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viernes, 2 de febrero de 2018

LA CRÍTICA. Los archivos del Pentágono

El mecánico toque Spielberg
Que una película como ésta llegue a las carteleras en un momento como este no es fruto de mera casualidad. Más allá de cierta sub lectura que pueda extraerse de ella en pos del movimiento feminista que sacude Hollywood recientemente, lo más relevante de lo nuevo de Steven Spielberg es la defensa que hace de la libertad de prensa, enmarcando la trama en un periodo histórico que no dista del que hoy en día se vive en Estados Unidos. Décadas de mentiras por parte del sistema, que culminaron con uno de los episodios más bochornosos protagonizados por un ex presidente, mientras la prensa escrita era obligada a callar o enfrentarse a querellas multimillonarias.

Y que llegue en plena era Trump no es casualidad, es necesario y además es de agradecer. Porque el thriller político de corte periodístico suele dar buenos resultados en pantalla grande si tras la cámara existe un cineasta capaz de otorgar a la interesante historia del dinamismo que la propuesta requiere. En eso, Spielberg es un maestro. “Los archivos del Pentágono”, si algo tiene, es dinamismo, conseguido a base de plantear la historia como si de una trama de espionaje se tratase.


Pero además, como no podía ser de otra manera, es un film de una factura técnica impecable, que la hacen reconocible para los que están familiarizados con la obra del responsable de “La lista de Schindler”. La fotografía de Janusz Kaminski o la banda sonora de John Williams son marcas de identidad del cine de Spielberg, y si a eso unimos a una excepcional pareja protagonista como Tom Hanks y Meryl Streep, el trabajo parece estar ya hecho.


Sin embargo, lo que constituyen puntos positivos para la película, pueden acabar convirtiéndose en no tan positivos si al final la sensación que queda es la de producto mecánico, prefabricado con el toque Spielberg. Porque lo peor de esta etapa que ha emprendido estos últimos diez años es su escasa capacidad para sorprender, para maravillarnos como antaño y mantener su status de creador de sueños en celuloide, de Rey Midas de la Meca del Cine que se ganó a pulso especialmente en los 80 y 90. Da la sensación de que dirige cualquier trabajo que le caiga en las manos, con la eficiencia de un gran artesano, pero sin demasiada alma más allá de una serie de virtudes precocinadas, programadas de antemano para funcionar con la precisión y frialdad de un reloj atómico.

Igual lo peor de acercarse a cada nueva propuesta suya sea esperar eso, que vuelva a sorprendernos, pero es lo menos que se le puede pedir a alguien que nos ha regalado obras tan personales y mágicas como “El imperio del sol” o “El color púrpura”, o ya en este nuevo siglo “Atrápame si puedes” o “Múnich”. Sí, sigue haciendo buenas películas, pero los tiempos en los que nos hacía soñar parecen haber quedado atrás. A ver si lo consigue con su próxima aventura, y conseguimos reconciliarnos con este viejo maestro.

A favor: la pareja protagonista, su dinamismo, y el toque Spielberg
En contra: hace tiempo que ese toque se convirtió en algo mecánico y prefabricado

Calificación ***
Merece la pena 

viernes, 22 de diciembre de 2017

LA CRÍTICA. Bright

Cuentos del gueto
Quizá lo más destacable de esta última etapa en la filmografía de David Ayer, la más comercial de toda su carrera, sea lo bien que ha adaptado el estadounidense sus relatos urbanos al cine mainstream. Ya fuera en formato bélico, llevando un cómic a la gran pantalla con más o menos fortuna, o en el caso que nos ocupa, un cuento del gueto donde coexisten humanos, hadas, elfos, orcos y demás criaturas fantásticas.

“Bright”, si de algo puede presumir, es de ser cien por cien de su director. Para bien o para mal. Ayer no se deja seducir por la parte fantástica y mágica de su cuento, y de nuevo hace imperar las balas, la sangre y la violencia sobre los hechizos. Y en ese sentido, no sabría decir si es el cineasta el que se adapta al cine comercial, o es que logra adaptar los cánones del blockbuster a su urbana manera de entender esto del séptimo arte.

Sea como fuere, podríamos estar ante la cinta más libre de ataduras del responsable de “Sabotaje”. Y en eso se nota que, pese a tener alma de blockbuster, tras “Bright” está Netflix. No evidenciamos aquí los tijeretazos ni imposiciones a las que se vio sometido con “Suicide Squad”, lo cual la haría de entrada posicionarse por encima de la fallida película de DC. Pero eso no significa que la libre de defectos. Porque lo que no consigue conciliar de manera consistente este trabajo es el tipo de thriller de acción típico del cine de Ayer con los chascarrillos de su estrella, un Will Smith que interpreta por enésima vez el personaje de agente al margen de todo embrollo social, que acaba implicado sin quererlo en una causa mayor que pondrá a prueba su tolerancia.


