara a su próximo trabajo.

A favor: El dúo protagonista, especialmente J.K.Simmons, y el nervio de su director para que intensidad visual y musical vayan de la mano
En contra: cierta pérdida puntual de ritmo perdonable

Calificación ****

viernes, 3 de octubre de 2014

LA CRÍTICA. Frank

La realidad dentro de una cabeza de papel maché
Es, posiblemente, la película más extraña del año. Hilarante, ridícula, friqui, un poco hipsterica,… pero con los pies en la tierra. Una comedia negra y algo bizarra que funciona a la vez como relato de la experiencia del guionista Jon Ronson como teclista de la banda de Frank Sidebottom, y como homenaje de la figura de su líder, Chris Sievey, que hizo de una enorme cabeza de papel maché epicentro de la música pop indie de los 70.

La descomunal cabeza de Frank, personaje que viene a confirmar que Michael Fassbender es uno de los mejores actores de su generación, aunque no muestre su cara, es un agujero negro de creatividad y talento que engulle todo lo que le rodea, el linde entre lo racional y la locura, vocalista de una banda de desequilibrados que tiene en su propio desequilibrio mental su reducto de estabilidad. En eso y en la música, siguiendo la máxima de que todo puede ser motivo de inspiración en la búsqueda de esa inspiración oculta en los rincones del alma.


La película de Lenny Abrahamson acierta a la hora de presentar una historia tan aparentemente absurda caminando siempre sobre esa fina línea que separa la genialidad de la chorrada más absoluta. Porque de eso trata “Frank”. Ya sea desde el punto de vista de esas redes sociales marcadas por los trending topics y la cantidad de seguidores, o del aspirante a músico que ve en el grupo, y en su cabeza líder, la oportunidad de hacerse famoso, lo que viene a exponernos la cinta es el irremediable choque entre la mediocridad y el talento, el culmen de la banalización de las masas hacia los productos supuestamente estrafalarios y el afrontamiento de una realidad que es más llevadera a través de los ojos de una cabeza postiza.


Pero “Frank” es tan rara que exige por parte del espectador que saque su vena más marciana para no catalogarla de auténtica ida de olla intranscendente. Es un experimento, y como tal requiere de un salto de fe, de dejarse llevar por su estridente banda sonora –magistral la mejor canción que Frank haya hecho nunca, su canción sumamente atractiva-, por su viaje de atmósferas cambiantes -perfectamente fotografiadas Irlanda y Texas-, y por esta panda de inadaptados entrañables que a ojos del mundo son tratados como dementes. Y no olvidemos que a Newton, Van Gogh o Beethoven también los tomaron por locos.

A favor: lo bien que transita la fina línea que separa la chorrada de la genialidad; un Michael Fassbender rotundo hasta con máscara
En contra: hay que ser muy marciano para pillarle el punto

Calificación ***1/2

viernes, 24 de enero de 2014

LA CRÍTICA: Inside Llewyn Davis

La suerte del gato
No siempre es fácil ver una película de los hermanos Coen. Ya sea protagonizando desternillantes e imposibles comedias que enseñan hasta qué punto los tontos rigen este planeta (“Quemar después de leer”, “El gran salto”), o filmes que muestran lo descorazonador que resulta aceptar que el mundo está deshumanizado (“No es país para viejos”, “Fargo”), esa galería de personajes con la que los cineastas dan la vuelta de tuerca a géneros como el cine negro o las screwball comedies a golpe de ingenio e ironía no son más que la representación de la realidad en la que vivimos. La realidad según los Coen, pero realidad al fin y al cabo. Y es duro encajarlo, aunque parezca que se estén riendo de todo con una sobredosis de excentricidad.

“Inside Llewyn Davis” no iba a ser menos. Es una película a ratos arisca, a ratos bañada por una luz que hace que todo, incluidas las caras, luzcan brillantes cual gusiluz. A ratos es árida, y a ratos exhibe con desenfado ese humor negro marca de la casa. Y lo peor, parece que no te está contando nada, que tienes que asistir al día a día de un músico de primera categoría relegado a ser el telonero de señores como Bob Dylan y condenado a vivir en el ostracismo más absoluto, a ir de sofá ajeno en sofá ajeno mientras otros, gracias a canciones ridículas pero pegadizas, gozan del éxito y la fama que a él parecen haberle negado.


Pero como ocurre en muchos de sus grandes trabajos, no es hasta que acaba y echas un vistazo a la obra en su conjunto cuando adviertes que has asistido a una pieza cinematográfica exquisita. Es como juzgar un álbum por un solo tema, sin haber escuchado el disco completo. Y en el caso que nos ocupa, no es hasta sus últimos minutos cuando entiendes el mensaje de la obra y no puedes resistirte a levantarte y aplaudir como un poseso. Es cuando hacen uso de una estructura narrativa que es mejor no desvelar cuando te das cuenta de que estamos ante dos absolutos e incontestables genios.


