domingo, 7 de febrero de 2010

LA CRÍTICA


Invictus ***
 
Es paradójico que el enfoque elegido por Clint Eastwood para narrar la personalidad de una figura tan imprescindible para la historia como es Nelson Mandela haya sido justamente la misma que escogiera en su momento para retratar a John Huston en “Cazador blanco, corazón negro”. Y es paradójico por dos razones: primero porque no haya optado por un biopic al uso, sino por reflejar un pasaje en la vida del protagonista que ensalce sus triunfos y fracasos; y segundo, porque en estos momentos Eastwood goza de la libertad creativa y reconocimiento de los que gozara en su momento el maestro Huston. Eso sí, indudablemente con mejor carácter y más amado que odiado por los que le rodean.

El episodio histórico que representa “Invictus” es el de las consecuencias del apartheid, ese movimiento de segregación racial que salpicara Sudáfrica durante casi medio siglo y al que puso fin, desde el diálogo y no desde las armas, el recién salido de prisión y elegido presidente Nelson Mandela. Más preocupado por unir a blancos y negros bajo un mismo sentimiento de nación que de paliar otros problemas sociales y económicos latentes, Mandela tuvo la inteligente idea de usar un deporte, el rugby, para unificar conciencias y razas en un país profundamente dividido no por el color de la piel, sino por el resentimiento ante un pasado de violencia y discriminación.


El sentimiento más positivo, y tan acorde a los tiempos de democracia que vivimos tras la elección de Obama, que transmite el último trabajo de este viejo y sabio maestro es el de la importancia del perdón sobre la venganza, el saber dar una segunda oportunidad en lugar de pagar con la misma moneda y convertirnos en nuestros verdugos. Una idea esperanzadora que era el leit motiv del mismo Mandela, aquí encarnado por un sobrio, y calcado, Morgan Freeman, el perfecto Mandela no solo en físico, sino en sus actos y su manera de expresarse, en su misma mirada, acompañado por un correctísimo Matt Damon. Y de vuelta estamos ante otra paradoja. Que Eastwood, convencido aunque no fervoroso republicano, sea capaz de anteponer la democracia a cualquier acto de venganza, lo que le eleva a la categoría de cineasta, y sobre todo ser humano, extremadamente inteligente.


Su película, al igual que el resto de su filmografía, descansa durante más de dos horas, sin ninguna prisa por su desarrollo. Es una consecuencia directa de ser un director clásico, y puede hacer a “Invictus” una película lenta y pesada. Pero otro en su situación habría tendido a ensalzar las virtudes de su protagonista, a endulzar su perfil y la historia que cuenta. Eastwood cae muy pocas veces, aunque evidentes, en este error, pero se le perdona porque el problema es otro, el de un sentimiento positivo y esperanzador exagerado que impregna muchos momentos de la cinta –la celebración final, la invitación de la criada al partido final, que por otra parte se alarga en exceso por culpa de la exagerada y prescindible cámara lenta-.

 

Pero esto es cine Eastwood, con sus pros –la capacidad ya reconocible de su director para contar sus historias y su brío tras la cámara, especialmente en su manera de filmar los partidos, como queriendo que el espectador sienta lo que es jugar al rugby - y sus contras –el exceso de metraje, la lentitud en su desarrollo-, una obra menor de su director pero no por ello menos interesante.
A favor: Morgan Freeman y la manera de Eastwood de filmar los partidos
En contra: la exagerada buena intención de algunas escenas y que se puede hacer lenta
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