El Bond del siglo XXI
“Muere otro día”,
además de confirmar que la etapa Brosnan se encontraba ya moribunda, venía a
exponer lo pasado de moda que estaba el agente 007 dentro del por entonces
recién inaugurado siglo XXI. La excelente “Casino Royale” demostró que podía
renovarse al personaje sin renunciar al clasicismo de la saga, adaptándolo a
los nuevos tiempos sin prostituir su esencia. Tras ese descalabro titulado “Quantum
of Solace”, “Skyfall” tiene un marcado aroma de cambio, y trata, entre otros
temas, el del paso del tiempo para 007. Porque ¿dónde encajan los espías en la
era de la información?
La respuesta a esta pregunta
la da M ante el tribunal, ajusticiada por sus pecados como progenitora de toda
una estirpe de agentes secretos. M, esa madre protectora que toma la decisión más oportuna y lógica
siempre en beneficio de esa otra madre que es Inglaterra. Padres e hijos. De
eso trata en esencia esta nueva entrega, de cómo los primeros condicionan el
futuro y los actos de los segundos. Algo poco transitado en la franquicia
cinematográfica, pero de esperar si tenemos en cuenta que tras las cámaras se
encuentra Sam Mendes.
El realizador
británico, no habituado a lidiar en estos terrenos, lleva a Bond a su terreno,
y ofrece dos horas y pico de acción sin acción, en un metraje que sin embargo
se pasa en un suspiro. Incluso en la poca acción que hay, Mendes se muestra
habilidoso y limpio en el manejo de la cámara como si de Martin Campbell se
tratase, sin sucumbir a la mareante acción tipo Bourne de la que hizo gala Marc
Forster. El cineasta coloca en el epicentro de la trama un triángulo formado
por Bond, que tiene en Skyfall su Rosebud personal, a M y a un villano que
supone la otra cara de la moneda de 007, un hijo de la madre patria descarriado
y condicionado sin remisión por su progenitora.
“Skyfall” es,
sorprendentemente, un reboot de la
franquicia en toda regla, y es aquí donde más desconcierta. Lo que mejor la
define es la perplejidad que puede producir en el espectador. Se resucitan
personajes ya añejos, se acude a gadgets
y gags recurrentes, se insertan incontables referencias a títulos anteriores.
Todo esto hará las delicias de los fans, pero choca directamente con ese
intento de Mendes de dar un Bond más complejo y crepuscular. Si el intento era
el reinicio total, podrían haberse ahorrado los momentos Bond más reconocibles,
donde entra esa poco acertada banda sonora –qué mal ha sentado sustituir a
David Arnold por Thomas Newman.
Y el ejemplo más claro
está en su primer tramo, durante el cual asistimos a una peli Bond de manual.
Un Bond que recorre el mundo y liga con mujeres como Pierce Brosnan, que se
carga a los malos con la sonrisa y socarronería de Roger Moore, y que asesina
con la implacabilidad de Sean Connery. Todo hasta que llega Bardem y pone las
cosas en su sitio. Un Bardem celebradamente histriónico y amanerado, un villano
perfectamente construido y carismático, protagonista del momento erótico más
insólito de toda la saga. A partir de ahí el film crece exponencialmente y
adquiere el status de thriller dramático que busca Mendes. Un thriller que
acaba como un majestuoso western en el que resuena la esencia del mejor Howard
Hawks.
Si no fuera por esa
primera parte tan arquetípica y por esa innecesaria manía de retomar viejas
constantes bondianas, estaríamos ante
la mejor entrega del agente doble cero. Para muchos lo es, y ese exceso de
entusiasmo ante ella descoloca tanto como su desbalanceada estructura. No he
visto ni las mejores escenas de acción ni los mejores créditos iniciales. En
cambio, siento mucho que hayan dejado sin cicatrizar la herida abierta en “Casino
Royale”. Probablemente sea eso, que debo resignarme y avanzar, recibir a este
nuevo Bond que huele a clásico, a tópico, pero a la vez a renovado. Porque éste
es el Bond que tendremos en el nuevo siglo.
A
favor: que Sam Mendes haya llevado a Bond a su terreno, y
un Bardem felizmente histriónico
En
contra: lo mal balanceado que está el Bond crepuscular con
el Bond más clásico, y que ya no se retome la trama iniciada en “Casino Royale”
Calificación: ****