sábado, 30 de junio de 2012

La Película del Mes: La matanza de Texas

La larga sombra de la motosierra


Tres meses, que se dice pronto. Tres meses desde que se dedicó el mes a un film en este blog. Por eso, había que volver a lo grande, inaugurando el verano como se merece. Y vamos con una película que es tan veraniega como “Tiburón”, “Verano Azul” o el Gran Prix. Y no solamente por verla por primera vez en un verano de mucho calor durante mi niñez, sino porque cada fotograma de “La matanza de Texas” desprende el calor, el polvo y el sudor de los parajes de Texas, de esa América profunda en la que conviven todo tipo de seres –quien no lo entienda, que vea la serie “True Blood”-. A ella va dedicada esta entrada. A su malogrado director, a su leyenda, a lo que supuso para el séptimo arte. A esa motosierra que aterrorizó a generaciones de espectadores.
























La semilla del mal
Norman Bates, Buffalo Bill, Leatherface… todos tienen en común el mismo origen, un aparentemente apacible granjero que convirtió su granja en un auténtico matadero humano. Ed Gein vivía solo desde la muerte de su madre en 1945 y se ganaba la vida haciendo toda clase de trabajos a los vecinos de Plainfield, Wisconsin. Fue su habilidad en este tipo de trabajos, por la que este hombre de complexión débil, mediana edad, pelo rubio y ojos azules empezó a ser conocido entre las gentes del lugar como una persona trabajadora, cumplidora, fiable pero excéntrica.

En la tarde del 8 de diciembre de 1954, un granjero de Plainfield, en Wisconsin, entró en "la taberna de los Hogan" y descubrió un gran reguero de sangre que cubría las tablas de madera del suelo. La propietaria Mary Hogan, había desaparecido. El sheriff observó que no había señales de lucha aparentes y que la caja registradora seguía llena, pero determinó que la mujer había sido asesinada y que su cuerpo había sido arrastrado hasta un coche que esperaba fuera.

Tres años más tarde, la policía investigaba la desaparición de la dueña de la ferretería de Plainfield, Bernice Worden, y fue entonces cuando el dueño de la serrería, con quien Gein hablaba a menudo, y a quien tenía por un ser extraño, recordó que Gein solía sentarse solo en un rincón de la taberna mirando fijamente a la dueña del local absorto en sus pensamientos con una jarra de cerveza, y supuso que estaba enamorado de la mujer. Le sugirió bromeando, que si le hubiese hablado a Mary con claridad de sus sentimientos, probablemente en ese momento estaría en su granja cocinando y esperando a que volviera en lugar de haber desaparecido presumiblemente asesinada. Gein, con un extraño gesto puso los ojos en blanco y le respondió con una de sus conocidas sonrisas: "No está desaparecida. Ahora mismo está en la granja". El hombre se encogió de hombros y no le tomó en serio, después de todo, era el tipo de comentario que se esperaba de él... Pero tras la desaparición de Worden, el dueño de la serrería le denunció a las autoridades, que procedieron a irrumpir en su granja.

Dos oficiales de la policía arrestaron a Gein, mientras otros dos se dirigían inmediatamente hacia su granja con la intención de llevar a cabo un registro. Al pasar dentro, el sheriff sintió como algo le rozaba el hombro, y al volverse se topó con un cuerpo decapitado de mujer con un profundo agujero en el estómago que colgaba del techo. El cadáver colgaba de un gancho por el tobillo y con un alambre le habían sujetado el otro pie a una polea. Habían rajado el cuerpo desde el pecho hasta la base del abdomen, y las tripas brillaban como si las hubiesen lavado y limpiado. Por todas partes se veían montañas de basura y desperdicios, cajas de cartón, latas vacías, herramientas oxidadas, excrementos, revistas pornográficas, de terror y de anatomía humana, chicles pegados en las tazas y una dentadura sobre el mantel de la mesa...

Más tarde, en cuanto llegaron más patrullas, se descubrió en el interior de la casa todo el horror que allí escondía: varios cráneos esparcidos por la cocina, unos intactos y otros partidos por la mitad y empleados como cuencos; una de las sillas de la cocina estaba hecha con piel humana, como las pantallas de las lámparas, las papeleras, las fundas de los cuchillos e incluso alguna prenda de vestir, como un chaleco o un cinturón formado con pezones humanos, vestimentas con las que Gein se vestía a menudo tras curtirlas; cajas con los restos humanos pertenecientes a diferentes cuerpos sin identificar; el corazón y la cabeza amputada de Bernice Worden en una bolsa de plástico; una colección de nueve máscaras de piel humana con el pelo intacto, de las cuales, cuatro colgaban en la pared que rodeaba la cama de Gein, etc.

