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viernes, 23 de febrero de 2018

LA CRÍTICA. Lady Bird

Al otro lado de las vías
“Lady Bird” comienza con una secuencia que transcurre con normalidad. Una conversación banal entre una madre castrante y su inconformista hija. Hasta que sucede algo inesperado, algo que el espectador jamás esperaría.

Greta Gerwig parece decir con esta rotunda, desconcertante e hilarante carta de presentación que su historia irá por derroteros de lo más insólitos, que el humor que va a desprender su segundo trabajo tras la cámara va a traspasar las fronteras de lo racional e imaginable. Como su propia protagonista, una rebelde enclaustrada en un mundo en el que el hedonismo es una utopía, en el que lo mejor es que el año en el que se sitúa la acción es un palíndromo.

Pero no, para lo que servía esa escena de apertura era simplemente para presentar la personalidad de su protagonista femenina, y la opresiva presencia de su progenitora, en el Sacramento de comienzos de siglo. Y no hay más. La mejor carta que podía jugar la historia de este pájaro enjaulado que sueña con escapar de un ambiente en el que religión y puritanismo son el pan nuestro de cada día se queda ahí, en unos minutos que prometen mucho, pero que no acaban por dar lo que prometían.


Es una buena película, sí, pero no hay en ella nada tan arriesgado como para justificar sus primeros minutos. El resto discurre convencional, sin demasiado arrojo en la dirección –sí, Gerwig sabe poner la cámara, pero su ojo no se diferencia del de cualquier otro realizador independiente contemporáneo-, y apoyándose en un convincente guión y en la fuerza de dos actrices en estado de gracia como Saoirse Ronan y, especialmente, Laurie Metcalf. Pero sin que ninguna encandile ni destaque especialmente. Y esta última no es la primera vez que afronta un personaje similar y con los mismos tics interpretativos –véase la serie “The Big Bang Theory”.


Así, “Lady Bird” es otra película más, otra de tantas independientes que llegan a nuestras pantallas. Sin nada que destaque en ella. Y si lo hace, es fruto de los tiempos que vivimos. Su poderío reside en un trío de mujeres que, ya sea frente a la cámara o tras el libreto, gobiernan con convicción una propuesta que bien podría haber volado libremente hacia otros derroteros más originales y llamativos, saltando de un coche en marcha durante todo su metraje. Así sí merecería vivir al otro lado de las vías, donde todo es mejor. Gerwig, desgraciadamente, prefiere quedarse en el extremo seguro.

A favor: el guión, la secuencia de apertura y sus dos actrices protagonistas
En contra: tras esa escena inicial, va derivando en algo de lo más convencional y poco arriesgado

Calificación **
Se deja ver

viernes, 2 de febrero de 2018

LA CRÍTICA. Los archivos del Pentágono

El mecánico toque Spielberg
Que una película como ésta llegue a las carteleras en un momento como este no es fruto de mera casualidad. Más allá de cierta sub lectura que pueda extraerse de ella en pos del movimiento feminista que sacude Hollywood recientemente, lo más relevante de lo nuevo de Steven Spielberg es la defensa que hace de la libertad de prensa, enmarcando la trama en un periodo histórico que no dista del que hoy en día se vive en Estados Unidos. Décadas de mentiras por parte del sistema, que culminaron con uno de los episodios más bochornosos protagonizados por un ex presidente, mientras la prensa escrita era obligada a callar o enfrentarse a querellas multimillonarias.

Y que llegue en plena era Trump no es casualidad, es necesario y además es de agradecer. Porque el thriller político de corte periodístico suele dar buenos resultados en pantalla grande si tras la cámara existe un cineasta capaz de otorgar a la interesante historia del dinamismo que la propuesta requiere. En eso, Spielberg es un maestro. “Los archivos del Pentágono”, si algo tiene, es dinamismo, conseguido a base de plantear la historia como si de una trama de espionaje se tratase.


Pero además, como no podía ser de otra manera, es un film de una factura técnica impecable, que la hacen reconocible para los que están familiarizados con la obra del responsable de “La lista de Schindler”. La fotografía de Janusz Kaminski o la banda sonora de John Williams son marcas de identidad del cine de Spielberg, y si a eso unimos a una excepcional pareja protagonista como Tom Hanks y Meryl Streep, el trabajo parece estar ya hecho.