Así, “Inside Llewyn Davis” funciona como homenaje a todos esos teloneros que vivieron a la sombra de los que estuvieron en el momento indicado en el lugar más oportuno. Pero también, ante la historia de un perdedor cuya vida sin rumbo parece ligada a la de un gato al que no puede dejar escapar. Un artista condenado a repetir una y otra vez los mismos errores, sentenciado a vivir en círculos y no salir nunca de su propio agujero de destrucción, encarnado por un Oscar Isaac repleto de carisma ante el micro y la cámara, y dotado de una melancólica mirada de portada de disco, de cantante de folk. Es la molesta dualidad del cine de los Coen, pero a la vez lo que lo hace único. Como esa fotografía de caras luminosas que odio desde “El retorno del rey”, pero que aquí se convierte en otra pieza fundamental de un álbum cinematográfico de prodigiosa banda sonora, que esperemos no tenga que perecer nunca a la sombra de nadie.

A favor: la banda sonora, Oscar Isaac, y cómo el desenlace da sentido a toda la obra
En contra: que no se vea nada bajo su luminosa superficie

Calificación **** 

lunes, 31 de diciembre de 2012

LA CRÍTICA: Los Miserables

Libertad, igualdad, fraternidad
Fantine, arrojada a la miseria del Montreuil del primer cuarto del siglo XIX, se ve obligada a vender su cabello, sus dientes, su cuerpo y su dignidad para sacar adelante a su pequeña Cosette. Una vez a solas, cuenta su historia de amor y abandono. La música sube, suena “I dreamed a dream”, y los pelos se erizan. Un escalofrío recorre todo el cuerpo y la piel se pone de gallina. Anne Hathaway ha hecho acto de presencia y acaba de regalar el momento más memorable y álgido de la adaptación del célebre musical “Los miserables”. Uno de esos instantes que merecen alabanzas, premios, Oscar. Consigue transmitir el pesar de su personaje con su voz, con sus gestos, con su mirada. Hathaway confirma lo que ya sospechábamos los que nos fascinamos con su aparición en pantalla, que es una actriz enorme. Suyo es el momento, y no volverá a repetirse.

A partir de entonces, “Los Miserables” no vuelve a alcanzar esas cotas de magnificencia, aunque lo que resta es más que digno. Otros números musicales, como el coral “One day more”, son magníficos, pero en la película no están a su altura. E ignoro si es así en la obra original, pues reconozco que nunca la he visto. Tan sólo conozco la novela de Victor Hugo, y no se puede criticar el film en base a ella pues es una adaptación del musical. Así que esta reseña es solamente sobre la película, y en ningún momento los defectos de esta deben entenderse como arrastrados desde la fuente original. No podría asegurar entonces si dichos defectos son debidos a una adaptación incompleta o al hecho de que todo lo que queda bien sobre los escenarios puede no resultar igual en la pantalla grande.


Pero lo cierto es que su extensa duración, aquello que corre el riesgo de lastrarla por completo, es una losa que acaba pesando, y mucho. “Los Miserables” se hace larga, extenuante, y pierde fuerza hacia mitad de su relato. Es más bien una obra operística, un drama cantado, que un musical al uso. No hay grandes coreografías, puede hacerse plomiza a buena parte de los espectadores. Algunos pasajes, como las motivaciones del desenlace final de Javert o el triángulo amoroso del que sale perdiendo una ausente y nada aprovechada Amanda Seyfried, están algo desdibujados sobre el papel y el montaje. Algunas decisiones de cast, como la de Russell Crowe, son cuestionables no por su calidad vocal, sino por resultar demasiado estáticas en pantalla con respecto a sus compañeros de reparto. La dirección tan correcta y british de Tom Hooper, con sus molestos planos inclinados y su abuso del gran angular y los primeros planos, da la talla a la hora de intimar con los actores, pero supone un error en unos planos generales un tanto artificiales dominados, eso sí,  por una dirección artística y técnica sobresaliente. Y su tramo final, aunque alargado, es fugaz y un tanto precipitado.


Y pese a todo esto, el espíritu del original es tan fuerte, sus canciones tan pegadizas, y me pirran tanto los musicales, que casi todos estos pecados pueden ser perdonados. Porque así lo vale un grandioso Hugh Jackman, el hombre que nació para interpretar sobre las tablas más que para liderar a los mutantes de la Marvel. Así lo vale el poderío de Samantha Barks, el vozarrón de Eddie Redmayne y los bufones Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter amenizando la función. Así lo vale ese pedazo de actriz que se marca uno de los mejores números del género musical reciente. Así lo vale este canto a la libertad, a la igualdad, a la fraternidad, al amor, de una sociedad a punto de estallar. Y porque tras salir de la sala de cine, dan ganas de pagar la entrada y meterse en un teatro.