Pero más allá de eso, su gran problema es que esto ya lo hemos visto antes. Concretamente, en algún film anterior de Ayer como “Sin tregua”. Es como coger la cinta protagonizada por Jake Gyllenhaal y Michael Peña y añadirle un poco de “Alien Nation”, pero en clave Tolkien. Y su desarrollo no es que mejore el conjunto. En qué deriva la historia es de lo más convencional y tópico, de lo más predecible, y ni el buen hacer de un monstruo de la interpretación como Joel Edgerton –da igual que lleve una formidable capa de maquillaje, lo sigue bordando- puede tapar esto.


Pero así y todo, “Bright” no deja de ser un entretenimiento. Uno que cumple precisamente con ese cometido, ser un divertimento pasajero que no pasará por ser lo mejor de su director. Dudo que lo pretenda. Ni que pretenda contener ningún tipo de crítica social en forma de distopía racial. A Ayer le vale con hacer un producto que cumpla con los mandamientos del cine comercial, sin ir más allá. Pasándolo por su filtro, eso sí. Lo demás, lo que pueda desprenderse de ella, está de más. Las varitas mágicas no existen. Lo que quedan son los tiros y las explosiones. A la mierda la magia.

A favor: Joel Edgerton, y David Ayer llevando a su terreno la historia
En contra: esto ya lo hemos visto antes

Calificación ***
Merece la pena

miércoles, 4 de octubre de 2017

LA CRÍTICA. El juego de Gerald

Eres más pequeño de lo que recordaba
No es fácil escribir sobre un film como “El juego de Gerald”. No lo es por su proximidad con la exitosa “It” de Andy Muschietti, una cinta que reúne todas las constantes de la obra de Stephen King como pocas producciones hollywoodienses hasta ahora. Y no hablo de su proximidad temporal, en un año que está siendo todo un trampolín para el reconocimiento del escritor de “El resplandor” o “Misery”. Como si lo necesitase a estas alturas.

No es fácil escribir sobre ella porque es muy sencillo caer en la repetición. “El juego de Gerald” plantea una trama de lo más enfermiza, pero sustentándose en una premisa de lo más realista. Porque lo que en ella ocurre, podría ocurrirle a cualquiera. Un matrimonio va a una casa apartada en el bosque, dispuestos a explorar nuevos horizontes sexuales que aviven la llama de la relación. Él propone un juego de sumisión que pasa por esposarla a ella. Pero tras un ataque al corazón de su cónyuge, ella queda esposada a esa cama, a expensas de que el tiempo dictamine su destino. Nadie pasará por allí para ayudarla. Está alejada del mundo, a solas con un cadáver y sus pensamientos. El suspense está servido.


Sobre este planteamiento, lo que tenemos es una historia que reincide en la idea de los miedos originados a temprana edad fruto de un trauma. Es decir, una idea recurrente en la obra de King que aquí no tiene forma de payaso, sino de todos esos hombres que han condicionado la vida de su protagonista. Un miedo que paraliza, que bloquea, y que es más importante que el hecho de salir con vida de esa cama reconvertida en inminente ataúd.

Y pese a la repetición en parte de la temática, que podría sonar a ya vista, y a la condición de telefilme en potencia que podría desprender un producto de estas características, especialmente dada su procedencia digital, Mike Flanagan logra un ejercicio interesante, vibrante e intrigante, que unifica a la perfección el mensaje que hay bajo su superficie con los momentos de angustia y desesperación que su protagonista vivirá a lo largo del metraje.


Un personaje principal encarnado con solvencia y convicción por una portentosa Carla Gugino, que ayuda a la credibilidad de lo que vemos en pantalla, por muy rocambolesco e insano que nos parezca. Suyo es buena parte del mérito de que “El juego de Gerald” funcione tan bien. Ella y el hecho de que es mejor no acercarse al film esperando encontrarse con un mero ejercicio de suspense. Hay mucho donde rascar en el relato, y la disección que propone Flanagan está a otro nivel. El de la parálisis emocional provocada por el miedo, que nos hace esposarnos a nosotros mismos. Un miedo que, en más de una ocasión, es más pequeño de lo que recordamos.