Sin embargo, lo que constituyen puntos positivos para la película, pueden acabar convirtiéndose en no tan positivos si al final la sensación que queda es la de producto mecánico, prefabricado con el toque Spielberg. Porque lo peor de esta etapa que ha emprendido estos últimos diez años es su escasa capacidad para sorprender, para maravillarnos como antaño y mantener su status de creador de sueños en celuloide, de Rey Midas de la Meca del Cine que se ganó a pulso especialmente en los 80 y 90. Da la sensación de que dirige cualquier trabajo que le caiga en las manos, con la eficiencia de un gran artesano, pero sin demasiada alma más allá de una serie de virtudes precocinadas, programadas de antemano para funcionar con la precisión y frialdad de un reloj atómico.

Igual lo peor de acercarse a cada nueva propuesta suya sea esperar eso, que vuelva a sorprendernos, pero es lo menos que se le puede pedir a alguien que nos ha regalado obras tan personales y mágicas como “El imperio del sol” o “El color púrpura”, o ya en este nuevo siglo “Atrápame si puedes” o “Múnich”. Sí, sigue haciendo buenas películas, pero los tiempos en los que nos hacía soñar parecen haber quedado atrás. A ver si lo consigue con su próxima aventura, y conseguimos reconciliarnos con este viejo maestro.

A favor: la pareja protagonista, su dinamismo, y el toque Spielberg
En contra: hace tiempo que ese toque se convirtió en algo mecánico y prefabricado

Calificación ***
Merece la pena 

martes, 23 de enero de 2018

LA CRÍTICA. El instante más oscuro

El héroe de la nación
El biopic. Ese género cinematográfico tan recurrente en el séptimo arte, y también el más fácil de encasillar o enclaustrar dentro de una serie de tópicos. Tópicos que, no siendo manejados con inteligencia, pueden acabar siendo peligrosos para el film en sí. Uno de ellos, el más común, el del tedio, el de hacer un trabajo plomizo en el que cada minuto de metraje pese como una losa. Y el otro, tanto o más peligroso que el anterior, el de caer en el discurso panfletario.

“El instante más oscuro” incurre en ambos. El primero es casi inevitable. Juntemos flema británica, con sus cadencias de ritmo habituales, a un empeño por el dossier de prensa cinematográfico, que no deja lugar para algún instante de complicidad con sus personajes. Y ojo, que tras la cámara está Joe Wright, un especialista en esto de crear personajes empáticos, de lograr instantes de grandilocuente belleza. Ahí están “Orgullo y prejuicio”, “Hanna” o, especialmente, “Expiación” para demostrarlo. Encima es ayudado por la excelente partitura de Dario Marianelli y por un trabajo de fotografía sobresaliente.


Sin embargo, Wright no es aquí más que una marioneta al servicio de su patria. La cinta demuestra carisma, que no personalidad, en la dirección. Se agradecen los planos cortos, los cenitales y los travellings, pero Wright no es aquí más que un documentalista sin alma, totalmente encorsetado por la corrección política que el retrato de su personaje protagonista debe otorgar a su país. Porque “El instante más oscuro” no es más que la disección sesgada de todo un héroe para su nación, centrada más en señalar sus virtudes que sus defectos, más el por qué es una figura importante para la historia que a la persona en sí misma, sin ahondar demasiado en los bochornosos momentos pasados de los que fue partícipe. Y con un sentimiento de lo más patriótico y manipulador, que tiene su mayor apogeo en una escena en el metro que invita a la sonrisa por vergüenza ajena, de esas de exaltación de la bandera nacional.


Aunque este segundo tópico, horriblemente manejado, no empaña su más que evidente necesidad de ensalzar al otro héroe de la función. Gary Oldman está enorme, independientemente de su convincente maquillaje. Ya sabemos que es un pedazo de actor, y que es difícil elegir una interpretación dentro de su trayectoria que no esté al nivel de esta, o que incluso sea superior. Pero aquí es él la mayor parte de la película. Es un vehículo de lucimiento que mejora la cinta en sí. Pero a él le permitimos lucirse de esta manera. Él debería ser el verdadero héroe al que su nación rinda tributo.

