sábado, 3 de marzo de 2012

LA CRÍTICA: La invención de Hugo

La fábrica de sueños

No, Scorsese no se ha vuelto loco al dar un giro radical en su filmografía y filmar su primera película infantil. Adaptación del libro con ilustraciones de Brian Selznick “La invención de Hugo Cabret”, este triple salto mortal del que en su momento radiografiara la violencia subyacente en las calles de Nueva York viene a culminar su etapa de documentalista, compuesta por obras como “Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano” o “El aviador”. Se le puede tachar de haberse domesticado, acusación con la que no estoy de acuerdo, pero Scorsese confirma con “La invención de Hugo” su amor por el celuloide y su status de historiador cinematográfico.

En su primera parte, y esto lo arrastra durante toda la cinta, la película tiene ese tufillo a cine familiar e infantil que busca, persigue y alcanza, ese que tanto se atraganta a veces y que te desconecta de ella en ocasiones, lastrada por algunas tramas secundarias que ralentizan la trama, en especial la que protagonizan Sacha Baron Cohen y Emily Mortimer. Eso sí, técnica y artísticamente hablando, estamos ante una joya. Porque cuando las piezas encajan a la perfección y son de primerísima calidad, la gran maquinaria que constituye una película funciona como un reloj. Ahí están el fastuoso diseño de producción de Dante Ferreti, el incuestionable oído musical de Howard Shore, o la evocadora fotografía de Robert Richardson, capaz de iluminar un París infográfico y cosmopolita, en el que, cual “Midnight in Paris” de Woody Allen, confluyen personalidades como Django Reinhardt, James Joyce o Salvador Dalí.


Pero es en el segundo acto en el que Scorsese, que además se permite un ilustre cameo, nos recuerda que el cine es magia, ilusión, y nos enseña por qué lo amamos tanto. Y lo hace, sorprendentemente, conjugando las nuevas tecnologías y los albores del séptimo arte, cuando el tren de los Lumiére llegaba a la estación –magistral la escena del tren tridimensional saliéndose de la vía-, cuando Harold Lloyd colgaba de las manecillas de un reloj o cuando Georges Mélies cumplía la fantasía de Julio Verne de enviar al hombre a la Luna.


Méliès, ese prestidigitador al que Scorsese dedica este homenaje a la magia del cine, con el inconfundible e inmejorable rostro del gran Ben Kingsley, al que desgraciadamente no han reconocido por su interpretación. Una reivindicación del cine como fábrica de sueños, como arma evasiva contra una realidad devastadora. Gracias a Mélies por descubrirnos su aplicación. Más de cien años después, sigue siendo la mejor forma de evadirnos en la oscuridad.

A favor: el segundo acto, en el que Scorsese nos recuerda por qué amamos el cine
En contra: el tufillo a cine infantil, y algunas tramas secundarias, especialmente la de Sacha Baron Cohen, te hacen desconectar en ocasiones

Valoración: ***1/2

2 comentarios:

Charly Hell dijo...

Eso me han comentado, que se nota que es un producto con una factura impecable, pero que parece que al ser de Scorsese, se esperaba algo más que una película para toda la familia sin mucha "chicha"

Un saludo.

María del Mar dijo...

Grande Scorcese, ese que nunca deja de sorprendernos!! Como tu dices nos hizo soñar y sentinos niños de nuevo.

Saludos

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