A favor: Anne Hathaway y su “I dreamed a dream”; sin palabras
En contra: su extensa duración

Calificación: ****

domingo, 17 de junio de 2012

Taquilla USA: Tom Cruise y Adam Sandler desafinan frente a Madagascar 3

No puede juntarse la comedia romántica, el musical estilo "Mamma mia!" y el heavy metal y el rock en una sola película. Así opina la crítica estadounidense, que se ha cebado con "Rock of Ages", pero no el público, que por ahora le da una nota más positiva. Eso sí, eso no la salva de entrar directamente en el tercer puesto con unos pobres 15 millones de $. Ni el tirón de Tom Cruise, ni el género, ni su generoso reparto la han salvado, y haberse estrenado en plena temporada veraniega y con dos actores protagonistas desconocidos le ha pasado factura. No es la peor entrada de la historia para un musical, pues se sitúa como el sexto mejor estreno de la historia en este género, pero sí deja un mal sabor de boca. La ventaja, a pesar de las malas críticas, es que estamos ante un género con  buenos mantenimientos. Habrá que ver cómo avanza.


Lo de "That's my boy" se veía venir. Adam Sandler lleva años dando comedias de dudosa calidad, y el público parece haber dicho "basta". Entra directa al quinto puesto con 13 millones de $. No es su peor estreno, pero también deja un muy mal sabor de boca para un cómico que siempre ha teido tirón entre el público. Incluso "Jack and Jill" entraba el año pasado con unos meritorios 25 millones de $.

Ante este panorama, los dos primeros puestos han vuelto a quedar en manos de "Madagascar 3" y "Prometheus", que han seguido caminos opuestos. Mientras la primera muestra un mantenimiento superior al de otras propuestas similares, con una caída del 40%, la segunda se desploma un 60% incapaz de saltar más allá de su público fan. Por si fuera poco, muchos salen de la sala sintiéndose defraudados, y el film de Ridley Scott ha sido el único que durante la semana no ha mostrado demasiada fuerza. Con todo, el total de la cinta de animación de Dreamworks es de unos excelentes 120 millones de $, mostrando mejores datos que sus predecesoras, y el de la película de ciencia-ficción de Fox es de 88 millones de $. Y todo a pesar de que esta última sumaba otras 46 salas nuevas. Al menos queda como el mejor dato para una entrega de la franquicia "Alien".

A nivel mundial, ambas llevan un buen camino. La primera ha recaudado 277 millones de $, mientras que la segunda se queda en unos buenos 217 millones de $. Y lo que les queda.

El top 5 lo completa "Blancanieves y la leyenda del cazador", que poco a poco empieza a reponerse y mostrar un positivo aguante. Esta semana cae un 40% para sumar ya 122 millones de $ en su tercer fin de semana.

El resto del top 10 tiene datos a remarcar. En el sexto puesto, "MIB 3" también remonta y, pese a perder 657 copias, desciende un buen 28% para acumular 152 millones de $. A nivel mundial ya se va a 544 millones de $, quedando separada de la primera entrega 55 millones.

En el séptimo, "Los vengadores" siguen golpeando con fuerza, abandonando por primera vez el top 5, y con un gran descenso pese a la sustanciosa pérdida de copias. 586 millones de $ han recaudado los superhéroes de Marvel, y tienen su ojo puesto en los 600 millones de $. A nivel mundial poco más queda por decir, pues 1.419 millones de $ hablan por sí solos.

Los dos siguientes puestos están ocupados por filmes pequeños que van escalando posiciones semana tras semana. "El exótico Hotel Marigold" cede dos puestos, pero hay que tener en cuenta que perdía 117 salas y caía solamente un 31%. Con todo, su total es de 35 millones de $. Por su parte, "Moonrise KIngdom" mejora casi un 40% aumentando 82 salas más y dando nuevamente la mejor media por sala de la cartelera. Roza ya los 7 millones de $.

Por último, fuera del top ten encontramos "Intocable", que mantiene copias y desciende muy poco para un total de 1,5 millones de $.

Fuente: boxofficemojo.com

sábado, 17 de diciembre de 2011

Tráilers en Cadena: "Rock of Ages" y "The Dictator"


Poquitos tráilers, pero más que jugosos. Comenzamos con "Rock of Ages", adaptación del musical homónimo de Broadway que llegará a las salas españolas una semana después que a las americanas, el 8 de junio de 2012. Dirige Adam Shankman, realizador de "Hairspray", y en su primer tráiler tratan como una estrella a Tom Cruise, que hace sus pinitos en el musical (descontemos la secuencia de "Magnolia"), a pesar de ser secundario. Y la verdad es que, de todo lo que aparece en dicho avance, es lo mejor. Cruise está pasado de rosca, desatado, en su salsa, soltándose la melena literalmente... También están por ahí Catherine Zeta-Jones y Alec Baldwin. El tráiler promete. Eso o es que me ciego ante los musicales, género que me encanta.




Acabamos con el regreso de Sacha Baron Cohen, que promete hacer sangre con "The Dictator", la noble historia de un hombre que arriesga su vida, sus valores y sus principios para asegurarse de que la democracia, la justicia y los Derechos Humanos jamás llegan a su país, que gobierna con puño de hierro. Le acompañan Anna Faris, Ben Kingsley, Megan Fox, John C. Reilly y J.B. Smoove, y llegará en mazo, previsiblemente. De este hombre me encantó "Borat", pero detesto "Brüno". "Ali G" ni me he molestado en verla.

lunes, 31 de enero de 2011

La película del mes

Grease ****1/2
Grease (Randal Kleiser, 1978)

¡Electrizante!