A favor: Gary Oldman, inconmensurable, y la correcta dirección, la fotografía y la banda sonora
En contra: esa sensación panfletaria de querer vendernos a un héroe nacional

Calificación **
Se deja ver

viernes, 19 de enero de 2018

LA CRÍTICA. Call me by your name

Ángulos imposiblemente curvos
Tal y como lo describe uno de los personajes del film de Luca Guadagnino, lo que convierte al arte del período helenístico del siglo V en un deleite para la vista es su carácter ambiguo, esos ángulos imposiblemente curvos y músculos firmes que exhiben las esculturas y que invitan al deseo. Una característica que se ha mantenido en el tiempo, y que supone todo un reto para el que las contempla. Un reto por lo prohibido, por descubrir esa sexualidad latente que lucha por no salir a la superficie.

Oliver es como una de esas esculturas helenísticas. Un ser perfecto física, personal e intelectualmente, encarnado con brillantez por un innegablemente atractivo para los sentidos Armie Hammer, que invita al deseo con sólo mirarle. Un hombre que supondrá el paso a la madurez del joven Elio, un magnífico, natural y espontáneo Timothée Chalamet que pese a su reticencia inicial, irá convirtiendo el inicial sentimiento de repulsión y celos ante el nuevo infiltrado en algo de mayor intensidad y peligroso para la época. Porque Oliver, como las esculturas que su personaje tanto admira, es un fruto prohibido en una sociedad que por aquel 1983 seguía sin estar preparada para el amor que presenta esta película.


El trabajo de Guadagnino constituye también una obra de arte en sí misma, en cada uno de sus aspectos. No sólo en la formidable interpretación de su pareja protagonista, sino en las labores de realización, fotografía, guión o banda sonora, por citar algunos de sus puntos fuertes. Pero especialmente, por retratar de una manera exquisita, sincera y con enorme frescura un amor de verano como el que todos hemos vivido alguna vez en nuestras vidas, tanto que no es difícil identificarse con lo que cuenta y cómo lo hace. Un amor con devastadora fecha de caducidad por su naturaleza estival, que en el caso que nos ocupa se torna en una tragedia mayor dada las circunstancias que rodean al relato.


Así, lo que presenta “Call me by your name” es una historia de amor veraniego cargada de sinceridad, sin manierismos más allá de su profundo y marcado carácter europeo, sin rincón para la sensiblería pero sí para la nostalgia. Una de las mejores películas del pasado año, y todo un ejemplo de virtud cinematográfica. Una deliciosa pieza artística repleta de ángulos imposiblemente curvos, que seguramente vivirá eternamente en el tiempo como tal. Lo merece.

A favor: su pareja protagonista, la frescura, sinceridad y exquisitez del relato
En contra: cierta desmesura en su metraje, por decir algo

Calificación ****1/2
Imprescindible

lunes, 15 de enero de 2018

LA CRÍTICA. Tres anuncios en las afueras

En las afueras…
Si por algo se ha caracterizado el cine de Martin McDonagh es por ese corrosivo sentido del humor con el que el director y guionista siembra sus propuestas. Un humor a veces ridículo, a veces muy negro, ya visto con anterioridad en otros directores como Guy Ritchie –el bueno, el de “Lock & Stock” o “Snatch”-, y que le iba como anillo al dedo a las criminales historias que contaba en “Escondidos en Brujas” y “Siete psicópatas”.

“Tres anuncios a las afueras” es la confirmación de que ésa es la impronta del cineasta. Independientemente de la trama que cuente. Porque lo que debería ser un drama o un western contemporáneo seco, al más puro estilo de los hermanos Coen, con la historia de esa madre que la emprende contra las autoridades locales para hacer justicia para con su hija violada y asesinada, se ve impregnado de cotas de humor que bordean el ridículo –esa conversación con las pantuflas-, el humor negrísimo –un oficial escuchando ABBA mientras al fondo se produce una situación trágica-, o sencillamente están fuera de sitio –ese flashback de la hija.


Y aquí está el mayor riesgo que McDonagh asume. Pues lo que tan bien funcionaba en sus dos trabajos previos, aquí puede producir el efecto contrario, el de que el espectador salga continuamente de la cinta y no llegue a empatizar con ella. Pero que esta apreciación, ya personal para cada uno, no lleve a engaño. “Tres anuncios en las afueras” sigue teniendo virtudes que la hacen merecedora de la estampa de buena película. Principalmente su reparto, rubricado con las poderosas interpretaciones de Frances McDormand, Sam Rockwell y Woody Harrelson, en tres roles que representan a esa América profunda, ajena a toda ley del mundo civilizado, donde la única regla es la que hace cada uno por su propia cuenta. Tres personajes, eso sí, marcados por el sello de su creador, que les acerca de vez en cuando peligrosamente a la línea del absurdo y la burla deliberada.