A favor: la solvencia de Carla Gugino ante la cámara, de Mike Flanagan tras ella, y del relato y el mensaje que cuenta
En contra: habrá quien acuda a ella esperando un mero ejercicio de suspense

Calificación ****
No se la pierda

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA CRÍTICA. Llega de noche

En el fin del mundo
El cine de terror, como los fantasmas de Guillermo del Toro en “El espinazo del diablo”, es un evento condenado a repetirse una y otra vez, a reformular viejas constantes y clichés en una mezcolanza que puede hacer parecer a las nuevas propuestas originales y rompedoras.

Esta constante universal cinematográfica, aceptada y digerida por los fans del género como imprescindible y casi inevitable, no es nada en comparación con la tendencia actual de vender los productos como algo que no son. Filmes como “Get Out”, “The Witch” o “Babadook” son buena prueba de ello, de títulos promocionados como novedosos y transgresores, pero además como cine de terror más convencional, algo que desde luego no constituyen. El que se acerca a ellas como el que se aproxima a “The Conjuring” comete un grave error, para entendernos.

 “Llega de noche”, segundo largo escrito y dirigido por Trey Edward Shults, es quizá el caso más extremo de esta publicidad peligrosa que nos hemos podido encontrar en los últimos tiempos. Porque si bien, pese a quien le pese, los casos expuestos anteriormente corresponden al cine de terror, por mucho que sus detractores aseguren que no debido a unas falsas expectativas no cubiertas, en el que nos ocupa la línea que transita va más enfocada hacia el drama y thriller rurales con leves tintes post apocalípticos, muy en la línea de “Infected” o “The Road”.


Y es una lástima que más de un espectador se sienta defraudado si se deja llevar por sus tráilers o por lo que se comenta en las redes sobre ella, porque no podrá disfrutar del tempo que el director imprime a la narración, entre tenso y pausado, de su uso de los sonidos y la banda sonora para crear ambiente, de la atmósfera opresiva que encierra un relato cuyo guión vale más por lo que no dice que por lo que realmente cuenta, del inteligente uso de un sencillo recurso cinematográfico que obliga a reflexionar sobre su desarrollo y en especial sobre su desenlace, y de un reparto plenamente convincente en el que destacan ese todoterreno llamado Joel Edgerton y el joven Kelvin Harrison Jr., auténtico motor de la trama.


Pero sobre todo, porque no podrá disfrutar del verdadero leit motiv de la película, que no es otro que ofrecer un retrato de esa especie tan temerosa de lo desconocido, tan proclive a crear barreras ante lo que viene de fuera. Ante todo aquello que no solamente llega de noche, sino que intenta refugiarse y sobrevivir en el fin del mundo.

A favor: su inteligente narrativa, su ambigüedad y su discurso
En contra: que haya quien se acerque a ella esperando un film de terror convencional

Calificación ***1/2
Merece mucho la pena

lunes, 31 de julio de 2017

LA CRÍTICA. Dunkerque

El infalible pulso del relojero
Siempre se ha dicho de Stanley Kubrick que era un director frío, en el sentido de que no retrataba emociones, sino al ser humano desde una distancia prudente, sin tomar parte en sus actos ni juzgarle. También frío en el sentido de que era un cineasta meticuloso, calculador, provisto de una capacidad matemática para dibujar planos en su mente y luego convertirlos en obras de arte en celuloide.

Por supuesto, Christopher Nolan no es Stanley Kubrick, por mucho que más de uno se empeñe en establecer comparativas. Nolan –pero no tanto Chris, sino su hermano Jonathan- es mucho más explicativo en sus guiones, hace mayores concesiones hacia el espectador pese a la complejidad con que se presentan sus tramas. Y Nolan no ha inventado el cine, como tampoco lo hizo Kubrick, pero sí es cierto que este último ayudó con toda su filmografía, repleta de obras maestras, a escribir una página personal dentro del séptimo arte, una que nadie había escrito hasta entonces.


El tiempo dirá qué sitio merece el director de “Memento” en esto de contar historias en imágenes, pero sí que podría decirse que con “Dunkerque” está más cerca del responsable de “La naranja mecánica” de lo que lo ha estado nunca. Porque Nolan es como un relojero. Preciso, calculador, milimétrico en la concepción de sus planos, en la puesta en escena, en los actos de unos personajes a los que no sentencia ni respalda. No hace prisioneros. No le interesa mostrar al enemigo. Ni siquiera hay sangre. Solamente hay hombres tratando de sobrevivir, con los minutos contados.


