
(Låt den rätte komma in)
En plena fiebre “Crepúsculo”, la película de Tomas Alfredson tiene dos importantes obstáculos en el camino: el film con exceso de acné y patetismo adolescente de Catherine Hardwicke y su procedencia nórdica. Para los adolescentes de hoy en día, la película americana es la definitiva dentro del género vampírico, rechazando cualquier propuesta extranjera que se le asemeje.
Una lástima. El filme de Alfredson posee más fuerza en un solo plano que “Crepúsculo” en todo su metraje. El realizador sueco comienza planteando una aparente historia de bullying, y va engarzando secuencia

Alfredson filma su particular visión de los chupasangre con ritmo pausado pero adictivo, cuyo giro definitivo a la película que pretende ser llega con el primer asesinato de

En determinadas ocasiones, Tomas Alfredson apuesta por el silencio en una decisión acertada en ciertas secuencias –el significado de los anillos, la relación de la niña y su protector- pero que en otras convierten la película en hermética –el hombre sentado a la mesa del padre, la necesidad de la niña de pedir permiso antes de entrar en una estancia-, lo cual puede verse negativa o positivamente si entendemos el intento del cineasta porque el público piense además de ver. “Déjame entrar” está llamada a ser una de esas joyas ocultas del cine, esas que por su procedencia y por su desafortunado parecido con una que lleva meses abduciendo las mentes de millones de jóvenes de todo el mundo, convencidos de que lo que ven es cine con mayúsculas, tienen un camino tortuoso más allá de sus fronteras. Algo así como lo que le ocurrió en su momento a la germana “Requiem” frente a “El exorcismo de Emily Rose”. Una pena, porque estamos ante una pequeña obra maestra.
A favor: la escena final en la piscina
En contra: las injustas comparaciones con "Crepúsculo"