La única habitación de la casa que parecía normal era una sellada con tablones en la puerta y perfectamente ordenada... la de su madre. Desde que su madre muriera en 1945, doce años antes, la habitación había estado cerrada con clavos como un sepulcro. Ed explicó a la policía después de su detención que después de su fallecimiento, su madre se mantuvo en contacto con él durante más de un año, hablándole mientras se adormecía. Dijo que había sido en esa época cuando desarrolló su fascinación por la anatomía. Le fascinaban los reportajes sobre la operación de cambio de sexo y se planteó convertirse él mismo en mujer.

Gein declaró que tan sólo recordaba, muy confusamente, haber matado a Bernice Worden, y que los demás restos humanos que se habían hallado en la granja pertenecían a nueve cadáveres que había sacado del cementerio. Explicó que en los últimos años sentía de vez en cuando la necesidad de profanar tumbas, y que en algunas ocasiones incluso conocía a las víctimas en vida y se enteraba de sus muertes leyendo los periódicos. Luego, en la noche del entierro, se dirigía al cementerio, sacaba el cadáver y rellenaba de nuevo la tumba.

Pese a todas estas similitudes, hay otro referente histórico, aunque diversos historiadores ponen en tela de juicio su existencia, y que muchos suponen que influyó al guionista Kin Henkel, co-autor del libreto. Durante el reinado del rey Jacobo VI de Escocia, Sawney Beane se instala en una profunda cueva, donde junto a su esposa forma durante 25 años un clan compuesto por 48 personas producto del incesto, la mitad de ellas sel sexo femenino. Este clan de los Beane asaltaba a los viajeros para robarles, asesinarlos y cometer actos de canibalismo y vampirismo con sus cuerpos. El esposo de una pareja de viajeros recién asaltada consigue escapar y denunciar a los Bane. El rey en persona, con 400 hombres, acude a capturar a los Beane,  y así advierten la magnitud de los crímenes de los Beane al encontrar restos de numerosos cadáveres dentro de la cueva. El clan fue llevado a Edimburgo, en donde todos sus miembros son rápidamente juzgados y ejecutados sin que en el proceso, o durante la ejecución, mostraran señales de arrepentimiento. La familia de caníbales del film bien podría asemejarse a la de Beane.

No obstante, Henkel solamente reconoce una influencia en su obra: la del asesino en serie Elmer Wayne Henley, un joven que entre 1970 y 1973 buscaba víctimas para un pederasta, Dean Corll. Juntos fueron responsables del asesinato de 28 niños y jóvenes en Houston, Texas, una ola de crímenes que culminó con el asesinato de Corll a manos de Henley. Corll tenía una habitación especial de torturas donde violaba, torturaba e incluso castraba a sus víctimas, y ofrecía 200 dólares a sus cómplices, ya que también le ayudaba otro joven, David Owen Brooks.

Así que, la leyenda urbana que asegura que lo que ocurre en el film fue real, es totalmente falsa. Ya los créditos iniciales avisan que lo que está a punto de verse, justo cuando aparece la figura hecha con cadáveres, está basado en hechos reales. Y es cierto, pero en los casos reales de Gein y Henley.


El origen de la leyenda
Pero el origen de la leyenda que hoy conocemos comenzó cinematográficamente algo después, a comienzos de los 60. Y primero en la literatura, a través de la novela de Robert Bloch “Psycho”. Fue Hitchcock quien plantó la semilla del psycho-killer en el celuloide, pero desde un punto de vista más psicológico, algo que interesaba mucho más al maestro del suspense.

El gore no tardaría en hacer acto de presencia, justo tres años después. En 1963 vendría Herschell Gordon Lewis a instaurar una nueva manera de entender el terror, mucho antes de que Raimi, Romero y Hooper hicieran de las suyas. Pero fue este último el que unió ambas vertientes con enorme éxito, dejando huella en la historia del cine y en las retinas de toda una generación con “La matanza de Texas”.