Voy a confesarlo: adoro “Grease”. En mi opinión, el segundo mejor musical de la historia, puesto compartido con otras joyas como “La tienda de los horrores” (Frank Oz, 1986) o “Moulin Rouge” (Baz Luhrmann, 2001), y siempre por detrás de “The Rocky Horror Picture Show” (Jim Sharman, 1975). Aunque si preguntas a sus implicados, te dirán que hicieron el mejor musical del séptimo arte. Y es una confesión importante porque, muchas personas, a pesar de que les guste, aseguran que es una película casposa, ridícula, hortera, y les da vergüenza admitirlo en público. No es nada extraño que muchos lo nieguen, pues “Grease” ofrece una parodia de las películas juveniles de los 50 y 60, una mirada muy kitsch a las carreras de coches, los chulos con chupa de cuero negro, las chicas dulces e inocentes vestidas de rosa, los bailes de instituto y, claro está, el exceso de gomina y brillantina en el pelo.

Resumiendo una década
Todo este espíritu de los 50 se resume en sus inolvidables títulos de crédito iniciales, presentados con dibujos animados que retratan la parte más pop de la década, y a ritmo del tema central “Grease”, compuesto expresamente para le película por Barry Gibb, de los Bee Gees, e interpretado por Frankie Valli. Pero antes de esta magnífica carta de presentación seremos testigos del romance veraniego de Danny y Sandy, que deberán despedirse una vez acabe el verano cuando Sandy deba volver a Australia. Pero su familia cambia de opinión y se inscribe en el instituto Rydell, donde, casualmente, estudia Danny. Pero cuando ambos se reencuentran, Danny prefiere mantener su imagen de tipo duro frente a su pandilla, los T-Birds. Sencilla trama, pero convertida en todo un clásico del género gracias a sus diálogos hilarantes, chispeante sentido del humor –un humor que no ha envejecido en absoluto- y números musicales pegadizos, con una banda sonora imposible de borrar de la cabeza.

Todo buen musical comienza sobre el escenario

Y como la gran mayoría de musicales cinematográficos, “Grease” también surgió sobre los escenarios. Creado por Jim Jacobs y Warren Casey, el musical original relataba, al igual que su posterior adaptación cinematográfica, las vicisitudes de la adolescencia americana de los 50, con la Guerra Fría como telón de fondo y en los albores de un nuevo estilo musical que no tardaría en causar furor, el rock and roll. Sus personajes se ven envueltos en una trama que habla del amor, el sexo, las peleas de bandas, la amistad y el embarazo adolescente, entre otros temas. Pero hay una diferencia fundamental entre el original y la película, aparte de la procedencia australiana de su protagonista –en el musical era americana- y su condición de musical. “Grease” era una obra más agresiva y ruda, más vulgar, algo que en posteriores representaciones se vería adecuado para el gran público, suavizando el tono general de la obra.

Basado en las experiencias del propio Jim Jacobs en el instituto William Taft, el nombre “Grease” surge como homenaje a la subcultura greaser, que formaban jóvenes con gafas de sol, chaqueta de cuero negro y que llevaban el pelo brillante, cubierto de cera o gomina. Aunque también se podría asociar con el uso de grasa para lubricar el motor de un coche. Se representó por primera vez en Chicago en 1971, pero no era en absoluto un musical. Fueron los productores Ken Waissman y Maxine Fox quienes, tras ver el show, sugirieron que funcionaría mejor como tal, así que sus creadores se embarcaron en la tarea de reescribir la historia, adaptarla a los cánones del género -y por tanto ablandarla- y escribir la letra de las canciones y componer la música. El resultado convenció tanto a Waissman y Fox que la obra se estrenó fuera de Broadway cosechando un enorme éxito, tanto que acaparó siete nominaciones a los Tony, de los cuales ganó tres. En el elenco, como protagonista, podíamos encontrar a un joven Barry Bostwick, tres años antes de ser el inocente Brad de “The Rocky Horror Picture Show”. Y su ascenso al estrellato continuó hasta 1980, último año en que fue representada, esta vez en Broadway, y donde podíamos ver a Richard Gere o Patrick Swayze interpretando a Danny Zuko.


Y llegó el turno de la adaptación cinematográfica. En 1977, y debido a su descomunal éxito en Broadway, los productores Allan Carr y Robert Stigwood decidieron contar con sus creadores originales, que junto al propio Carr –éste venía de escribir un especial para televisión sobre el estreno de “Fiebre del sábado noche” (John Badham, 1977)- y Bronte Woodard escribieron el libreto. Carr y Woodard repitieron éxito, aunque en menor medida, tres años después con “¡Que no pare la música!” (Nancy Walker, 1980), una pseudo-biografía de los Village People. La música se completó con temas musicales de John Farrar, Barry Gibb y Louis St. Louis, y la Paramount se interesó en el suculento proyecto, encargándole las tareas de dirección de Randal Kleiser, que debutaría en la gran pantalla tras su paso por la televisión, donde comenzó dos años antes dirigiendo episodios de, entre otras series, “Starsky y Hutch”.