Y por supuesto, tiene momentos de grandeza, especialmente dos que ocurren entre llamas. Momentos a los que también nos había acostumbrado McDonagh anteriormente, de esos que hay que ver con la boca bien abierta. Pero grandes momentos no hacen una gran película, y el resultado es un film irregular, que funciona a ratos, cuando su exacerbado sentido del humor se lo permite. Quizá era su objetivo, que los que comulguen con sus salidas de tono salgan encantados de verla, y que los que no lo consigan se queden precisamente en las afueras. Si es así, objetivo cumplido.

A favor: su trío protagonista, y sus momentos de grandeza entre las llamas
En contra: su peligrosa tendencia hacia la comedia

Calificación ***
Merece la pena

sábado, 11 de noviembre de 2017

AVANCES. Tráiler de "Cortar", el final de la trilogía viva de Fernando Merinero


Tenía una cuenta pendiente. En todos los sentidos. Para con el público. Para con su trilogía. Para con su selfie cinematográfica. Vuelve Fernando Merinero, todo un truhán cinematográfico, a coquetear con su pasado, con su arte, con las mujeres de su vida. “Cortar” es la tercera parte de la trilogía “Las 1001 novias”, de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog.

En este falso documental,  Fernando se prepara emocionalmente para rodar en Gran Canaria su película más íntima, su reencuentro con Magaly. Tras revisar sus mutuas cartas de amor de un tiempo ya lejano, Fernando decide recuperar el macguffin de “Capturar”, y hacerse acompañar hasta Canarias por una novia falsa, por una actriz, para jugar con Magaly al mismo juego que ella utilizó con él veinte años atrás, el del misterio, el de no saber nunca si lo que se dice o hace es cierto o no… Fernando parece querer filmar el dicho ese de que “la venganza es un plato que se sirve frío”, en el mismo escenario que 22 años atrás filmó el arrebato de su pasión, ahora filma el derrumbe de su deseo por Magaly.


“Cortar” supone el culmen de lo que él denomina “películas vivas”. Un trabajo sin la participación de ninguna televisión ni subvenciones públicas, producida por Vendaval Producciones, y vendida internacionalmente por Urban Films S.L., que ya ha cosechado premios en todo el mundo, como el Premio a la Mejor Película Documental en Dada Saheb Film Festival (Delhi, India), además de haber competido en diversos festivales internacionales, como en el Marbella International Film Festival, o el Mediterranean Film Festival de Siracusa, Sicilia (Italia). A mediados de este mes, además, participará en el MUCES (Muestra Cine Europeo de Segovia).

A continuación, el tráiler de este film vivo, que podremos ver en cines a partir del 24 de noviembre.




sábado, 4 de noviembre de 2017

LA CRÍTICA. A Ghost Story

Más allá del amor
“A Ghost Story” comienza con una frase extraída del “A Haunted House” de Virginia Woolf. No deja de ser curioso que en su nuevo trabajo, David Lowery haya decidido parafrasear a la autora británica antes que a la francesa George Sand, que ya definía el olvido como el verdadero sudario de los muertos. Y es curioso porque lo que cubre este relato es un trozo de tela a través del que el protagonista, omnipresente y a la vez ausente en pantalla Casey Affleck, vislumbra el fugaz paso del tiempo y cómo sus seres queridos, especialmente su esposa, van pasando página y dejando atrás el recuerdo de un ser que no será más que eso, un recuerdo sostenido en el tiempo, perdido en el cosmos.

Podríamos verla como un relato de amor y terror cósmico, como un drama con tintes sobrenaturales, o incluso como una versión indie, menos descafeinada y ñoña, de “Ghost”. Como si Patrick Swayze se hubiera encontrado con los fantasmas del “Finisterrae” de Sergio Caballero, unidos al espíritu de Terrence Malick. Pero sería hacerle un flaco favor. Porque más allá de sus posibles referencias, más allá de esa manía de etiquetarlo y clasificarlo todo que tenemos a la hora de juzgar un trabajo, “A Ghost Story” debería ser apreciada a nivel temático como lo que es, un relato metafísico sobre la pérdida, sobre la ausencia y el luto. Posiblemente, el cuento sobre el olvido más desgarrador y terrorífico, por la impotencia que provoca en el espectador y la idea de que el más allá consiste en una vida carente de interacción con otros seres humanos, desde la animada “Arrugas”.


