Este verano, Sam Raimi volvía a sus orígenes, al terror salpicado por casquería y humor, con “Arrástrame al infierno”. Por ello, creí conveniente dedicar la película de este mes a su opera prima, “Posesión infernal”. O mejor dicho, a la trilogía completa “Evil Dead”. Así que este mes toca ración triple de película. Porque en este caso, tres no son multitud.
Hablar de “Evil Dead” es hablar de mucho más que de su director. De nuevo, tres no son multitud, y la trilogía no sería hoy posible sin la colaboración de dos personas indispensables en su historia. La primera fue el productor Robert Tapert y la segunda el actor Bruce Campbell. El trío de amigos decidió realizar un cortometraje, titulado “Within the woods”, en la cual un grupo de adolescentes bastante descerebrados quedan a merced de algo maligno que habita en el bosque y que irá poseyendo a cada uno de ellos. Con esa pieza de 30 minutos, Raimi se pasó por los despachos de productores de poca monta, con el fin de que le financiaran la versión extendida. Pero nadie apostó por la propuesta.
Los tres d

emostraron una infinita pasión por hacer cine cuando, sin desalentarse ante la negativa de las productoras, reunieron el dinero suficiente –apenas 350000 dólares, parte de los cuales se consiguieron exhibiendo el corto en cines locales- y montaron una productora propia, Renaissance Pictures, Ltd., con la cual realizarían la película de terror gore más salvaje, entretenida y transgresora del género por entonces, la que consiguiera que éste diera un paso adelante. Así que realizaron un casting muy rápido para encontrar a los tres actores restantes –en total serían cinco, pues se recurrió a Campbell y Ellen Sandweiss, protagonistas de “Within the woods”- y ahorrando en equipo técnico lo máximo posible. Si bien los tres amigos figuran como director, productor y actor, sus tareas durante la filmación iban desde labores de montaje y sonido –sostener el micrófono- hasta trabajos de asistencia –llevar cafés, por ejemplo-, pasando por la interpretación, aunque fuera sin frases –los pescadores que se ven al comienzo, por ejemplo, son Raimi y Talpert, y la voz demoníaca que posee a los cuerpos es del primero-. Entre los miembros del equipo se encontraba Joel Coen, ayudante de montaje por entonces de Raimi, el cual hizo un cameo en “Muerte entre las flores” y “El gran

salto”, dirigida por Coen y en la que fue guionista. A su vez, los hermanos Coen escribieron el guión de la segunda película de Raimi, “Ola de crímenes, ola de risas”, y no se puede negar que “Arizona Baby” tiene ramalazos raiminianos, mientras que “Un plan sencillo” recuerda mucho a “Fargo”.
En 1979 comenzaba la filmación, durante la cual se hizo todo lo posible por ahorrar presupuesto. Por ejemplo, si alguno de los actores se ausentaba, lo cual era muy común, se recurría a amigos o parte del equipo para que aparecieran dando la espalda a la cámara en secuencias en las que no era necesario que se les viera

la cara. Esta práctica se usó en el resto de la trilogía, por ejemplo cuando aparece el mismo actor multiplicado varias veces, y recibió el nombre de Fake Shemps. Se rodó en los bosques de Tennessee y en una cabaña abandonada, pero si algo evidencia la falta de dinero es el avance del mal por el bosque. Conscientes de que mostrar al ser maligno físicamente podía no resultar económicamente viable, Raimi y los suyos hicieron de la escasez una virtud y apostaron por una idea acertada y que queda como uno de los momentos álgidos y más reconocibles de “Posesión infernal”: se usó la cámara subjetiva para mostrar el avance del demonio a través del bosque.
Ya desde los primeros minutos de “Posesión infernal” la sensación es de desasosiego, de que algo maligno se avecina. Raimi acierta de lleno con el uso de la cámara, los encuadres, los primerísimos primeros planos y las tomas sobreanguladas. Todo para crear una atmósfera que va enrareciéndose a medida que avanza el metraje. Dos claros ejemplos de atmósfera perfectamente conseguida es la de la cámara siguiendo al coche en su avance por el bosque, coche del propio Raimi y que aparece en todas sus películas, o ese golpear del columpio contra la cabaña que pone los nervios de punta.
En una época en la que el slasher de “La matanza de Texas”, “Halloween” o “Las colinas tienen ojos” era el que imperaba, aparece el 1 de Enero de 1983, tres años y medio después de comenzar el rodaje de 3 meses, una película modesta, esencialmente amateur, deudora directa de todas ellas –de hecho, en el sótano puede verse un cartel del film de Craven -y de algunas otras del género –es imposible no recordar, por el asedio en el interior de una cabaña abandonada en medio del bosque, a “La noche de los mu

ertos vivientes”-, que consiguió precisamente lo que sus creadores buscaban: transgredir el género, llevarlo más allá. Puede que hace 27 años la cinta impactara más que hoy, pero el efecto que provoca incluso hoy en día es más rotundo que las mismas películas de Romero, Craven y Carpenter juntas, a las cuales el tiempo no ha tratado de la misma manera que al filme de Raimi. Incluso me atrevería a asegurar que su mezcla de terror exagerado y salvaje y su humor socarrón –esos demonios que se ríen y juguetean como niños con los vivos en lugar de matarles directamente-, su clara inclinación hacia el splatter más que hacia el simple gore, superan con creces a las de la opera prima de Hooper. Es precisamente su marcado aroma a cine primerizo, pero con mucha imaginación y un dominio de la técnica cinematográfica por parte de Raimi, y esa mezcla de humor y terror –la película asusta realmente, y mucho- que golpea al espectador lo que hace de ella algo único, diferente. De hecho, este cambio entre horror y comedia somete al espectador a tal ataque sensorial que es imposible acomodarse al verla, ante lo cual todos responden con risas como método evasivo.
El presupuesto se fue en el cuidado maquillaje, sobresaliente para los escasos medios con los que contaba. Una clara prueba es el tramo final, en el cual los cuerpos poseídos comienzan a descomponerse en la que es una de las secuencias más desagradables que un serv

idor ha visto en el cine, rodada fotograma a fotograma con plastilina. El broche de oro a esta orgía, premiada por la crítica en Sitges, lo pone la secuencia final, en la cual, cuando creemos que todo ha acabado, la cámara vuelve a avanzar rápidamente por el bosque, atraviesa la cabaña y se abalanza sobre el desprevenido Ash. Una orgía sangrienta –en realidad de sangre blanquecina, hecho a posta para burlar la censura estadounidense a la que podía verse sometida por su exceso de violencia; no obstante, fue censurada en varios países, y lo que vemos hoy en día en DVD es la versión completa- y visceral tremendamente divertida que aguanta indeleble el paso de los años, y que no consiguió una amplia distribución hasta que tuvo como padrino de oro a Stephen King, que la calificó como “¡¡¡La película más ferozmente original de 1982; sin lugar a dudas!!!”. Esto provocó que se recaudaran más de dos millones de dólares, convirtiéndola en un éxito comercial. Lo que llegó después fue una legión de fans que no hizo más que crecer con el paso de los años, y el reconocimiento de su director por buena parte de la crítica.