Un reparto con vocación musical

En uno de los episodios de “Los patrulleros”, en 1973, aparecería un joven llamado John Travolta. En dicha serie, curiosamente, participaría Kleiser tres años después, pero nunca llegarían a coincidir. La carrera de Travolta transcurriría en la televisión, hasta que en 1976 le llegó la oportunidad de saltar a la gran pantalla como secundario en “Carrie” (Brian de Palma, 1976), la exitosa adaptación al cine de la novela de Stephen King. Ese mismo año también enamoraría en la televisión gracias a “The boy in the plastic bubble”, telefilm que dirigiría el propio Kleiser, y que sirvió para que el realizador confiara en él para protagonizar Grease un año después. Pero para ello, Travolta tuvo que convertirse en un icono, algo que conseguiría en 1977 con “Fiebre del sábado noche”, todo un clásico con el que el actor lograría su primera nominación, y la única para la película, al Oscar, y de cuya música también se encargaba Barry Gibb de los Bee Gees. Este reconocimiento, y el cúmulo de casualidades que se dieron entre profesionales colaborando entre sí, impulsaron que su nombre fuera el primero de la lista para protagonizar “Grease”.

Para su pareja en pantalla, el estudio lo tuvo clarísimo: querían a Olivia Newton-John. Venida de Australia y dotada de una portentosa voz y una angelical y extraordinaria belleza, Newton-John ya había hecho sus pinitos en el cine, pero con muy poco éxito. Donde sí triunfaría sería en la música. El año en que se creara “Grease”, 1971, la artista consiguió colocar tres singles con un éxito moderado, y no fue hasta su tercer disco en 1974 que conseguiría colocar un tema en el número uno de las listas estadounidenses. Su carrera continuó en meteórico ascenso, y en 1975 volvió a repetir éxito con su siguiente trabajo. Pero, debido a sus fracasos en el cine, no veía muy claro participar en una nueva película. Tuvo que ser el mismo Travolta quien la convenciera de protagonizar juntos el film.

El resto del cast se completaría con actores desconocidos en los roles principales y estrellas invitadas y actores secundarios míticos. Stockard Channing sería Rizzo, y venía de la televisión y de ser secundaria en varias películas de los 70. Soñaba con tener un papel importante en un musical, y lo conseguiría con esta película. Jeff Conaway, que encarnaría a Kenickie, el mejor amigo de Danny Zuko, también venía de la tele, de series como “Kojak”, “La chica de la tele” o “Happy Days”. Conaway se convertiría además en esposo de la hermana mayor de Newton-John. Y en un rol bastante secundario nos encontramos a un jovencísimo Lorenzo Lamas, interpretando con 19 años al novio musculitos de Sandy. Su paso por la película es más bien anecdótico, pues Lamas no saltaría al estrellato hasta 1981, cuando intervino en “Falcon Crest”. Lo más llamativo de este reparto es que, a excepción de Lamas y algún que otro miembro todavía más secundario, estaba formado por actores de más de 20 años interpretando a adolescentes entre 16 y 19 años. Así por ejemplo, Travolta tenía 23 años, Newton-John 29, Conaway 27 años y Channing tenía ya 32 años.


Como estrellas invitadas y actores secundarios de lujo, “Grease” contó con Frankie Avalon, que sería la ensoñación de Frenchie, un ídolo juvenil de los 50 y 60 para el cual la película supondría su regreso como actor y cantante a lo más alto, pero al que este espaldarazo le duró más bien poco. Su carrera no despegó mucho desde entonces, y como curiosidad le encontramos en un episodio de “Renegado”, serie protagonizada en 1996 por Lorenzo Lamas. Bastante menos secundaria sería la aparición de Edd Byrnes como Vince Fontaine, otro ídolo de la pequeña y la gran pantalla de los 50 y los 60 al que la estrella comenzaba a apagársele. Ahora bien, tuvo más suerte que Avalon en televisión durante las dos décadas posteriores. Y como el entrenador del instituto tenemos a todo un genio de la comedia, Sid Caesar, que ya había dejado su huella y talento para el género en “The Sid Caesar Show”, “Your show of shows” o “El mundo está loco, loco, loco” (Stanley Kramer, 1963).

Repitiendo el éxito de Broadway


“Grease” repitió el éxito que ya había cosechado el original. Con un presupuesto de 6 millones de dólares, que se fueron principalmente en la lujosa y detallista ambientación –la ambientación es tan fiel que la película parece realmente haber sido filmada en los 50-, la película lleva recaudados, entre reposiciones y reestrenos, 188M$ en Estados Unidos y un total de 394M$ a nivel mundial. Un taquillazo que también se traduciría en éxito de ventas discográficas. Y es que su banda sonora consiguió ser número uno en todo el mundo, vendiendo más de 26 millones de copias, y especialmente los temas “Grease” y “You’re the one that I want”, que paradójicamente eran los más odiados por su director, hasta el punto de que estuvo a punto de retirarlos del montaje final. No es de extrañar tal acogida de su música, pues tiene algunos de los números musicales y canciones más pegadizas de la historia del cine. Además, la película fue nominada a un Oscar a mejor canción para “Hopelessly Devoted To You”, a cinco Globos de Oro (dos para canción, mejor película, actor y actriz), pero no consiguió ninguno. Pero sí se alzó con el premio a mejor película en los People’s Choice Awards.

