Contemplando el horror en Súper 8
En esencia, el cine de terror
basa su atractivo en la contemplación de nuestros miedos reflejados en una
pantalla de cine, no sin cierta búsqueda de la satisfacción que da sabernos a
salvo de todo lo que una película pueda hacernos sufrir a lo largo de su
metraje. En plena época de la sobreexplotación del género, en la que las
atrocidades se suceden ante una platea en ocasiones ya insensibilizada ante lo
que se les muestra, no está de más que alguien venga y ponga las cosas en su
sitio, que nos muestre de qué va esa vertiente cinematográfica tan reverenciada
por unos como denostada por otros.
“Sinister” nos trae de
vuelta a un prometedor cineasta, Scott Derrickson, aparentemente recuperado de
aquel desastre que supuso el remake de “Ultimátum a la Tierra”, que vuelve a
mostrar su buen pulso como director de terror demostrado anteriormente en la
reivindicable “El exorcismo de Emily Rose”. Y su regreso viene a hablar
precisamente de eso, del cine de terror como arte contemplativo, como esa
sucesión de imágenes a 24 fotogramas por segundo que nos aterroriza pero de la
que no podemos apartar la mirada.
Como en la más clásica
de las historias de Stephen King, el personaje de Ethan Hawke –el actor lleva
prácticamente todo el peso de la narración y, como suele ser habitual en él, lo
hace con extrema solvencia- es un escritor acabado, perseguido por la alargada
sombra de un éxito de ventas del pasado, que se muda con su familia a una casa
que le servirá de inspiración para su próxima novela: en ella murió asesinada
una familia, y nunca se encontró a la menor de las hijas. En el desván, el
protagonista encontrará una caja repleta de grabaciones en Súper 8 que contiene
horribles asesinatos, a la vez que irán sucediéndose una serie de sucesos
extraños a medida que avance en la investigación de las muertes.

Viniendo de los
creadores de “Insidious” y “Paranormal Activity”, dos éxitos recientes del
género que han creado escuela, no podría decirse de este film que vaya a seguir
sus pasos, pero tampoco es que lo pretenda. Lo que queda es una cinta
siniestra, como reza su título, que tiene en sus contundentes primeros minutos
y en su escalofriante tramo final –innecesariamente alargado y explícito, todo sea dicho de
paso- toda una macabra declaración de intenciones. Es en su momentos más
convencionales en los que pierde algo de ritmo, para recuperarlo con fuerza en
los instantes en los que nos recuerda la estrecha conexión entre nuestros
miedos y lo que se imprime en cada fotograma. Siniestro.
A
favor: su acertada atmósfera, el uso del sonido, y su
disertación sobre el cine de terror como arte contemplativo
En
contra: algunos pasajes redundantes y tópicos, así como un
desenlace algo explícito y alargado
Calificación: ***1/2