Donde viven los monstruos ****1/2
(Where the wild things are)
Los reyes del mundo
Quizás sea el libro de Maurice Sendak uno de los relatos infantiles más difíciles de llevar a la gran pantalla. Convertir en largometraje sus escasas 40 páginas acompañadas de dibujos y frases tan precisas como elocuentes, capaces de activar la imaginación de los lectores, no es tarea fácil, hasta el punto de que solo se habían realizado hasta la fecha cortos animados basados en la obra. Pero aún más difícil es extraer de sus páginas la esencia misma del cuento, plasmar convincentemente en imágenes y diálogos una moraleja que se explicaba de manera locuaz en unas pocas frases.
Con el beneplácito del mismísimo Sendak, Spike Jonze hace realidad el sueño de muchas generaciones: una adaptación distante pero a la vez fiel de una de las obras más ricas de la literatura infantil, mucho más sutil, y por ende menos macabra, que las que propusieran otros grandes como Roald Dahl o Dr. Seuss. Y es Jonze, con su particular imaginería visual, el director idóneo para llevar a cabo la tarea.
“Donde viven los monstruos” consigue lo que parecía imposible, trasladar la filosofía del papel a la imagen real sin que al final se pierda el eje central de la historia, aportando prácticamente las mismas sensaciones que causaba la obra original al leerla. Y ya para empezar es en su presentación formal, en sus paisajes naturales sin artificios, en su realización aparentemente simple y en su apuesta por lo artesanal más que por lo artificial donde esta película sorprende y mucho. Mención especial en este sentido merece la recreación física de esos monstruos tan realistas como solamente la factoría Henson es capaz de conseguir, como ya hiciera en el pasado en otro clásico infantil a reivindicar, “Dentro del laberinto”.
La analogía con el filme de 1986 no debería ser mera casualidad, pues en sus fotogramas deberíamos advertir cierta inspiración hacia el trabajo de Sendak. Como ella, “Donde viven los monstruos” logra retrotraernos a otra época, a esa en la que aún éramos niños con nuestros sentimientos encontrados y nuestras ansias de ser los reyes del mundo. Algo que sin duda consigue Max –gran interpretación del pequeño Max Records-, y nosotros también, al adentrarnos en esa isla donde habita su estado más salvaje, ese en el que sin presencia de los molestos adultos somos dueños y señores de hacer lo que nos plazca, pero que a la vez sirve como precoz, e inevitable, camino a la madurez.
A favor: la fabulosa aportación de Jonze al universo de Sendak, y los portentosos monstruos
En contra: la visión del director puede que no congenie con lo que el público espere de una película infantil