El tiempo es la mejor arma de “Dunkerque”. El director cuenta una historia de lo más sencilla con una estructura de lo más compleja, haciendo que las horas duren días, que los días duren semanas. Que el espectador sienta el desasosiego y la tensión del campo de batalla. Que cuente el tiempo como lo harían los soldados en esa playa de la que es imposible escapar, que sienta la amenaza del sonido de los aviones enemigos acercándose desde lo lejos, que surque tierra, mar y aire sin apenas un momento para la esperanza.

No, señores. Nolan no ha inventado esto del cine, pero bien que maneja los recursos cinematográficos como pocos, y éste es su mejor trabajo de dirección hasta ahora. Bien que sabe medir los tiempos de la excelente partitura de Hans Zimmer, bien que sabe alejarse de su formidable elenco de actores para que empaticemos con ellos lo justo como para no llegar a sentir que son los héroes de la historia, bien que maneja la puesta en escena, el sonido y la fotografía para meternos de lleno en la batalla, para que sintamos el vértigo del fuego aéreo enemigo, para que olamos el crudo y la brisa marina que rodea a un barco que naufraga, para que mordamos la arena de esa maldita playa.


Y por supuesto, no habrá inventado esto del cine bélico, pero con “Dunkerque” trasciende el género para llevarlo más allá, usándolo como excusa para abordar otro más grande. Esto viene a ser para el bélico lo que “El caballero oscuro” para el cine de superhéroes, un thriller repleto de suspense y tensión fabricado con el infalible pulso de uno de los mejores relojeros cinematográficos de lo que llevamos de siglo. 

A favor: su estructura temporal, y que es el trabajo más impecable de Nolan a nivel de dirección
En contra: su extrema frialdad, que puede dejar fuera de juego a más de uno

Calificación ****1/2
No se la pierda

lunes, 13 de febrero de 2017

LA CRÍTICA. Múltiple (Split)

Juguetes rotos

Podemos confirmarlo. Ya la estupenda e infravalorada “La visita” lo anticipaba. Pero con su nuevo trabajo podemos confirmarlo. M. Night Shyamalan, el contador de historias, el del sentido del humor marciano, el creador de atmósferas y situaciones que bordean lo inverosímil y lo fascinante, ha vuelto. “Split” es la confirmación que necesitábamos. La vuelta de un cineasta clave en el género fantástico del nuevo siglo.

Con ella, el cineasta de origen indio nos brinda a su particular Norman Bates –los ecos del “Psicosis” de Hitchcock resuenan en más de una línea narrativa y plano-, en las 23 –más una, la más escalofriante de todas- personalidades de ese Kevin al que un descomunal James McAvoy presta aptitudes y maneras, capaz de matizar cada nueva identidad con una simple mirada o un gesto en su rostro. Un thriller psicológico que habla de las capacidades infinitas de la mente humana para hacer realidad aquello en lo que cree, bien expuesto y desarrollado, en el que posiblemente sea uno de los trabajos más concienzudos del director a nivel de guión, lo cual no es moco de pavo viniendo del responsable de joyas como “El bosque” o “El sexto sentido”.


Una vez más, lo que inquieta y sorprende de la película es la facilidad con la que Shyamalan consigue hacerte entrar en su juego y que sigas sus reglas, que te dejes llevar por su distorsionada manera de entender la ficción, y que aquello que en otras manos resultaría pasado de rosca y ridículo, aquí se torna estremecedor –el momento reptil en la pared, por ejemplo-. Pero por supuesto, exige una enorme predisposición por parte del espectador para dejarse llevar, algo que no supondrá un gran problema para los fans del realizador.


Ésa ha sido siempre el arma de doble filo de Shyamalan, un arma que en esta ocasión está más afilada que nunca. Porque esta fábula macabra sobre la lucha contra los miedos internos y las bestias personales, este tour de force entre dos juguetes rotos por circunstancias similares pero con recorridos vitales totalmente opuestos -maravillosa y magnética Anya Taylor-Joy, la antagonista perfecta para el monstruo-, es la más arriesgada y osada de su creador hasta la fecha. Y lo es por ese desenlace en el que Shyamalan se quita una espina que tiene clavada desde hace más de quince años. Lo que viene antes son casi dos horas de excusa para, como dice Kevin durante el film, dar la bienvenida a algo mayor. Su manera de decir al séptimo arte que sigue aquí, y que él es capaz de crear su propio universo cinemático. Y si es ésa su idea, bienvenida sea. Al fin y al cabo, él también es otro juguete roto. Disneyiano, para ser exactos.

