Sin rendir cuentas ni ante Dios
“Drive” nos descubrió a
un sibarita de la imagen, un entusiasta de los travellings frontales y
laterales, las escenas con ritmos sintetizados y la violencia gráfica para
muchos insoportable e innecesaria. Pero aquella joya, un homenaje al thriller
ochentero que ya es toda una obra de culto, era solamente un espejismo de lo
que es realmente su director. Porque su condición de delicatesen retro del
celuloide fue atribuida gracias a que se trataba de una versión suavizada de su
creador, un producto destinado al consumo comercial y asimilable por un sector
más amplio de la audiencia.
“Only God Forgives”
vuelve a ofrecer un muestrario de las pulsiones de Nicolas Winding Refn.
Estéticamente es brillante, como siempre. La fotografía de Larry Smith y la
banda sonora de Cliff Martinez son brillantes, y sus ansias estetas están al
servicio de una nueva historia de venganza, de un cruce entre el western
crepuscular de Ford y Leone y el cine de yakuzas y samuráis, una especie de
thriller coreano con algunas pinceladas
kubrickianas y lynchianas en la
composición de planos.
El director ya no tiene
nada que demostrar. “Drive” le abrió las puertas del star system de manera definitiva, y ésta es su primera película
cien por cien propia desde hace unos cuantos años, una cinta desbocada y
ensimismada que no tiene que rendir cuentas ante nadie, ni siquiera ante Dios.
Y es precisamente esta condición de película nada complaciente más que consigo
misma lo que juega en su contra. Recoge tanto lo mejor de Winding Refn, su
sello personal en la realización, como lo peor, un hermetismo derivado de un
universo tan propio que no hace concesiones al espectador. O entras en él, o te
quedas fuera.
La culpa la tiene
ahora, especialmente, un guión muy simple, pero al que su director pretende
dotar, tirando de montaje y dirección técnica, de una profundidad de la que en
realidad carece. No hay hondura en sus personajes, ni en esa fallida relación
madre-hijo, supuesta piedra angular de la trama. Ni siquiera hay doble fondo en
la expresión de un Ryan Gosling que está de paso y que va camino de convertirse
en el intérprete monótono y pétreo en el que jamás imaginamos que se
transformaría en sus prodigiosos comienzos, al que se come crudo una estupenda
Kristin Scott Thomas, madre amenazante, posesiva y frágil a la vez.
Lo que queda es un
thriller inconexo, muy mal explotado a nivel argumental, que deja la sensación
de que el guión no está a la altura. Y, eso sí, puro Winding Refn, el mismo de
las también poco digeribles “Bronson” o “Valhalla Rising”, y que me temo que no
volverá a regalarnos otro “Drive”. Un cineasta que, eso sí, sirve imágenes de
una extraordinaria belleza pese a su crudo contenido. Aunque no siempre los
ejercicios de estilo son suficientes para sostener una película.
A
favor: Kristin Scott Thomas, y el toque de su director
En
contra: la casi nula profundidad bajo su precioso
envoltorio
Calificación: *1/2