
De padres inmigrantes norteamericanos en el Reino Unido, Taylo siempre reconoció que su carrera le fue impuesta, pues su madre puso todo su empeño en que su hija se convirtiera en una gran estrella, consiguiéndole papeles en anuncios y películas. Con 12 años ya era una estrella infantil, y a los 18 le llegó su gran momento al aparecer junto a Spencer Tracy en “El padre de la novia”, de Vincente Minelli. A partir de ahí su carrera fue en ascenso, y en la década de los 50 protagonizaría “Un lugar en el sol” (George Stevens, 1951), “Ivanhoe” (Richard Thorpe, 1952), “Rapsodia” (Charles Vidor, 1954), “Gigante” (G. Stevens, 1956), “El árbol de la vida” (Edward Dmytryk, 1957) –primera nominación al Oscar-, “La gata sobre el tejado de zinc” (Richard Brooks, 1958) –segunda nominación al Oscar y primera a los BAFTA-, y “De repente, el último verano” (Joseph L. Mankiewicz, 1959) –tercera nominación al Oscar-.

Ya en los 80 y 90 comenzó una carrera puramente televisiva en series como “Todos mis hijos”, “Norte y Sur”, “Hotel” y “Los Simpson”, y en cine la veríamos en 1994 por última vez en “Los Picapiedra” (Brian Levant, 1994), todo un taquillazo que usó como uno de sus muchos reclamos la vuelta de la actriz al cine. Pero este retiro de la interpretación lo compensaba con su papel de activista de causas humanitarias, especialmente la lucha contra el sida. Matrimonios tortuosos, infelices –se casó casi una decena de veces, que se sepa-, una adicción al alcohol que le pasó factura a su vida pública y muy afectada por una salud delicada en sus últimos años, Elizabeth Taylor ha fallecido mientras dormía hoy 23 de marzo. Adiós a una mujer que fue más que una actriz, más que una estrella, incluso más que un mito. Como la calificaron los medios anglosajones, Elizabeth Taylor fue más grande que la vida misma. Descanse en paz, Dama.