A favor: James McAvoy, la confirmación de la vuelta de Shyamalan, y la osadía de su desenlace
En contra: que su osadía puede ser confundida con el ridículo

Calificación ****
No se la pierda

martes, 19 de julio de 2016

LA CRÍTICA. Election Year: La noche de las bestias

Juego de niños
Poco caso hicieron los nuevos padres fundadores a las palabras de Martin Luther King cuando decía que la violencia provocaba más problemas sociales de los que resuelve. América, esa nación forjada a base de sangre y sudor, ahora  renace a través de la violencia liberada durante una sola noche en la que todo está permitido. Incluido el asesinato.

Aunque las bases sobre las que se sustenta la distopía que propone la franquicia “The Purge” son poco estables y verosímiles más allá del contexto social e histórico que las enmarca, sí que el discurso entre líneas de la obra de James DeMonaco es de lo más acertado, en cuanto que carga sus tintas hacia un sistema de privilegios en el que los pobres sucumbirán ante las armas de los más adinerados y poderosos, en forma de panfleto propagandístico anti-republicano de lo más oportunista con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina. Es, aunque pese a sus detractores, un film hijo de su tiempo y una respuesta lógica a toda esa morralla política que nos rodea.


Y sin embargo, en este caso la forma no acompaña a la moraleja. Porque “Election: La noche de las bestias” apuesta por el caballo ganador en todo momento, no arriesga ni innova dentro de la saga. Sí, es más violenta y sangrienta, pero no deja de ser una versión extendida de la segunda entrega, una copia de esquemas que incluso se permite la osadía de repetir un personaje y prácticamente la misma estructura narrativa. DeMonaco aprendió tras la sosa y desaprovechada primera entrega que lo interesante está en las calles, y vuelve a ofrecer un thriller urbano repleto de enfants terribles careta en mano, en el que ni sus segmentos supuestamente más acertados, esos que atacan directamente a las clases acomodadas –la escena de la iglesia, por ejemplo- acaban por volver a modular un discurso que sigue los patrones del ya expuesto en su predecesora. La prueba de que su director y guionista se muestra torpe a la hora de desarrollar su propia idea y llevar más allá un universo con bastante material para explotar.


Pero no sólo es más de lo mismo. El mayor pecado que comete esta nueva purga es que llega a aburrir, al menos al espectador que vea en ella una repetición de algo ya visto, y que está repleta de diálogos de lo más sencillos y básicos, predispuestos para que el público no tenga que pensar demasiado en el mensaje subliminal. Para los que sí quieran estrujarse los sesos, ya estaba Buñuel y su incesante ataque contra la burguesía. Al lado de su sardónica obra, esta violenta purga no es más que un juego de niños.

A favor: el oportunista mensaje propagandístico electoral entre líneas
En contra: todo suena a ya visto, y aburre
Calificación *
Ni se moleste

lunes, 4 de enero de 2016

LA CRÍTICA. El puente de los espías

Tierra sin muros
Finales de los años 50. La Guerra Fría supuso más una lucha por la obtención de información del bando enemigo que una contienda armada. Estadounidenses y soviéticos, temerosos del poder nuclear del otro, desplegaban toda una red de espionaje con el objetivo de saber lo máximo posible del adversario, en un clima de tensión que se extendió casi medio siglo, sin que ninguna de las dos partes llegase nunca a enfrentarse directamente.

En este tenso clima se desarrolla “El puente de los espías”, y lo hace desde el clasicismo más absoluto. Spielberg sabe perfectamente que para hablar de agentes dobles y de la Guerra Fría debe tirar hacia el thriller, y se muestra como lo que es, un auténtico maestro que se transmuta en un heredero contemporáneo de Hitchcock o Capra. La escena inicial es buena prueba de ello. Una atmósfera y una puesta en escena, ayudado por la excelente fotografía de Janusz Kaminski, que consiguen meter de lleno al espectador en la intriga que un film de este género necesita.

Hasta que llega la segunda mitad. Porque aquí tenemos dos películas en una. En la primera, un thriller judicial con ritmo, arropado por el carisma de Tom Hanks y la solvencia de un secundario de toda la vida, Mark Rylance, a quienes no hunde ni la desastrosa banda sonora de Thomas Newman. En la segunda, la que nos venden las sinopsis oficiales y los trailers, un viaje a esas dos capitales germanas separadas por un infranqueable muro, que también juega con las constantes del género, pero que comienza a decaer en interés y ritmo.


