Creer para ver
En la emblemática escena inicial de la no menos memorable epopeya anti-belicista “La delgada línea roja”, el soldado Witt (Jim Caviezel) le decía al escéptico sargento Welsh (Sean Penn) que había visto otro mundo mejor que este, un paraíso terrenal que a veces sospechaba que era producto de su imaginación. No andaba desencaminado el combatiente. Justo al final de la película, Witt entendió que el paraíso existía, pero solamente en su interior, y se abandonaba a su destino en una de las muertes mejor filmadas de la historia del cine. Era la batalla entre la ciencia y la fe, entre la naturaleza y la gloria, entre los que quieren buscar respuestas y los que saben que estas llegan en forma de epifanía, como pistas aparentemente inconexas que juntas componen una revelación ulterior.
Escribir en pocas palabras las sensaciones que despierta “El árbol de la vida” no es fácil. Estamos ante una obra tan compleja, y posiblemente la más completa de la filmografía de su director, que no la mejor, que requeriría páginas y páginas de profundo análisis. El film recoge, como en trabajos anteriores, el amor por la vida, la naturaleza, todo lo que nos rodea, expresado en unas imágenes de incalculable belleza y unos personajes que hacen manifiestas sus tribulaciones. Y sobre todo, un trabajo con mucho amor, el motor que todo lo mueve e impulsa la vida en el universo.
La mejor manera de definir la película es precisamente mediante sensaciones. Exige una predisposición por parte del espectador tal que la mejor manera de disfrutarla es dejarse llevar por ella, más que tratar de entenderla del todo. El cine de Terrence Malick exige creer para ver, y no ver para creer, y sólo aquellos que logren este objetivo podrán gozar de toda su magnificencia. No es una cuestión de inteligencia, y esto debe quedar bien claro, sino de sensibilidad, de creencias, de fe.
El libro de Job sirve de leit motiv para toda la cinta. Los personajes se preguntan constantemente “¿Dónde está Dios, por qué nos ha abandonado y nos deja sufrir tanto si somos tan buenos y trabajadores, mientras los malvados y ociosos llegan a lo más alto?” La respuesta a tan trascendentales cuestiones se recoge precisamente en esa parábola del hombre justo y bondadoso que no sufre más que desdichas. “¿Dónde estabas tú cuando yo ponía los cimientos de la tierra?” responde el Señor. En este sentido, puede parecer que nos ha dejado a nuestra suerte. Pero el Dios de Malick está presente en esa cámara que planea alrededor de los protagonistas como si del viento se tratara, está presente en los árboles que echan sus raíces tan profundas como para aguantar el paso del tiempo, y está presente, como descubriría el propio soldado Witt, en todos nosotros, y en definitiva en todo lo que nos rodea.
Por supuesto, el film no está exento de limitaciones. Malick tiene la osadía de plantar, a poco de comenzar el metraje, las imágenes más hipnóticas que un servidor recuerda desde “2001: Una odisea del espacio”, y que harían que el mismísimo Kubrick se levantara a aplaudir. Una sucesión de secuencias poéticas de una majestuosidad y belleza indescriptibles, donde el realizador, casi a modo documental y apoyándose en la “Lacrimosa” de Zbigniew Presiner, hace un recorrido de casi veinte minutos por la historia del mundo, desde el Big Bang hasta la extinción de los dinosaurios, abarcando aspectos tales como la compasión, el amor y el milagro de la vida, tan antiguos como el mismo universo y las sensaciones que experimentamos. Éste es el tramo menos llevadero de la propuesta, el que podría hacer que muchos abandonaran la sala, y el que deja claro que no estamos ante un film para todos los gustos.
Pero donde pone toda la carne en el asador, y sale victorioso, es en ese microcosmos que compone la familia norteamericana de los años cincuenta protagonista, marcada por la figura de un padre autoritario –soberbio Brad Pitt- y una figura maternal compasiva –formidable Jessica Chastain- que encarnan la cara y la cruz del amor, y unos hijos, especialmente el mayor –encarnado en el futuro por un desubicado Sean Penn embutido en un mundo de muros de cristal sin alma-, que más que odiar o amar a su padre deberá desafiarle y aprender a derribarle. Unos personajes que lanzan al cielo la pregunta “¿Por qué?” sin saber que la respuesta está en su propio entorno y que ha sido así desde el comienzo de los tiempos, en la forma de una madre naturaleza que permanece constante al paso de los años, testigo de los designios de cada especie que ha habitado su superficie. En este sentido, filma el nacimiento de un ser humano y su muerte con la misma sensibilidad e importancia con que retrata el surgimiento y ocaso de una gran estrella.
El cineasta se guarda el acto menos original para el desenlace, ese en que nos sirve su propio paraíso como un lugar en que vivos y muertos se perdonan y avanzan juntos, tal y como hacían los personajes perdidos de esa gran serie llamada “Lost”, en un desenlace que no fue del gusto de todos. Una visión del cielo tan evidente que choca con el juego de sutilezas y dobles lecturas de todo el conjunto, una exquisitez para paladares selectos en la que Malick levanta su propia iglesia ayudado por la excelsa fotografía de Emmanuel Lubezki, la evocadora banda sonora de Alexandre Desplat y una magnífica selección de música clásica, y donde ciencia, fe, naturaleza, buenos y malos, se dan la mano. Porque todos están conectados, y todos forman parte de lo mismo. Ha sido así siempre, y así seguirá siendo.
A favor: la parte terrenal de la cinta, y unas imágenes de lo más estimulantes
En contra: un Sean Penn un tanto desubicado y el acto final
Valoración: ****