Y más aún, como suele ocurrir en muchos casos, la película fue hija de su tiempo, consecuencia de un periodo convulso de la historia norteamericana en el que la juventud estaba desencantada con el gobierno y la situación económica y política del país. No olvidemos que, dos años antes, el escándalo Watergate había puesto en entredicho la figura del gobierno en Estados Unidos. En medio de todo eso, un alumno y profesor de la Facultad de Artes de Austin, Texas, llamado Tobe Hooper, aspiraba a documentalista y reflejaba en sus trabajos el hastío de su generación. Por su cabeza rondaba la idea de un proyecto acerca de una casa aislada como reflejo de la alienación del individuo en la sociedad. Empezaba a forjarse la leyenda, y fue entonces cuando Hooper conoció a Kim Henkel (co-guionista), un apasionado de la historia de los psicópatas, y juntos tejieron la historia que hoy en día todos conocemos. La idea de la motosierra, eso sí, vino después, cuando Hooper se encontraba en una tienda llena de gente, mientras pensaba en una manera de hacerse camino a través la multitud.

Pero encontrar financiación no fue fácil. Tobe Hooper y Kim Henkel crearon una corporación llamada Vortex, Inc., siendo Henkel el presidente de la misma y Hooper el vicepresidente. Le preguntaron a Bill Parsley, un amigo de Hooper, si estaba interesado en financiar la película; Parsley creó una compañía llamada MAB, Inc. e invirtió $60.000 dólares en la cinta. Como resultado, MAB se hizo dueña del 50% de la película y sus futuras ganancias. La compañía P.I.T.S. donó $23.532 dólares, a cambio del 19% de las futuras ganancias de Vortex. El resto salió de Louis Periano de Bryanston Distribution Company, que utilizó los beneficios conseguidos con “Deep Throat” para producir “La matanza de Texas”. De paso dejó en la estacada a Hooper y amigos al ser detenido por razones fiscales y demás. En definitiva, después de que los invetsores recuperaran su dinero (incluyendo los intereses) y se les pagara a los abogados y contadores, sólo fueron repartidos $8.100 dólares entre los 20 miembros del reparto y equipo.

Con esto y la voluntad del equipo comenzó la producción y el rodaje. Para el reparto se escogieron caras desconocidas, la mayoría alumnos de la Universidad de Texas. Pero sin duda sería Leatherface el más importante. A la prueba se presentó un enorme islandés, y fue contratado en cuanto entró por la puerta. Gunnar Hansen decidió que su personaje tendría cierto retraso mental, lo cual le impedía hablar con facilidad, y para preparar su personaje se pasó una semana entera visitando una escuela de personas con problemas de habla y aprendizaje para meterse en el papel. Como narrador se escogió a un por entonces desconocido John Larroquette, una década antes de triunfar con la serie “Juzgado de guardia”, en el que era su segundo trabajo.

No fue necesaria ninguna pieza musical destacable, y la banda sonora fue compuesta por el propio Hooper y Wayne Bell a partir de ecos y ruidos, y su objetivo era únicamente crear una atmósfera pesadillesca, que produjera mareos y náuseas, incrementando la tensión del relato. Los 38º de temperatura y la fotografía granulada de Daniel Pearl, fruto de su conversión de 16 a 35 mm, hicieron el resto. Porque todo esto contribuyó al ambiente enrarecido de la cinta, y el verano del Texas del 1973 durante el cual fue filmada resulta bien visible durante todo el metraje. Además del elevado calor, el equipo tuvo que sufrir numerosas penurias: los bichos, el olor de los restos putrefactos de los animales que se recogían en la carretera para “decorar” el set, y sobre todo que al transcurrir la acción en 24 horas, en un rodaje de 32 días con una media de 14/16 horas diarias, los actores no pudieron cambiarse de ropa…

La sangre salpicó las butacas
Nadie esperaba lo que ocurriría después. La película se convirtió en todo un fenómeno. Al poco de finalizar el rodaje, la compañía de Periano accedió a distribuirla, y el 1 de octubre de 1974, la película vio la luz durante la matiné de los sábados de manera limitada, y poco a poco los pases fueron llenándose de adolescentes. El número de espectadores creció cuando se corrió el rumor de que estaba basada en hechos reales, y el título fue modificado, por consejo de uno de los socios del proyecto, de “Leatherface” a como lo conocemos hoy en día. Con un presupuesto que apenas superó los 100.000$, la película recaudó a nivel mundial más de 50 millones de $.