Lowery, que huye de encargos disneyanos para hacer algo más personal y profundo, y quizá su mejor obra hasta la fecha, encorseta la narración de manera sabia a través del ajustado metraje y el formato, como si de unas diapositivas o un vídeo casero Súper 8 se tratase. Lo que resulta es un desconcertante experimento no exento de ambición, de ritmo pausado pero hipnótico, que va más allá del espacio, el tiempo y el amor, beneficiado también por el excelente y escueto trabajo de Rooney Mara.


Una película de pocas palabras en la que precisamente la escena con más diálogo resume las intenciones del director. En ella, un invitado a una fiesta divaga sobre la persistencia de la memoria. Sobre cómo los hijos recuerdan a sus padres, sobre cómo el arte, como la sinfonía de Beethoven, perdura en el tiempo. Y lo hace encantado de escucharse a sí mismo, rodeado de atentos oyentes, como si sus palabras fueran también a perdurar. De nada sirve, porque nada dura para siempre, nada resiste el inexorable paso del tiempo. El ser humano está condenado a ser olvidado. Y eso da auténtico miedo.

A favor: el retrato que hace del olvido, y el desconcertante tono y formato de la propuesta
En contra: que más de uno se quede en las meras comparaciones

Calificación ****
No se la pierda 

jueves, 26 de octubre de 2017

LA CRÍTICA. The Meyerowitz Stories (New and Selected)

Errores de nuestros padres
Somos consecuencia, directa o indirecta, de los errores de nuestros padres. Sí, también de sus aciertos, pero son sus errores los que nos acompañarán durante toda nuestra vida, los que recordaremos cuando echemos la vista atrás y recordemos una infancia marcada por unos progenitores que han proyectado sobre nosotros sus frustraciones, sus fracasos, sus malas maneras y desprecios. Porque es más fácil que lo malo perdure en nuestra memoria.

Noah Baumbach lo sabe de sobra. Lo ha explotado anteriormente en su filmografía. Es un analista de las relaciones paterno filiales inconexas, del conflicto intergeneracional que se produce cuando un hijo comienza a recordar cómo le criaban sus padres. “The Meyerowitz Stories (New and selected)” es, ante todo, su nuevo recital cinematográfico sobre esta temática. Como dice su subtítulo original entre paréntesis, una colección de historias seleccionadas en base a lo que los padres quieren que sus hijos vean en ellos, y de las que los hijos se cuentan a sí mismos y entre sus hermanos para no enfrentarse a esa tan temida figura patriarcal.


Es quizá la que nos ocupa una de las mejores propuestas de su realizador en los poco más de veinte años que lleva deleitándonos con sus relatos. Y lo es porque se aleja de la ampulosidad de algunos laureados trabajos recientes para volver a ese encanto que destilaban sus primeros trabajos, con “Kicking and Screaming” y, especialmente, la maravillosa “Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale)” a la cabeza, pero con la madurez que ya lleva acumulada a sus espaldas.

Encanto en su formidable y afilado guión, en su sencilla pero efectiva puesta en escena, que desprende puro calor otoñal, y, por supuesto, en un reparto en estado de gracia, donde lo más llamativo quizá sea ver a Adam Sandler sin caer en ese ridículo al que nos tiene acostumbrados. No es que esté mejor que Ben Stiller, por ejemplo, ambos están muy notables, pero lleva tantos años protagonizando películas de calidad más bien discutible, que este acercamiento al drama con tintes de comedia es más que agradecido.


Pero si alguien destaca en el elenco es el maestro. Dustin Hoffman ofrece la presencia y el saber estar ante la cámara que solamente uno de los grandes es capaz de conseguir. Suyos son los mejores y más resaltables momentos de esta recomendable y amena cinta, que solo parece flaquear hacia el desenlace, cuando da la sensación de que Baumbach no sabe cómo rematar su relato. Él es esa figura paterna que todo lo impone, que está por encima del bien y del mal, y cuyos errores han marcado para siempre las vidas de sus hijos. Tomad nota, padres.

