Retrato fallido de un asesino
Cuando alcanzas la cumbre de tu propia creatividad puedes seguir dos caminos: o te estancas en la autocomplacencia, lo cual lleva a veces a los delirios de grandeza, en repetir los esquemas que te otorgaron el éxito, o bien en seguir simplemente haciendo cine, sin pretender superarte a ti mismo. A Rob Zombie le ha venido a ocurrir una mezcla de ambas cosas, aunque más bien lo primero que lo segundo. Alcanzó el cenit con “Los renegados del diablo”, hermana inseparable de la febril pero menor “La casa de los 1000 cadáveres”, para luego acomodarse con “Halloween. El origen”, en la que copió durante una hora la fórmula de su anterior trabajo, para luego arriesgarse a copiar el original de John Carpenter sin ningún tipo de originalidad por su parte.
Sólo hay una secuencia, la del comienzo en el hospital, que puede recordar al “Halloween 2” de 1981. Ahora bien, una especie de remake en corto de aquella que esta vez sí posee buen pulso por parte de Zombie, que no abandona en ningún momento esa imagen de aspecto granuloso, polvoriento, propio de la serie B de los 70 que tantos buenos resultados le dio en el pasado, y en la que explota con acierto las constantes del slasher y sus propias ansias megalómanas en cuanto al uso de la cámara, el montaje, la música y, cómo no, el gore.
mimetiza el primer acto de la primera parte: un intento fallido de ahondar en las fauces del monstruo, de entender sus motivaciones e intentar explicar lo que incita a matar al hombre tras la máscara. Lo que consiguió con “Los renegados del diablo”, que entendiéramos a toda una familia de psicópatas, no lo logra en este circo al cual hace subir a la fuerza a Michael Myers, víctima de las ansias de un Dr. Spaulding dueño de una atracción de feria más grandilocuente que inquietante. Las secuencias oníricas que se muestran como proyección de la psique de su nueva criatura –porque éste es el psicópata según el director, para nada es el original, y se evidencia no solo en la mejora de su apariencia física- resultan desesperados esfuerzos un tanto ridículos de dar complejidad psicológica a la película, cuando todos sabemos que lo que movía a Myers era la maldad pura y dura, sin explicaciones. No hay tensión ni suspense, y el desenlace se huele desde mitad de película, y hay un empeño por la grandilocuencia cinematográfica que hace presagiar que el vocalista de White Zombie se ha tomado demasiado en serio a sí mismo.

Rob Zombie sabe manejar muy bien todos los recursos cinematográficos a su alcance: el aspecto visual, la fotografía, la ecléctica aunque bien escogida música, y hasta realiza interesantes juegos con el fuera de campo y el montaje paralelo. Pero reincide demasiado en las consecuencias que para sus personajes tuvieron los hechos acaecidos dos años atrás, lo cual implica que sobra mucho metraje, además de que vuelve a fallar en su innecesario retrato del asesino. Mejor hubiera utilizado su particular estilo narrativo para realizar un simple slasher sangriento como el que nos regala en varias secuencias de una belleza gore siniestra en lugar de mirarse su propio ombligo. Eso sí hubiera resultado más estimulante.
A favor: la brutalidad de las muertes y la fiesta de Halloween, muestras de Rob Zombie en estado puro
En contra: falla todavía más que la anterior en su reiterativo intento de racionalizar al monstruo
Hace dos años... crítica de Halloween: El origen