A Spielberg le juega una mala pasada la duración. No habría venido mal continuar con el tono de la primera mitad, o eliminar esos pasajes del piloto que no hacen más que romper con la linealidad de la historia. Aunque más bien se la juega un guión cuyo cambio de rumbo marca el punto de inflexión hacia el hastío, sin dejar de resultar interesante lo que cuenta. Un libreto en el que han participado los hermanos Coen, a quienes se intuye en algunos diálogos, en la resolución de alguna escena –la paranoica persecución bajo la lluvia-, o en ciertos chistes bien insertados y en determinados personajes que bien podrían haber salido del imaginario de sus películas.


Lo que rezuma “El puente de los espías” es pura clase, pero también un aroma a trabajo de encargo. En la dirección y en el guión. De nuevo queda esa sensación, como con “Lincoln”, de que el rey Midas ha echado mano de corrección. De oficio también, por supuesto, pero sobre todo de corrección. Y los hermanos con él. Quizá maniatados para dar al público yanqui su anual dosis de patriotismo, representada en este caso por un desenlace en el que América se erige como la tierra de las oportunidades. Sin muros que coarten su libertad.

A favor: la mano de Spielberg, la primera mitad, y Hanks y Rylance
En contra: la segunda mitad, y la sensación de que trata de ser políticamente correcta

Calificación ***
Merece la pena

jueves, 24 de diciembre de 2015

LA CRÍTICA. Sicario

Contra el imperio de la droga
Los sicarios ya eran, en el siglo I, asesinos enviados por los zelotes para dar caza a los romanos que invadían su patria. El término ha llegado a nuestros días, y en México la palabra hace alusión a los asesinos a sueldo. “Sicario” hace honor a su propio título en la figura de esos cazadores de hombres que buscan restaurar el equilibrio y, de paso, rendir cuentas con un pasado que es imposible no llevar a cuestas como pesado equipaje de mano.

La película retrata, una vez más, la lucha sin cuartel de las grandes agencias contra el imperio de la droga, una guerra sin fin en la que es imposible acabar con el poder de reproducción del enemigo. Cuando eliminas de la ecuación al jefe, otro es colocado en su lugar. A fin de cuentas, lo que vemos en este film ya lo hemos visto antes. Por sus fotogramas pulula el recuerdo de “French Connection”, de “La noche más oscura”, de “Traffic”.

Sin embargo, el plato es servido de una manera casi novedosa. Porque tras la cámara se encuentra todo un autor como Denis Villeneuve. Un director con potencia audiovisual, un auténtico francotirador de la imagen que sabe perfectamente cómo perturbar e inquietar al espectador. Ya en la escena inicial, el canadiense deja claro que ésta es su película, y que no va a soltar al público en ningún momento. Esos planos aéreos, esa música de Jóhan Jóhansson que martilla nuestros tímpanos constantemente, la angustiosa fotografía del gran Roger Deakins, un guión tan hermético que no hace concesiones a una platea que debe estar bien atento a la trama sin perder ni un solo detalle si no quiere quedarse por el camino.


Y pese a ser puro Villeneuve, estamos ante la que posiblemente sea su cinta más convencional, la más anclada a los parámetros de la gran industria. Al director se le prefiere en obras más pequeñas y personales, como “Incendies” o “Enemy”, antes que con productos de mayor envergadura como el que nos ocupa o “Prisoners”. Pero poco importa si, incluso entrando en las grandes ligas, sigue manteniendo su toque personal, si es capaz de hacer que un gran Benicio del Toro, cuyo personaje reboza matices sin un desarrollo masticado y servido en bandeja de plata, ensombrezca a la aparente protagonista de la función, una convincente Emily Blunt, utilizada como mero McGuffin de este tenso relato de asesinos en busca de redención, que siguen la máxima de “el fin justifica los medios”.


A favor: la dirección de Villeneuve y Benicio del Toro
En contra: la historia ya la hemos visto antes, y que estamos ante el trabajo más convencional del director

Calificación ****
No se la pierda

miércoles, 21 de octubre de 2015

LA CRÍTICA. ESPECIAL ELI ROTH. The Green Inferno vs.Toc Toc

Eli Roth ha vuelto, y por partida doble. Por ello traemos doble crítica, una para "The Green Inferno", una actualización bastante light y floja del cine de los maestros italianos del mondo, y "Toc Toc", un entretenido thriller de carácter sexual que supone todo un cambio de registro para el cineasta.