A favor: el reparto, especialmente Dustin Hoffman, y la alegría de recuperar al Baumbach de sus comienzos.
En contra: Baumbach parece no saber cómo rematar la historia

Calificación ****
No se la pierda

lunes, 31 de julio de 2017

LA CRÍTICA. Dunkerque

El infalible pulso del relojero
Siempre se ha dicho de Stanley Kubrick que era un director frío, en el sentido de que no retrataba emociones, sino al ser humano desde una distancia prudente, sin tomar parte en sus actos ni juzgarle. También frío en el sentido de que era un cineasta meticuloso, calculador, provisto de una capacidad matemática para dibujar planos en su mente y luego convertirlos en obras de arte en celuloide.

Por supuesto, Christopher Nolan no es Stanley Kubrick, por mucho que más de uno se empeñe en establecer comparativas. Nolan –pero no tanto Chris, sino su hermano Jonathan- es mucho más explicativo en sus guiones, hace mayores concesiones hacia el espectador pese a la complejidad con que se presentan sus tramas. Y Nolan no ha inventado el cine, como tampoco lo hizo Kubrick, pero sí es cierto que este último ayudó con toda su filmografía, repleta de obras maestras, a escribir una página personal dentro del séptimo arte, una que nadie había escrito hasta entonces.


El tiempo dirá qué sitio merece el director de “Memento” en esto de contar historias en imágenes, pero sí que podría decirse que con “Dunkerque” está más cerca del responsable de “La naranja mecánica” de lo que lo ha estado nunca. Porque Nolan es como un relojero. Preciso, calculador, milimétrico en la concepción de sus planos, en la puesta en escena, en los actos de unos personajes a los que no sentencia ni respalda. No hace prisioneros. No le interesa mostrar al enemigo. Ni siquiera hay sangre. Solamente hay hombres tratando de sobrevivir, con los minutos contados.


El tiempo es la mejor arma de “Dunkerque”. El director cuenta una historia de lo más sencilla con una estructura de lo más compleja, haciendo que las horas duren días, que los días duren semanas. Que el espectador sienta el desasosiego y la tensión del campo de batalla. Que cuente el tiempo como lo harían los soldados en esa playa de la que es imposible escapar, que sienta la amenaza del sonido de los aviones enemigos acercándose desde lo lejos, que surque tierra, mar y aire sin apenas un momento para la esperanza.

No, señores. Nolan no ha inventado esto del cine, pero bien que maneja los recursos cinematográficos como pocos, y éste es su mejor trabajo de dirección hasta ahora. Bien que sabe medir los tiempos de la excelente partitura de Hans Zimmer, bien que sabe alejarse de su formidable elenco de actores para que empaticemos con ellos lo justo como para no llegar a sentir que son los héroes de la historia, bien que maneja la puesta en escena, el sonido y la fotografía para meternos de lleno en la batalla, para que sintamos el vértigo del fuego aéreo enemigo, para que olamos el crudo y la brisa marina que rodea a un barco que naufraga, para que mordamos la arena de esa maldita playa.


Y por supuesto, no habrá inventado esto del cine bélico, pero con “Dunkerque” trasciende el género para llevarlo más allá, usándolo como excusa para abordar otro más grande. Esto viene a ser para el bélico lo que “El caballero oscuro” para el cine de superhéroes, un thriller repleto de suspense y tensión fabricado con el infalible pulso de uno de los mejores relojeros cinematográficos de lo que llevamos de siglo. 

A favor: su estructura temporal, y que es el trabajo más impecable de Nolan a nivel de dirección
En contra: su extrema frialdad, que puede dejar fuera de juego a más de uno

Calificación ****1/2
No se la pierda

viernes, 30 de junio de 2017

LA CRÍTICA. Okja

El eslabón más débil
Bong Joon- ho sabe que, como la famosa y salvaje distopía orwelliana ya anunciaba, la sociedad capitalista -o la comunista, tanto da- se sustenta sobre el trabajo de los eslabones más débiles de la cadena, mientras beben y comen como cerdos jactándose de sus logros. El cineasta surcoreano edificaba su alegoría social en forma de tren en el que cada vagón albergaba un estrato diferente de dicha sociedad, y en la que sus motores se saciaban con el trabajo de una clase obrera alimentada a base de insectos que vivía en una mentira, mientras la maquinaría avanzaba sin control y sin destino. 