Pero no le fue del todo bien a sus participantes. Tras el modesto éxito de “¡Que no pare la música!”, sus creadores prefirieron prodigarse mucho en el cine. Su director Randal Kleiser repetiría un taquillazo con la mítica “El lago azul” dos años después, pero su carrera posterior ha dado bastantes tumbos, siendo lo más destacable “Colmillo Blanco”. Stockard Channing continuó siendo secundaria de lujo en el cine y en televisión es donde ha tenido más éxito, llegando a protagonizar un show con su nombre y a estar durante seis años en el reparto de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, donde interpretaba a la esposa del presidente Martin Sheen. Su carrera ha sido la más afortunada de los secundarios de la película, llegando a ser nominada al Oscar por “Seis grados de separación” (Fred Schepisi, 1993) y a varios Emmy. Menos suerte tuvo Conaway, que se vio relegado a la televisión y cine de mala calidad durante los 80 para hacer trabajos en televisión de más calidad en las dos décadas posteriores. Eso sí, no ha dejado de trabajar desde entonces.

Y el destino de su pareja protagonista es de sobra conocido. Olivia Newton-John volvió a probar suerte en la fallida “Xanadú” (Ribert Greenwald, 1980), todo un fracaso que le hizo comprender que lo mejor era seguir con su exitosa carrera musical. Aún así, ha hecho contadas apariciones en televisión, una de las últimas interpretándose a sí misma en “Glee” el año pasado. Y en cuanto a John Travolta, ha tenido innumerables altibajos y ha sabido resurgir de sus cenizas en varias ocasiones. Los 80 fueron una mala década. Volvió a trabajar con De Palma en “Impacto” e intentó volver al estrellato recuperando a Tony Manero a las órdenes de Sylvester Stallone en “Staying Alive: La fiebre continúa”, pero los resultados eran más bien pobres en taquilla –caso de ambas- y para la crítica –caso de la segunda; el film de De Palma es una joya-. Hasta que llegó la comedia “Mira quién habla” (Amy Heckerling, 1989), todo un taquillazo que le ayudó a pagar facturas. Pero no sería hasta 1994 cuando Quentin Tarantino le recuperara en “Pulp Fiction”, y desde entonces no ha parado de reciclarse a sí mismo en comedias, dramas, películas de acción y ciencia-ficción. Y aunque es miembro activo de la iglesia de la cienciología, su carrera sigue intacta para el público, algo de lo que no pueden presumir otros miembros de la iglesia.

Y en 1982, un despropósito: la secuela. Dirigida por Patricia Birch y con Michelle Pfeiffer como protagonista, la película es odiada incluso por la actriz. El que sí arrasó de nuevo fue el revival de 1994 de la obra original en Broadway, donde brillaba con luz propia Brooke Shields como Rizzo, papel que retomaría posteriormente, aunque con menor fortuna, Rosie O’Donnell.

Si “Grease” comenzaba con el tema central del mismo nombre y unos créditos que resumía el espíritu de la cinta, el final no lo iba a ser menos. Tras el magnífico número “We go together”, la película se despide con la canción de Barry Gibb y con imágenes de un anuario de instituto y fotos del baile. Un broche de oro para una película que despierta la nostalgia incluso en aquellos que nunca llegamos a vivir esa época, y a la que los años han tratado mejor que bien. Un musical automático, hidromático, ultramático… ¡electrizante!



 
Y para acabar… todos a cantar y bailar

No podía acabar este reportaje sin una selección de los mejores números musicales de la película.

Grease

Summer Nights

Greased Lightning

Beauty School Drop-Out

Look at me, I'm Sandra Dee

You're the one that I want

We go together

jueves, 30 de julio de 2009

La película del mes

Cada final de mes les traigo el análisis de algún film que viera en mi infancia (o no), que me impactara o me decepcionara sobremanera, con el objetivo de ver cómo el tiempo pone a cada cosa en su lugar

The Rocky Horror Picture Show *****



Si unes todas esas cintas de serie B de terror y ciencia-ficción de las productoras Hammer, RKO y la Universal que se emitían en una económica y febril sesión doble, las mezclas con música rock, la sazonas con la locura de drogas y sexo liberal propios de la década de los 70 y le añades unos puntos de friquismo absoluto nace un producto peculiar, que por el tema que trata y por pertenecer a un género tan difícil como el musical era complicado que congeniara con el público. Una criatura final que guarda no pocas similitudes con el mismo Ed Wood, quien también está incluido, aunque indirectamente, en el homenaje.