LA CRÍTICA. THE GREEN INFERNO
Enfant no tan terrible
Alguien se aventuró, hace ya diez años, a etiquetar a Eli Roth como uno de los enfant terrible del cine de terror moderno, justo cuando otro niño malo apellidado Tarantino decidió apadrinarle y cobijarle en su regazo. Y lo cierto es que, en vista de la sangre y vísceras a borbotones que bañan los fotogramas de “Cabin Fever” o “Hostel”, tenía todo para serlo. Pero sobre todo, porque Roth es un cachondo mental, un cineasta que con una buena dosis de mala leche aprovecha para cargar contra temas tan espinosos como los prejuicios raciales con la misma comicidad y naturalidad con la que cercena un miembro viril o hace saltar un ojo.

En su postergada “The Green Inferno”, ese director cachondo al que muchos echábamos de menos está presente. Una niña corriendo con una pierna cortada en su mano, el divertido ataque inicial de los nativos, el momento diarrea o el momento masturbación… Y por supuesto, su crítica abierta hacia la hipocresía de los activismos sociales y una madre Naturaleza de lo más puñetera que emprende una especie de venganza poética contra aquellos que tratan de defenderla. Es decir, para bien o para mal, para acierto o vergüenza ajena, pero esos momentos están ahí.


Sin embargo, lejos de que pueda entretener durante su metraje, y de estos instantes de cachondeo marca de la casa, “The Green Inferno” no supone la vuelta que Roth merece después de sus prometedores trabajos previos. Malos actores –sólo destaca Lorenza Izzo, pero dentro de la mediocridad interpretativa general-, y una realización, una banda sonora, unos efectos digitales y una fotografía más propias de la calidad de un producto televisivo que de uno cinematográfico. Tarda en arrancar, sí, pero eso es lo de menos. Es su mala factura técnica lo que la hace una propuesta del montón.


Por si fuera poco, este homenaje nada disimulado al cine de Sergio Martino, Umberto Lenzi o Ruggero Deodato no está a la altura siquiera de sus referentes. Una vez entra en situación y empieza lo bueno, se queda bastante corta en gore y salvajismo con respecto a sus maestros italianos, y tira de planos cerrados y cortos y de mover la cámara de manera nerviosa para mostrar lo menos posible. Una versión de lo más light de un tipo de cine más visceral, más directo a la yugular, obra de un señor al que sus admiradores defenderán encadenándose a un árbol. Para los demás, es un enfant ya no tan terrible.

A favor: Lorenza Izzo, elevándose por encima de la mediocridad de sus compañeros, y sus momentos de cachondeo
En contra: la mala factura técnica, las interpretaciones generales, y que es demasiado suave

Calificación **
                                                                             Se deja ver

LA CRÍTICA. TOC TOC
¡Feliz Día del Padre!
Lo malo de llamarse Eli Roth es que tus fans más acérrimos esperan de ti siempre lo mismo. Miembros cortados, sangre a raudales, mala leche y un concepto muy propio de lo que es el entretenimiento. “Toc Toc” no tiene nada de lo primero, pero sí que la lectura de su mensaje entre líneas es de lo más perversa y entretenida.

El director se pone en la piel de dos sexys jovencitas que trastocarán la idílica existencia –demasiado idílica, tanto que empalaga- de un feliz padre de familia que debe quedarse solo en casa para acabar un importante trabajo. Y a través de ellas habla de la infidelidad y de las debilidades de la carne en una batalla de sexos en la que las mujeres tienen las de ganar. Pero a su manera. Porque su última película, aunque le pese a todos esos fans que cargarán contra ella, es puro Eli Roth, aunque tenga un claro olorcillo a film de encargo.

El responsable de la incomprensiblemente controvertida “The Green Inferno” mantiene esa mala uva tan característica de su filmografía y se desenvuelve la mar de bien dentro del terreno del thriller de suspense. Roth hace suyo el material, sin un estilo personal a la hora de filmar las escenas –aunque nunca lo ha tenido-, pero manejando con solvencia todos los resortes de un film de estas características, y volviendo a dejar el sexo como detonante de toda esa pesadilla que vivirá un Keanu Reeves no tan creíble y atractivo como sus compañeras Lorenza Izzo y Ana de Armas, dos portentos que mezclan lo sensual y lo peligrosamente divertido.


Un agradecido cambio de registro que demuestra que el cineasta es capaz de afrontar otro tipo de géneros, si bien esperemos que vuelva pronto a ese terror tan visceral y malsano que le ha dado la fama. Aquí al menos mantiene ese espíritu travieso que se echaba de menos en su película anterior. Una especie de “Funny Games” pasada por el filtro de la exploitation setentera, que no deja a los hombres en muy buen lugar. Cuidado con el Día del Padre y los regalos caídos del cielo. Especialmente si llaman a la puerta en forma de maquiavélicas y juguetonas lolitas.