Su nuevo proyecto, el más pequeño en apariencia y a la vez enorme de toda su filmografía -enorme por su presupuesto, pequeño por el hecho de estar producido para Netflix-, vuelve a reincidir en esta idea. Por supuesto, con la marca de la casa. Con esa imposible mezcla de géneros que acuña en cada nuevo trabajo -desde el romántico hasta el terror, pasando por la comedia, el drama o la ciencia-ficción-, su comedida manera de suministrar dosis de espectáculo al espectador, o ese aspecto de cine inocentón y estrafalario que encierra una poderosa crítica social.


“Okja”, más allá de la polémica que ha rodeado su existencia desde su paso en Cannes, que le ha dado más protagonismo e importancia de la que realmente tiene, es un nuevo paso en ese cine comprometido que Ho esgrime desde sus comienzos, el que tras una apariencia en este caso infantilizada y extravagante -tanto como la interpretación de la formidable Tilda Swinton- ofrece una siniestra y cruda visión de la sociedad de consumo en general y de la industria de consumo cárnica en particular, de la política del miedo como arma auspiciada por la ignorancia de la plebe, del papel del ser humano en la cadena alimenticia como especie autoproclamada dominante.

Un film tan mágico y bonito en su planteamiento -apoyado por una maravillosa fotografía, puesta en escena y banda sonora- que podría ser tomado como un erróneo producto para todos los públicos, cuando en realidad está enfocado más para el sector adulto, ese que sabe, o cree saber, cómo funcionan las cosas, y que tiene precisamente en todo el revuelo que ha levantado y en su propia extravagancia su talón de Aquiles, por aquello de las expectativas y por no ser una película para todos los gustos.


No es ésta la mejor cinta de su creador. Para eso está aquella estupenda “The Host”, que ya articulaba su moraleja contra las grandes corporaciones en forma de enorme monstruo con corazoncito. Pero sí que la historia del enorme cerdo que salvará al mundo de la inanición y su relación con la pequeña que le ha visto crecer cala en el corazón del espectador, a la vez que nos define como la especie más puñetera y ruin del planeta. La que es capaz de las mayores atrocidades. La que realmente conforma el eslabón más débil, aunque algunos sigan empeñándose en verlo del modo contrario.

A favor: pese a su grandeza, la humilde mano de su responsable sigue ahí
En contra: la polémica y su extravagancia pueden desviar a más de uno de su verdadero cometido

Calificación ****
No se la pierda

lunes, 6 de marzo de 2017

LA CRÍTICA. Logan

No más revólveres en el valle
Hay quien aún está convencido, de manera totalmente errónea, de que el cine de superhéroes no debe ni puede ser tomado en serio, que siguen siendo productos destinados al consumo familiar, al blockbuster de manual para alimentar a los niños y a los geeks de turno. Por mucho que los Nolan o Snyder demuestren reiteradamente lo contrario.

“Logan” es un puñetazo en la mesa para todos esos que menosprecian una vertiente moderna del séptimo arte que ha acabado erigiéndose como género en sí mismo. Es un zarpazo con unas garras de adamantium en la yugular de esa panda de eruditos insolentes que no ven en este tipo de productos algo más que una manera de hacer caja. Algo que, así y todo, siguen constituyendo.

James Mangold mima hasta el extremo la realización y los propósitos narrativos de su nueva mutación, como el excelente artesano que es, y lo que resulta es una cinta que viene a desafiar de manera descarada todos los mecanismos que definen al cine de superhéroes. No solamente por su ingente cantidad de violencia –aviso, esto no es un film para ver en familia- física y verbal, sino por un tono que bascula sin despeinarse y sin miedo al qué dirán entre el western post apocalíptico y el drama intimista, en el que Mangold radiografía a su antihéroe y su universo con la precisión del que conoce el material que tiene entre manos y a sus personajes como si los hubiera parido él mismo. Sin dejar de lado el espectáculo y la acción, por supuesto.