“The Rocky Horror Picture Show” –en adelante RHPS para abreviar- nació de la imaginación de Richard O’Brien, actor de origen inglés pero criado en Nueva Zelanda, donde se convirtió desde muy pequeño en fanático de esas películas de terror y ciencia-ficción que inundaban las salas durante los años 50 y las décadas anteriores. Así, O’Brien se fascinó con los años por el cine de Wood y por clásicos como “Frankenstein”, “Drácula”, “Planeta prohibido” o “Ultimátum a la Tierra”, entre otros. Junto al joven director australiano Jim Sharman, a quien conoció en los ambientes teatrales ingleses, adonde volvió para hacerse camino como actor, organizó una puesta en escena de “Jesucristo Superstar”, hasta que le propuso la extraña idea que había detrás de RHPS. O mejor dicho, la extraña idea tras “The came from Denton High”, que era el título original. Finalmente, y por consejo de Sharman, a quien entusiasmó el proyecto, pasó a llamarse como hoy en día la conocemos, aunque antes adquirió el nombre de “The Rock Hor-Roar Show”. También entusiasmó a los productores Michael White y Lou Adler, quien también se hizo cargo de la música.

¿Pero por qué hablo de RHPS como de una extraña idea, como si de una locura se tratara? La respuesta está en el mismo argumento. La castiza pareja formada por Brad y Janet queda tirada en medio del bosque tras averiarse su coche. Para refugiarse de la incipiente tormenta, los tortolitos, que planean casarse, se refugian en uno de esos castillos tan característicos de las películas de miedo. Allí conocerán al Dr. Frank’N’Furter, un carismático científico travesti que esa misma noche organiza la Convención Anual Transilvana con motivo de la presentación de su nueva criatura, Rocky, un adonis físicamente perfecto pero muy tonto que ha sido creado primordialmente para satisfacer sexualmente a su amo. Durante la alocada velada bailarán, cantarán, sabrán la verdad de la procedencia del poco cerebro que tiene Rocky y por supuesto verán cómo su férrea moral cristiana se hace añicos ante todas las tentaciones que el propio Furter y sus criados les ponen enfrente. Todo ello con inolvidables números musicales e incontables referencias a la serie B de los 50 –visible en personajes, situaciones, trama y en algunas secuencias, como esa gran torre en uno de los números musicales finales que rememora la insignia de la RKO-, a la cual satiriza pero con el máximo de los respetos.

Tal fue el éxito del montaje teatral primero en Inglaterra y posteriormente en EEUU que la Twentieth Century Fox se interesó por la adaptación a la pantalla grande. Con 1.5 millones de presupuesto y buena parte del elenco original, que incluía al cantante Meat Loaf como Eddie, el motorista alocado del cual Furter extrae el cerebro para Rocky, y por supuesto con O’Brien y Sharman tras el proyecto –ambos escribieron y el segundo lo dirigió-, RHPS estaba ya preparada para dar el gran salto a la gran pantalla. Del cast original hubo escasas variaciones. Tim Curry volvió a travestirse como el loco Dr. Frank’N’Furter en el que sería su primer papel en el cine tras su paso por el teatro y la televisión, y que a día de hoy sigue siendo su mayor logro como actor, sin contar el del Señor de las Tinieblas en “Legend”, mientras que el mismo O’Brien volvió a encarnar al mayordomo Riff Raff. La entonces desconocida Susan Sarandon encarnó a la virginal Janet, mientras que el veterano Charles Gray, el villano Blomfeld de la saga Bond, hizo lo propio con el improvisado narrador de la historia, quien a su vez enseña los pasos de baile del número musical “Time Warp”, uno de los mejores de la película y que incita a los espectadores a bailar siguiendo las indicaciones de Gray.

El rodaje en sí sufrió contratiempos, como un accidente de Meat Loaf en la famosa escena de la moto que acabó con una fractura en la cabeza, una pulmonía de Sarandon tras la escena de la piscina o la peligrosa adicción de Curry a las drogas, que obligaba a retrasar el rodaje. Incluso hubo una disputa entre Patt Quinn, la actriz que canta el imponente tema musical central del comienzo de la obra, “Double Feature Science-Fiction”, y O’Brien, pues si bien los labios rojos que hicieron famoso el cartel de la película y que se mueven durante los créditos iniciales son los de Quinn, la voz es la del mismo O’Brien. Un cambio que trajo más de una discusión entre ambos. Dichos labios, por su parte, recuerdan a los que los Rolling Stone usan como sello desde 1971 basándose en un diseño de Andy Warhol. De hecho, Mick Jagger se mostró interesado en interpretar al Frank’N’Furter cinematográfico, pero los creadores consideraron más oportuno recurrir a un reparto desconocido y sobre todo al protagonista original de la obra. Y si se fijan bien, aunque no tiene relación alguna, los acordes de “Science Fiction/Double Feature” rememoran al “Sympathy for the Devil” de los Rolling, aunque esto es tan solo una impresión personal y no un hecho contrastado. Es recomendable escuchar esta canción y apreciar los múltiples referentes cinematográficos que utiliza en su letra.