A favor: Lorenza Izzo y Ana de Armas, lo juguetona que es la propuesta, y ver a Roth desenvolviéndose bien en otro tipo de producto
En contra: la poca credibilidad de Keanu Reeves y que los fans de Roth no encajarán bien este cambio de registro

Calificación ***
                                                                                Merece la pena 

lunes, 5 de octubre de 2015

AVANCES. Tráiler Red Band de "Triple 9", lo nuevo de John Hillcoat

John Hillcoat siempre ha sido un cineasta interesante, a pesar de que parece que en Hollywood le hacen el vacío continuamente. Y ahí están la soberbia “The Road” y la irregular pero solvente “Lawless” para atestiguarlo. Veremos si con su nuevo thriller, “Triple 9”, tiene más suerte, o vuelve a quedarse con las ganas del éxito que merece. El primer avance de su nuevo film tiene cierto regusto a “Heat”, de Michael Mann, y sobre todo a la segunda temporada de “True Detective”, y llegará el 19 de febrero a Estados Unidos. A España, habrá que ver si llega en primer lugar, o le pasa como a su anterior propuesta. Por lo menos, su reparto es de infarto: Casey Affleck, Woody Harrelson, Kate Winslet, Aaron Paul, Norman Reedus, Chiwetel Ejiofor, Anthony Mackie, Gal Gadot, Clifton Collins Jr. y Teresa Palmer. 

sábado, 3 de octubre de 2015

LA CRÍTICA. Regresión

Sugestión plana
Existe una cierta tendencia a añadir la coletilla “parece americana” a los filmes que los cineastas españoles realizan con clara vocación internacional. Pero todos, desde Jaume Balagueró hasta J.A. Bayona, pasando por Jaume Collet-Serra, han demostrado poseer un estilo a medio camino entre lo americano y lo europeo que les diferencia de cualquier realizador de género surgido del otro lado del charco. Y por supuesto, está Alejandro Amenábar, cuya “Los otros” desprendía un inconfundible aroma entre patrio y británico, pese a ser un producto destinado a arrasar en la taquilla estadounidense.

Con “Regresión”, esta sensación de nacionalidad se ha perdido. Está muy bien dirigida, se nota oficio en cada fotograma, en la dirección de actores, pero acusa una preocupante falta de personalidad que la hace hermanarse más con esos otros tantos thrillers hollywoodienses que nos llegan cada año que con nuestro cine.  En ese sentido, su dirección es totalmente plana.


Pero también es plana en cuanto a trama y desarrollo. Comienza con una escena que ya de por sí no atrapa al espectador, como sí ocurriera en sus tres primeros y aún insuperables trabajos tras la cámara.  Y así de plana continúa. Nunca llega a despegar del todo y no consigue quedar en la retina del público, a pesar de los vanos intentos de tensión que se reparten a cuentagotas durante el metraje. El resultado final es monótono, un dossier de “Cuarto Milenio” con graves carencias de ritmo.

Amenábar juega a sugestionar al espectador, a engañarle llevándole por la senda de la sospecha, a liarle para hacerle dudar entre realidad y fantasía, pero hasta en este punto la jugada le sale mal. Porque no es difícil intuir dónde está el secreto en “Regresión”. No consigue imprimir la tensión que necesita la película, no hay intriga en una historia más simple de lo que parece pero que su responsable rellena con artificios para tratar de hacerla interesante. Ni siquiera en el momento de la gran revelación hay un ápice de emoción.


Y es que quizá uno de los grandes problemas de Amenábar es todo el aparataje promocional que siempre rodea a sus creaciones, la gran expectación que continuamente le pisa los talones, y que esta vez ha terminado por engullirle. Seis años después de la irregular “Ágora” nos sirve la que posiblemente sea su obra menos conseguida y la más difícil de vender en el extranjero, más un drama con tintes de thriller psicológico de suspense que lo que su campaña de promoción nos promete. “Regresión” es pura sugestión plana a todos los niveles, un traspiés en la carrera de un director con mucho cine corriéndole por las venas, pero del que aquí ha quedado más bien poco.  Podría haberla dirigido cualquier otro, y ni nos habríamos dado cuenta.

A favor: los actores y una dirección que, aunque impersonal, sigue siendo efectiva
En contra: su plano desarrollo, cómo la han vendido, y su falta de personalidad

Calificación **
                                                                              Se deja ver
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