Por el camino se resiente cierto exceso de metraje, pero también se agradece que no siga esa molesta y dañina tendencia marvelita disneyiana de cercenar la capacidad narrativa de sus cineastas en aras de un plan mayor que la película en sí misma. “Logan” es dura, violenta, sangrienta, madura, crepuscular, personal… Es mucho más que cine de superhéroes. Es el triunfo de este último y su asentamiento definitivo dentro del cine de mayor calibre. Es lo que merecía el ocaso de uno de los personajes más carismáticos y atractivos de la factoría, encarnado magistralmente por un Hugh Jackman al que echaremos de menos a partir de ahora si decide finalmente colgar las garras. Un desenlace que se atreve incluso a cuestionar las bases de las aventuras gráficas de los X-Men. Esto es el mundo real. Aquí las personas mueren. Ya no hay sitio para los chistes facilones y las historias edulcoradas. Éste es el final que merecía Lobezno. Ya no habrá más revólveres en el valle.


A favor: su tono crepuscular, que prevalece sobre el espectáculo y desafía los convencionalismos del cine de superhéroes
En contra: cierto exceso de metraje

Calificación ****
No se la pierda

viernes, 10 de febrero de 2017

LA CRÍTICA. Moonlight

Little. Chiron. Black
Vamos a admitirlo. Sin tapujos. Vivimos en un mundo cargado de odio, de ira y desconfianza hacia lo que se nos ha impuesto moralmente como “normal”. Y convivimos con ese odio cada día. El que nos inculcan en nuestro entorno, ése en el que homofobia, sexismo o racismo se dan peligrosamente la mano. Ése en el que las palabras “marica” o “negro” son usadas como adjetivos descalificativos.

Barry Jenkins juega hábilmente a intercambiar los roles que muchos de manera inconsciente tenemos ya preestablecidos en nuestras mentes, centrando parte de la acción en la Miami afroamericana de los 80, en una época y un lugar en los que no conjuga nada bien el hecho de ser negro y homosexual. Y el pequeño Chiron vive en ese mundo. Un mundo que, no obstante, no dista en espacio ni en tiempo de ninguna otra región del planeta.

Porque pese a que estamos ante una de las cintas más valientes del año, precisamente por azotar nuestras consciencias con una a priori imposible subversión de estereotipos, su discurso no deja de ser extrapolable a otros momentos y lugares. Y es ahí donde su mensaje sobre la búsqueda de la identidad personal en ambientes no demasiado propicios para ello cobra su mayor fuerza, y es esto lo que posiblemente le haya valido el título de ser una de las mejores propuestas del pasado año.


En lo estrictamente cinematográfico, nada se le puede reprochar a Jenkins. Su trabajo está muy bien hecho. Excelente fotografía, muy buena banda sonora, y un reparto en estado de gracia, donde destacan quizá las tres versiones temporales del personaje protagonista, y no aquellos que finalmente han logrado su nominación al Oscar. En lo meramente conceptual y narrativo es donde su película se resiente. Para quien esto escribe, la fuerza de su relato va en caída libre conforme avanza cada uno de los tres segmentos en los que se divide. Fascina cómo se presenta la problemática del film en la versión del pequeño Chiron, pero esa fascinación se atenúa cuando la temática se desarrolla en su etapa adolescente, y acaba perdiéndose en ese “positivo” acto final cuyo avance es lógico para la historia que cuenta, pero que implica un cambio tonal demasiado acuciado que rompe la estructura natural de la narración.


Pero tampoco es que esto empañe demasiado a “Moonlight”. Simplemente, en conjunto, encaja dentro de la media de títulos nominados al Oscar este año, la cual tampoco es que sea demasiado elevada. Sin embargo, lo que es remarcable en ella no es tanto el hecho de que parezca una mezcla afroamericana entre “Boyhood” y “Brokeback Mountain” en versión afroamericana, sino que rompe tabúes en una sociedad que lo necesita con urgencia. Da igual que estemos en pleno siglo XXI. Nada nos diferencia aún de esa Florida de hace treinta años. El marica sigue siendo marica, y el negro sigue siendo negro. Y el pequeño Chiron, aunque ahora sea Black, seguirá siendo el pequeño Chiron, y seguirá atrapado en el tiempo.

A favor: la fotografía, la dirección, la banda sonora y el reparto, y cómo juega a subvertir los roles preestablecidos
En contra: que el relato pierda fuerza e interés conforme avance

Calificación ***1/2
Merece mucho la pena
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