Y eso a pesar de ser calificada R (todos los menores de 17 años deben ir acompañados por adultos) y ser prohibida en multitud de países. El filme estuvo prohibido en Noruega (se estrenó sin censuras en 1997), Suecia (hasta 1984, pero luego censurado hasta 2001), Chile (hasta 1978), Australia (hasta 1984, en una versión adaptada), Francia, Irlanda, Alemania India e Islandia; y estuvo censurada en Argentina, Finlandia, Holanda, Canadá, España, Japón, Corea del Sur y en los mismos Estados Unidos.

No es para menos. La revista Empire la calificó como “la película de terror más horripilante jamás filmada”. Todo gracias a algunas de las imágenes más escalofriantes que se han visto en la historia del cine. En mi retina aún perdura el momento en que Leatherface cuelga de un gancho para carne a una chica, o la angustia de la única superviviente en su tramo final, cuya actriz fue apodada a partir de entonces como Reina del Grito.

Y pese a que en su momento hubo división de opiniones entre la crítica especializada, el tiempo la ha puesto en su lugar como obra de culto. Una obra que ha inspirado a cineastas como Sam Raimi, Ridley Scott, Rob Zombie o Wes Craven, entre otros, y que dejó un legado que se extiende hasta nuestros días. Porque filmes como las recientes “Las colinas tienen ojos” deben su espíritu gore a esta película, que buscaba ante todo la transgresión, proponer al espectador otro tipo de terror. Hasta el Museo de Arte Moderno de Nueva York la añadió a su colección. Ha sido testigo de horrorosas secuelas, de un estimable remake en 2003, año en que salió una edición en DVD de cubierta de lo más apetitosa, y de innumerables productos, de serie B o no, influenciados por ella.

Mucho más podría contarse de “La matanza de Texas”, pero no puede acabarse un reportaje sobre hasta dónde llegó la sangre sin recordar la trayectoria de su malogrado artífice. Tobe Hooper apuntaba maneras, y revolucionó todo un género, pero se quedó en eso, en una promesa. Sí, dirigió posteriormente algunas obras adoradas por sus fans como “La casa de los horrores” o la miniserie “El misterio de Salem’s Lot”, pero su carrera se fue apagando y sufrió un definitivo revés cuando se puso en manos de Spielberg para realizar “Poltergeist”, la película que acabó, pese a su éxito, por dinamitar su carrera. Se atrevió con la olvidable secuela de su gran proeza, pero la motosierra cuya alargada sombra le ha seguido durante toda su vida. Una motosierra que, casi cuarenta años después, sigue sonando con la misma fuerza.


2 comentarios:

Dr. Gonzo dijo...

La Matanza de Texas es, posiblemente, mi película de terror favorita, y si tuviese que buscarle algún defecto lo tendría muy complicado.
Fue una de la películas que me hizo amar el cine (no sólo el de terror), y además, consiguió inquietarme e incomodarme.
Cuando la vi por primera vez vivía en un cortijo perdido en el campo, aquí en Málaga, y no me supuso ningún esfuerzo ambientarme mientras veía las imágenes calurosas, asfixiantes y sucias de la película; yo vivía en un lugar muy parecido al que se ve en La matanza de Texas, y eso me ayudó muchísimo a meterme de lleno en esa historia aterradora y bizarra.

Otro punto curioso y que engrandece más esta obra maestra, es que carece casi totalmente de gore, aunque al espectador le pueda parecer lo contrario.
La inmensa mayoría de momentos sangrientos ocurren fuera de plano, pero la ambientación es tan jodidamente buena que el espectador ni se da cuenta. Cree que está asistiendo a una orgía de tripas y carne picada, cuando en realidad no sale casi nada de eso.
La película se mete en la psique de quien la mira y le hace ver imágenes que no están ahí.

La matanza de Texas 2 me parece una película más que digna, aunque el tono sea completamente opuesto al de la original.
El remake y la precuela de este también me gustaron mucho.

El Cinéfago dijo...

No opino igual sobre la precuela y la secuela, pero sí en eso que dices de que gore, lo que se dice sangre y vísceras, tampoco es que tenga demasiado. Pero sí tiene violencia en sus imágenes, y eso es mucho peor que cualquier reguero de hemoglobina barata. Y, como bien apuntas, es más lo que se intuye y la atmósfera que lo que se muestra.

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