Llegados hasta este punto, ¿por qué es considerada RHPS un filme de culto? Para entenderlo debemos remontarnos a su estreno. Pese a su éxito teatral, el público y la crítica ignoraron la cinta. Se convirtió en un fracaso en taquilla, y los críticos no aplaudieron el aspecto puramente teatral que Sharman dio al conjunto, esperando quizás algo más ampuloso –personalmente, prefiero el ambiente intimista y claramente influenciado por el Glam Rock inglés que los creadores decidieron conferirle-, y sobre todo no congeniaron con su espíritu juerguista. Rápidamente retirada de las salas, la película encontró su salvación gracias al empeño de la Fox de no perder su dinero –y tanto que no lo perdieron, pues la película a día de hoy lleva 112 millones de dólares recaudados solo en terreno estadounidense-. La proyectaron a medianoche como parte de un programa doble, esos mismos programas que homenajea la canción inicial. Y lo que ocurrió aún no se explica del todo. El público más freak empezó a sintonizar con su humor y la película tuvo una segunda vida en esas sesiones, hasta el punto de que según la leyenda alguien gritó a Janet “Buy an umbrella, you cheap bitch” (cómprate un paraguas, perra barata) durante la escena de la lluvia, y aquello se convirtió en un modelo a seguir.

Y fue precisamente esta pauta la que lo convirtió en un fenómeno. Durante aquellas sesiones golfas, la gente vestía como los personajes años antes de que sucediera lo mismo con “Star Wars”, gritaba cosas a la pantalla hasta el punto de interactuar con la película, siguen los pasos dictados por Gray para el “Time Warp” y hasta portaban utensilios a usar en determinados momentos (arroz para la escena de la boda, guantes de látex para el momento del nacimiento de la criatura, pistolas de agua simulando la tormenta, mecheros, etc.), utensilios conocidos como props.

Pero el fenómeno fue aún más allá. Se creó toda una disciplina en torno a las proyecciones. Había que repetir ciertas pautas de comportamiento durante las mismas, organizadas durante cada cierto tiempo, usando los props y cantando y bailando las canciones, replicando a los personajes –una de las técnicas consiste en abuchear al malo, por ejemplo- a la vez que los actores bailaban bajo la pantalla y hacían al público partícipe. Los nuevos asistentes, denominados vírgenes –no cuenta el haberla visto en vídeo o DVD, eso se considera simple masturbación-, son bienvenidos a esta juerga sin control en la que posiblemente tengan que pasar un sacrificio de vírgenes, consistente en tener que realizar alguna prueba no discriminatoria ni vejatoria. Este fenómeno se extendió a Alemania y España, donde se realizan pases cada poco tiempo y cuyo fansite pueden visitar en http://www.rhps.es/, donde encontrarán todos los requisitos a cumplir, los próximos eventos e información detallada del espectáculo, entre otras cosas. En nuestro país, el interés se renovó gracias al Festival de Sitges de 1995, donde se proyectó durante un año en sesiones donde los horroritas, como se hacen llamar los auténticos fans, se dejan llevar fervientemente por esa orgía de rock, terror y locura continua.

Por supuesto, el merchandising propio de la película no se hizo esperar, incluyendo desde libros y cómics hasta videojuegos, pasando por supuesto por discos con versiones de su música. Se realizó incluso una película similar en contenido e intenciones años más tarde, “Shock Treatment”, obra del propio O’Brien pero que no gozó del mismo fenómeno, aunque sí es muy apreciada por sus fans. Y se habla de un remake, que sin haberlo visto puedo decir desde ya que es innecesario e inútil.

En definitiva, ¿qué es exactamente RHPS? Pues es más que una simple película. Es todo un espectáculo interactivo, rotundamente freak. Pero no sólo es el fenómeno que lo envuelve. No olvidemos que es una gran película, posiblemente el mejor musical que un servidor ha visto en la vida, y eso que musicales sublimes hay para aburrir. Pero ante todo, RHPS es un sentido homenaje en forma de falsa sátira a todo ese cine tan venerado por muchos pero detestado por otros por su cutrez que conforma el rango de la serie B. Si bien la película comienza de una manera casi lisérgica, alocada, la mecha se va apagando conforme avanza el metraje, y la canción inicial se torna triste en el desenlace. Los labios rojos vuelven a hacer acto de presencia y en la letra, así como en el mismo tono de la música, notamos que no solo ha acabado el espectáculo, sino que ha acabado toda una generación cinematográfica de cine hecho por y para el entretenimiento, generando un profundo sentimiento de nostalgia. Personalmente, el resultado es que tras acabar RHPS fui corriendo a hacerme con “Planeta prohibido”, “Ultimátum a la Tierra”, “El hombre invisible” y todas esas joyas que esta película admira. Y fue cuando entendí aún más por qué O’Brien sintió tal fascinación, y cómo a un verdadero fanático se le pudo ocurrir esta obra de arte que es “The Rocky Horror Picture Show”.
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